Categoría: Opinión

  • La huelga – por Pedro Urruchurtu

    La huelga – por Pedro Urruchurtu

    Un hecho nada nuevo ha sacudido a la opinión pública en las últimas semanas: un grupo de ciudadanos ha emprendido una huelga de hambre a partir de una serie de exigencias. Hoy, ya son más de cien personas sumadas a esta forma de protesta.

    La decisión de iniciar una protesta de este tipo ha tenido apoyo y rechazo por parte del sector opositor (por parte del sector oficialista, burlas e indiferencia, como es de costumbre). Unos creen que es una forma legítima (como en efecto lo es) para hacer valer derechos, para ser escuchados y para llamar la atención del mundo de cara a lo que ocurre en Venezuela. Otros, creen que es una protesta trillada, que no ha traído resultados beneficiosos y que, tras la sombra de aquel Franklin Brito que dio su vida por exigir lo que le correspondía, pone en riesgo la vida de los huelguistas frente a un régimen que tiene a la vida como uno de sus principales enemigos.

    Ambas posturas son respetables. Tan respetables como la decisión de cada uno de esos ciudadanos de optar por sacrificar, poco a poco, su vida ante una causa, ante una idea o por el simple hecho de defender nuestra capacidad de pensar distinto.

    Lo cierto es que si hablamos de huelgas, quien ha sido el mayor huelguista de este país ha sido el propio régimen. Analicemos: una economía destruida y un aparato productivo arruinado son la más clara evidencia de que Venezuela fue sometida a una huelga de exterminio; una prensa censurada y la libertad de expresión coartada, son otra prueba de que nos sometieron a la huelga del silencio; escasez desatada e intencional, controles y hambre, sumada a la crisis humanitaria producto de la crisis de la salud y otros sectores son la más contundente señal de una huelga de hambre impuesta, que se pelea por convertirse en una huelga de la humillación; inseguridad como política de Estado, criminalidad impune y la bala gobernando son otra dura prueba de la huelga de la muerte; despedidas, distancia y miles de maletas llenas de sueños constituyen la huelga del exilio; una Universidad asfixiada, una educación controlada y acérrima enemiga de la libertad y un conocimiento cada vez más limitado significan la huelga de la ignorancia. Así podría pasarme todo este artículo describiendo cómo nuestra Venezuela se encuentra sumida en una huelga; huelga intencional, mezquina y destructora del futuro, hacedora de miseria y creadora de sumisión.

    Es el gobierno quien ha hecho de nuestro país, una Venezuela huelguista. Quienes se resisten a ello, quienes lucharon, luchan y lucharán por la causa del rescate de la libertad y la democracia, no tienen más opción que recurrir a la huelga para exigir lo que les corresponde o simplemente un mejor futuro, aunque suene paradójico. La huelga, como todo lo que ha pretendido acabar con esta República, no es más que una forma de que el país, detenido en la destrucción, no dé tiempo de pensar en cómo salir de la crisis. Es la huelga precisamente la única forma de hacerle entender a Venezuela y al mundo que en eso nos convirtieron.

    Evidentemente la salud y la vida de quienes decidieron comenzar una huelga de hambre es motivo de preocupación. Las referencias del pasado demuestran que un régimen que ha promovido la muerte, poco puede o quiere defender la vida. Pero, aún para los que dicen que hay democracia en Venezuela, ¿cómo es que cien conciudadanos deciden hacer huelga de hambre de cara a exigencias democráticas? Ese es un claro síntoma de que estamos en una dictadura y que quienes nos han obligado a radicalizar nuestra forma de vida para sobrevivir, encontrarán en la radicalización de quienes harán todo por defender su causa y sus derechos, la más clara y contundente resistencia, aun cuando eso cueste la vida y aun cuando muchos no estemos de acuerdo en que esa sea la mejor forma de enfrentar a los usurpadores del poder.

    Como lo dije al principio, la experiencia ha demostrado que al régimen no le importa la vida. Tratan con indiferencia a quienes promueven esos valores y elogian hasta más no poder a la muerte. Eso significa que quienes hoy deciden arriesgar su vida están conscientes de que si es por el régimen, pueden perderla. Ante la indiferencia, ante la apatía, ante el silencio… ¿hay otra forma de hacerse escuchar? Es muy fácil juzgarlos y decir que están equivocados, pero tienen en su haber el legítimo derecho a la protesta de la forma en que ellos piensen que pueda ayudar a Venezuela. Insisto, podemos no estar de acuerdo, podemos decírselos, podemos aconsejarlos, pero siempre entendiendo los motivos que los hacen estar allí.

    Parafraseando e interpretando, en este contexto, a Ayn Rand[1], los buenos no tienen más remedio que irse de huelga cuando todo funciona mal y cuando todo, por sí mismo, parece ser víctima de una huelga inescrupulosa marcada por la ineficiencia y la destrucción. Cuando la huelga de esos inescrupulosos y saqueadores abarca todo, no hay otra opción sino hacer huelga. Siempre será preferible asumir esa postura, que ser entreguistas, apaciguadores o partidarios del voto como única salida a la crisis, sin siquiera exigir condiciones mínimas. Hasta para eso, para exigir condiciones y que haya garantías de ganar y cobrar, los huelguistas de hambre están dando su lucha.

    Ciertamente, incluso hay un debate sobre el hecho de entregar la vida por una causa. Los huelguistas, conscientes de ello, saben que es preferible perder la vida por ellos mismos que entregársela a un régimen que los tortura, que los apresa, que los condena, aún siendo inocentes, y que les aplica la pena de muerte sigilosa. Que cien venezolanos decidan hacer huelga de hambre es tan solo un preludio de un país que pronto estará sometido ante el hambre y la desidia, más de lo que hoy estamos. Son testimonios fieles de una causa que trasciende a quienes tomaron esa decisión. Al régimen no le importa la vida pero ellos no van a dejar que sea el régimen quien los mate. Es preferible luchar, exigir y dar la cara, aún cuando no sea la mejor opción, pero es una de las pocas que existe, todo con el fin de que no sea el régimen el que los aniquile, sino ellos mismos quienes entreguen su vida, como derecho y como propiedad, de ser necesario.

    Cada uno de nosotros nos hemos convertidos en huelguistas, por acción o por omisión. Todos somos víctimas de esa paralización de una Venezuela que lo tuvo (y tiene) todo para ser grande, incluso resistiendo e intentando salir adelante. Los buenos se han ido de huelga, los malos siguen allí, haciendo de la huelga su perfecta forma de hacerlo todo mal para ellos estar bien. Ya llegará el momento de que todos levantemos esa huelga, de que todos apuntemos a mover a ese país que necesita ser reconstruido. No olvidemos que, para bien o para mal, hoy solo una cosa representa a Venezuela en todos sus aspectos, incluso en el hambre o en la vida: la huelga.

  • El significado de ser libre – Por Catalina Ramos

    El significado de ser libre – Por Catalina Ramos

    «Si la libertad significa algo, será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír.» George Orwell

    «Quienes pueden renunciar a su libertad esencial para obtener una pequeña seguridad temporal no merecen ni libertad ni seguridad.» Benjamín Franklin

    Generalmente, cuando conversamos acerca de qué significa ser libre, la respuesta se restringe a un enfoque desde lo negativo, es decir, lo definimos como lo contrario de estar preso, encerrado, sujeto o sometido. Quisiera compartir en estas líneas algunas reflexiones acerca del sentido de ser libre que subyace en los ideales y principios de Vente Venezuela, y que es bueno conocer, para comprender nuestra afirmación de que somos ciudadanos libres.

    En Vente Venezuela comprendimos y asumimos que solo nosotros, los ciudadanos que habitamos este país, tenemos en nuestras manos la responsabilidad y la oportunidad de modificar nuestra realidad. En ese sentido, hacemos conciencia de la conexión existente entre esa libertad que nos lleva a tomar esa actitud, y la responsabilidad de lo que hagamos en consecuencia. Es decir, somos libres en tanto somos autónomos y conscientes, escogemos lo que queremos hacer, lo defendemos, y lo más importante, nos damos cuenta de la repercusión de nuestras acciones.

    Comúnmente nos imaginamos que un león en las sabanas africanas, o las garzas que sobrevuelan el Orinoco son libres, en tanto están sueltas, y se desplazan a su antojo por el área natural en la que viven. Sin embargo, desde la perspectiva que estamos analizando, esos animales no lo son, pues actúan según sus reflejos e instinto, y no tienen la capacidad racional de modificar su realidad. Nosotros, los seres humanos, gracias a la inteligencia y la razón, sí tenemos esa libertad.

    Menciona Fernando Savater, en Ética para Amador: «No somos libres de elegir lo que nos pasa (haber nacido tal día, de tales padres y en tal país, padecer cáncer o ser atropellado por un coche, ser guapos o feos…), sino libres de responder a lo que nos pasa de tal o cual modo (obedecer, rebelarnos, ser prudentes o temerarios, vengativos o resignados…)»

    Es por ello que en Vente Venezuela afirmamos que somos ciudadanos libres, en tanto somos capaces de responder a una situación de diversas maneras, con conciencia de nuestros actos y de sus posibles consecuencias, y nos hacemos responsables de las mismas. Este sentido de la responsabilidad en torno a la gran oportunidad que tenemos, es quizá el elemento más importante de nuestra conciencia de libertad.

    Tenemos libertad de pensamiento y libertad de elección, aún estando claros que no siempre podremos alcanzar aquello que hemos elegido, porque entendemos el tipo de régimen en el que nos desenvolvemos, y las dificultades que ello conlleva. Esa realidad nos anima a seguir debatiendo, razonando, argumentando nuestras razones e ideales, para fortalecer nuestra elección e ir compartiendo con cada vez más venezolanos las aspiraciones que tenemos para alcanzar la Venezuela Libre que todos nos merecemos. No tenemos miedo a la diversidad de ideas y de enfoques, porque entendemos que la riqueza de ideas es lo que fortalece la libertad, y la democracia.

    El aspecto más interesante e importante del ejercicio de nuestra libertad es la convicción de que solo podremos alcanzar nuestro objetivo en la medida que logremos sumar cada vez a más venezolanos para que ejerzan su condición de ciudadanos libres y responsables. Eso requiere una gran apertura al debate de las ideas, a escuchar argumentos, y a argumentar. Estamos claros que para hacer realidad la sociedad que nos merecemos, primero debemos tener el valor de defender nuestros valores, ideales y nuestras convicciones.

    No caemos en el chantaje de la cómoda y errónea concepción de libertad sin responsabilidad, ni uso del razonamiento de quienes intentan imponer posiciones evadiendo su necesaria discusión. Muchas veces sus respuestas son “es que soy libre, no tengo que consultar, puedo hacerlo”. Sin embargo, eso solo los iguala al león y las garzas de nuestro ejemplo anterior, actuando desde sus reflejos e instintos y evadiendo la inherente responsabilidad por las acciones que llevan a cabo.

    Por ello, en Vente Venezuela hemos decidido participar en forma activa en la construcción de un mejor país, luchando por los valores y principios en los que creemos. Como ciudadanos libres, tenemos la determinación de construir la Venezuela donde estos valores imperen, y comprendemos la responsabilidad de ser los líderes de esta transformación, firmes y sin miedo, luchando, hasta vencer.

    Twitter: @caramos61

  • Guyana Vs Esequibo, Cuestión de Soberanía – Por Daniel Merchán

    Guyana Vs Esequibo, Cuestión de Soberanía – Por Daniel Merchán

    Venezuela reclama desde hace más de 150 años una parte del territorio de la República Cooperativa de Guyana conocido como la Guayana Esequiba, Las cédulas reales venezolanas acreditan los derechos históricos de este país desde tiempos coloniales, ya que en el momento de constituirse la llamada República de la Gran Colombia por Simón Bolívar, en 1819, que comprendía los territorios de Venezuela, Nueva Granada y Quito, la frontera oriental venezolana estaba definida por el curso del río Esequibo. Hacia 1840, el descubrimiento de notables yacimientos de hierro y oro en la Guayana Esequiba despertó de nuevo el interés británico por la zona. En 1899, un tribunal dictó sentencia sobre este espacio en litigio en favor de Gran Bretaña. A partir de entonces, Venezuela no ha cesado en su empeño para recuperarlo y conseguir el reconocimiento internacional.

    Venezuela reclama la región de Esequibo, que se compone de dos tercios de los 215.000 kilómetros cuadrados de Guyana (83.000 millas cuadradas). Guyana, sostiene que la frontera terrestre entre los dos países ya fue definida en 1899, argumento que el gobierno venezolano nunca ha reconocido, sin embargo, la línea y la disputa se ha dejado olvidar desde entonces, extendiendo en los últimos años los derechos marítimos de la zona en disputa.

    Guayana Esequiba, llamada también Territorio del Esequibo, es una región señalada en el mapa de Venezuela con el nombre de Zona en Reclamación. Mientras se dirime el litigio fronterizo, ya sesquicentenario, y forma parte del territorio de la República de Guyana, independizada de la Guayana Británica en 1966. Bañada por numerosos ríos, buena parte del territorio sirve para la actividad agrícola, especialmente en la costa donde fluyen los ríos Kukenán, Boruca y Pomerún, propiciando el establecimiento de grandes plantaciones de arroz y caña de azúcar. También se da, en ciertas sabanas, la cría de ganado vacuno. La existencia de oro y diamantes, más el inmenso potencial hidroeléctrico derivado de numerosas cataratas, en particular las del río Mazaruni, que aumentaron las apetencias de los ingleses desde que ejercían la autoridad en la Guayana Británica (hoy Guyana), hasta llegar a despojar progresivamente a Venezuela de este territorio.

    Venezuela propone en 1983 la negociación directa con Guyana, pero ésta no acepta y propone tres alternativas (Asamblea General de la ONU, Consejo de Seguridad o Corte Internacional de Justicia) que Venezuela rechaza. Por iniciativa de Venezuela en 1983 el conflicto limítrofe se lleva bajo los auspicios del Secretario General de las Naciones Unidas, apegados al artículo 33º de la Carta de las Naciones Unidas referente a los medios de soluciones pacíficas. En 1987 Guyana y Venezuela deciden aceptar el método de los buenos oficios que comienza a funcionar desde 1989 hasta la actualidad, aunque sin mayores avances.

    El 15 de noviembre de 2007 se produjo un incidente fronterizo cuando el gobierno guyanés de Bharrat Jagdeo reclamó a Venezuela por la incursión de 40 soldados venezolanos que habrían penetrado en aguas territoriales disputadas para volar dos dragas en el río Cuyuní.[] Venezuela argumentó inicialmente que la operación tenía como fin combatir la minería ilegal y que el hecho se había producido al oeste de la zona en reclamación, sin embargo, después de realizarse una investigación el vicecanciller venezolano viajó a Guyana y, según declaró el canciller guyanés, éste se disculpo por el hecho: «El vicecanciller venezolano expresó un sincero arrepentimiento y aseguró que este hecho no tenía motivaciones políticas por parte del gobierno venezolano». El jefe del estado mayor guyanés Gary Best reconoció que las Fuerzas Defensa de Guyana no cuentan con capacidad para evitar la entrada en el país de militares venezolanos, pero advirtió que «si los venezolanos abren fuego primero, las FDG responderán».

    Ahora y debido a la ausencia de presencia venezolana en ese extenso territorio, los recursos de esa importante zona en disputa, Son diezmados, algunas personas son traficadas de manera ilícita, los ríos principales del Esequibo, son contaminados con mercurio y metales pesados. Nuestros barcos de pesca son retenidos ilegalmente, confiscadas sus cargas, apresadas sus tripulaciones, condenando a la quiebra a los armadores venezolanos, con cuantiosas multas en divisas, todo con procesos ilegales, inhumanos y coercitivos.

    Estos abusos en la actualidad, podríamos evitarlos, colocando en ejecución: el Decreto del 09 de julio de 1968, que declaró mar territorial de Venezuela, la faja de mar que se extiende desde Punta Playa hasta la desembocadura del Esequibo. Decreto éste no derogado, pero que lamentablemente, no ha podido ser aplicado. Actualmente, los gobiernos de ambos países difieren la solución al problema, y anunciaron reiteradamente que la controversia estaba próxima a resolverse. Incluso al punto de retomarse las negociaciones y ya estarse hablando de proyectos de vialidad conjunta, lo cual desde la matriz histórica de este problema no ha logrado alcanzar soluciones asertivas de ese nivel, Es así como, estando a la espera de una respuesta definitiva, el territorio situado al Oeste del Río Esequibo, sigue presentando en el mapa de Venezuela rayas diagonales que lo identifican como un «Territorio en Reclamación»

    Venezuela emitió el pasado 27 de mayo un decreto que para juicio del Canciller guayanés es un documento “sin fundamento y sin vergüenza“, alegando derechos marítimos precisamente donde Guyana ya dio a Exxon Mobil un contrato de prospección. En un discurso ante el Parlamento, el actual presidente David Granger prometió que su gobierno hará “todo lo que esté a su alcance para asegurar nuestras fronteras“. Mientras tanto, la plataforma petrolera de exploración de Exxon Mobil, Deepwater Champion, continuaba trabajando en la concesión que se encuentra a unas 120 millas de la costa de Guyana, la gigante empresa de hidrocarburo aseguró recientemente que había encontrado una reserva “significativa” de crudo de alta calidad.

    Para comprender un poco la controversia entre ambos países, en principio no hay que confundir la reclamación del territorio Esequibo, que tiene procedimiento en el Acuerdo de Ginebra con la defensa de la soberanía nacional sobre sus áreas marinas y submarinas, que no puede constitucionalmente ser objeto de negociación alguna. Otro punto a resaltar sería la situación geográfica que evidentemente pertenece a Venezuela ya que la zona en disputa esta frente a la desembocadura del río Orinoco, y un elemento adicional son Los negocios que hizo Guyana a costa de territorio venezolano, con la concesión que firmó con Anadarko, en el Bloque Roraima, el 27 de junio de 2012.

    Entre tanto, el gobierno venezolano se mantiene en silencio, y en derecho internacional es muy grave, se llama: “aquiescencia”, lo que significa “El que calla otorga”. Cualquier gobierno futuro, si su Estado alguna vez se calló ante una acción, puede perder el derecho a reclamar. Se trata de una especie de admisión de que ese Estado no defendió eso oportunamente.

    Twitter: @Daniel_Merchan

  • Allá arriba no hay oxígeno – Por Carlos Blanco

    Allá arriba no hay oxígeno – Por Carlos Blanco

    En la cumbre del poder dictatorial que Maduro ejerce, sus movimientos son violentos y torpes. Cada manotazo que lanza termina en su rostro. Cada grito se le devuelve como eco multiplicado. Sí, reprime, pero está aislado, acompañado en el bunker por aquellos que como él no ven futuro sino presente hiperreal, en el cual la soledad del poder muestra sus arrugas y pústulas más ominosas.

    Cuando el poder se concentra en tan gigantescas proporciones le ocurre como a los cuerpos ultradensos: estallan. Es que no solo han violentado derechos de opositores, críticos, medios de comunicación, gremios y sindicatos; es que también lo han hecho con los suyos: los gobernadores, ministros, jefes políticos chavistas, han perdido poder. Fuera de una docena de personajes, nadie saca el pecho por Maduro y los que lo hacen, tienen un estilo lateral, no vaya a ser que en el hundimiento aquel quiera agarrarlos por la solapa y llevárselos.

    Sí, están recolectando recursos y haciendo los fraudes conocidos de cara a las elecciones, para luego convocarlas. Piensan que así pueden revertir la abrumadora mayoría que se les opone. Pero nada de esto resuelve el problema que tiene Maduro, consistente en que tal concentración de poder ha convertido a sus colaboradores –más allá de sus dotes intelectuales en el curioso caso de haberlas– en una panda de inútiles que ronronea alrededor del erario público.

    A Maduro solo le ha quedado un instrumento de política, si es que a eso se puede llamar política, que es la represión. Ya apesta en la comunidad internacional y los aliados de Hugo Chávez le sacan el cuerpo, con discreción, aunque a veces Maduro impone indeseadas visitas.

    Su actitud ante los presos políticos y sus familiares, ante la huelga de hambre, ante el clamor de la calle, es la típica de los déspotas en la etapa terminal de sus mandatos. Apelan a sus instrumentos predilectos, el garrote y la pistola.

    El aislamiento doméstico del régimen va de la mano del internacional. Las luchas desde enero de 2014, el coraje de los presos políticos, las voces de líderes comprometidos, han hecho posible las visitas de los expresidentes, sus declaraciones conjuntas y la alta visibilidad internacional que la batalla por la democracia venezolana ha alcanzado.

    Ahora el régimen está presionado por la fecha de las elecciones. Hará todo para imponerse fraudulentamente, como en el pasado; solo aceptará su inexorable derrota si el costo de no hacerlo es mayor que el de hacerlo. ¿Qué puede obligarlo a convocar elecciones y no hacer fraude?

    Twitter: @Carlosblancog

    Tomado de: ( http://www.el-nacional.com )

  • El punto de no retorno – Por Miguel Velarde

    El punto de no retorno – Por Miguel Velarde

    Hemos llegado a un punto donde luchar ya no es una decisión, es la única opción

    Han sido muchas las personas que a lo largo de la historia han recurrido a huelgas de hambre como medida extrema de protesta. Mahatma Ghandi, por ejemplo, no hizo una, sino 17, contra las detenciones que en ese entonces el Imperio Británico realizaba a quienes reclamaban por la liberación de India. También se recuerda a la activista judía Golda Meir, quien al concluir la Segunda Guerra Mundial, se declaró en huelga de hambre para protestar contra los centros de detención británicos destinados a los sobrevivientes del Holocausto. Quizás algunos no hayan escuchado de Amadeu Casellas, a pesar de ser una figura actual, un expreso español y militante anarquista, conocido por repartir el dinero que robó a diversas entidades bancarias y por las huelgas de hambre que protagonizó durante los últimos años de su estancia en prisión; la más famosa de ellas en el año 2009, que duró 99 días y casi le significa la muerte.

    Hoy, 32 venezolanos se suman a esta lista arriesgando su salud y hasta sus vidas por una lucha que no podría ser más legítima. En el país se violan derechos humanos, se coartan las libertades, se ha destrozado el Estado de Derecho y la democracia agoniza. La crisis en términos económicos, sociales y políticos no tiene precedente y el mundo ya abrió los ojos ante lo que ocurre en el país. Si algo sobra, son los motivos para una medida tan extrema como ésta.

    La semana pasada se conmemoró un nuevo aniversario de la muerte de uno de los escritores más influyentes que ha tenido la escritura universal, Franz Kafka. ¿Qué tiene que ver Kafka con nuestra tragedia? Que entre sus obras, planteaba siempre ideas que más que un cuento eran reflexiones filosóficas. Entre otras, se recuerda una que pareciera aplicarse a todos en algún momento de la vida: “A partir de cierto punto no hay retorno. Ese es el punto que hay que alcanzar”.

    Eso ocurre hoy en Venezuela. Gracias al valiente sacrificio de Daniel Ceballos y Leopoldo López, al coraje de sus mujeres y sus familias, a la perseverancia y liderazgo de María Corina Machado, a la serenidad de Antonio Ledezma, a la entrega de todos esos jóvenes en huelga de hambre, a tantos otros presos por pensar distinto y a millones de ciudadanos que a pesar de los pesares, inasequibles al desaliento, no pierden la convicción de que esto va a cambiar, muy pronto seremos testigos de un nuevo amanecer para Venezuela.

    Hemos llegado a un punto de no retorno donde luchar ya no es una decisión, es la única opción.  Esta lucha nos llevará a ser parte de un milagro que el mundo llamará Venezuela, una república que renacerá de las cenizas para prosperar en libertad y democracia. Es probable que esto tenga que empeorar aún más antes de que empiece a mejorar. Pero no hay otro desenlace posible para esta historia que el rescate de la moral y los valores por la mayoría decente.

    En palabras de Kafka, éste es el punto que teníamos que alcanzar.

    Aquí estamos.

     Twitter: @MiguelVelarde

  • Demócratas con miopía – Por Pedro urruchurtu

    Demócratas con miopía – Por Pedro urruchurtu

    En estos días he estado reflexionando sobre una pregunta que me hizo alguien: “¿Por qué la oposición venezolana está dividida? Naturalmente, la percepción que se tiene hoy es el de una oposición dispersa, sumida en diferencias que muchos encuentran irreconciliables.

    La verdad es que son muchas las cuestiones que pudieran explicar tal división. La primera, es entender que en efecto, al tratarse de una coalición democrática, la diferencia y el disenso son cruciales, sobre todo cuando convergen visiones e ideologías tan diferentes en su razón y manera de existir. Hablar de con un pensamiento único y unánime es terriblemente contradictorio. Pensar que Unidad es unanimidad, es terriblemente incompatible con los ideales democráticos. En segundo lugar, ciertamente aun cuando hay diferencias, se supone que hay un objetivo de común y ese objetivo común, al ser alcanzado, significaría la disolución de una coalición opositora cuya meta es derrotar a un régimen y recuperar las libertades civiles y políticas y, por supuesto recuperar la democracia.

    Visto de este modo, la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), entendida como articulación de intereses de cara a lo electoral, y mucho más que eso, no es más que un espacio coyuntural que, en el seno de una democracia vibrante, no tendría necesidad de existir, pues lo ideal es que todas las organizaciones que deseen medirse, compitan libremente. Allí podríamos encontrar la primera explicación a la división opositora: unos creen que la MUD es la Unidad, algunos piensan que eso significa Unidad para siempre y otros consideran que luego de alcanzar el objetivo, no es necesaria.

    Pero hay un motivo mucho más claro que refleja las diferencias opositoras, más allá de su alcance el tiempo y de su razón de existir: la opinión sobre frente a qué estamos. Por un lado, algunos piensan que estamos en democracia y que por vivir en democracia, debemos actuar en consecuencia. Otros creen, acertadamente, que esto no es una democracia; que es una dictadura, moderna, afianzada en una serie de elementos que la han hecho adaptarse a los tiempos recientes, pero que posee elementos típicos de las dictaduras del pasado. Allí comienza el gran problema opositor.

    Los que creen que esto es una democracia, evidentemente se afianzan en el voto como el motor generador de cambios (en efecto, en toda democracia lo es). El asunto es que afirmar que vivimos en una democracia “con fallas”, con “zonas grises”, con “déficit” o que “asfixia libertades”, es no reconocer que estamos frente a cualquier cosa, menos democracia.

    Analice por un momento qué está pasando en Venezuela. Por un lado, censura, represión, tortura, presos políticos; por el otro, control social, inseguridad como política de Estado y un claro avance hacia un modelo de naturaleza totalitaria que no está nada lejos de consolidarse. Cuando usted sabe que por pensar distinto lo persiguen, cuando usted sabe que el miedo cobija su día a día, cuando usted entiende que todo lo que hacen es para que se acostumbre y sea sumiso ante el poder que sólo busca mantenerse a sí mismo, cuando usted comprende los nexos y redes a los que el régimen está vinculado de cara al crimen internacional, decir que vivimos en democracia es, cuando menos, un acto de irresponsabilidad.

    Eso es lo que permite entender el porqué de algunas posiciones dentro de la oposición. Quienes vivieron dictaduras férreas en el pasado, por motivo propio o por testimonio cercano, consideran que esto no se parece en nada. En efecto, los tiempos cambian, la tecnología gana terreno y es más difícil que un dictador pueda comportarse como lo hacía hace 50 años. Los derechos humanos son una realidad cada vez más verificable y, con ellos, todo lo que haga una dictadura el mundo puede conocerlo al instante.

    Es por ello que a lo que nos enfrentamos el día de hoy es conocido en los estudios de teoría política como “regímenes híbridos”. Estos regímenes, de profunda naturaleza autoritaria, necesitan validarse y legitimarse por medio de mecanismos tradicionalmente democráticos (elecciones, por ejemplo),  y así, mientras actúan de manera arbitraria y totalitaria, reciben por otro lado la legitimidad electoral que le da aceptación de cara al mundo y lo interno. Esa delgada y difusa línea entre una cosa y la otra es lo que no deja ver a muchos en la oposición que esto de democrático no tiene ni la intención. Al final, los estamos ayudando.

    En nombre de la democracia, así como de la paz, se han cometido grandes atrocidades en la historia de la humanidad. Todos quieren ser demócratas, hasta los que no creen en la democracia, y por ello la necesitan. Así es como comprobamos que el gobierno necesita afirmar que ha habido 19 procesos electorales, como si la democracia fuera sólo votar, en un país donde la censura, por ejemplo, es la madre de los miedos. En esa trampa ha caído la oposición y es por ello que termina legitimando a una dictadura moderna, pues ambos utilizan el voto como muestra de democracia: unos para legitimarse, y los otros por creer que esto es una democracia común, en peligro o “con fallas”.

    Mientras no entendamos en pleno la naturaleza del régimen, mientras no analicemos sesudamente frente a qué nos estamos enfrentando, mientras no dejemos de atacar a quienes han llamado a esto dictadura desde el primer día, siendo tildados de radicales y mientras no nos organicemos para enfrentar una dictadura de este tipo, lamentablemente seguiremos en el laberinto de las contradicciones. Así como las dictaduras modernas son vigiladas por las nuevas tecnologías, también éstas las utilizan para afianzarse de cara al resto del mundo, y nos llevan ventaja.

    De nada sirve hablar de elecciones, simples y ya, si no entendemos quién está enfrente: una dictadura con absoluto control de todos los poderes, incluyendo el electoral, con las armas, con la represión y con la violación de derechos humanos como bandera y a la que no le importa nada, sólo mantener el poder en detrimento de la calidad de vida de sus ciudadanos y de verlos humillados. Por eso he sido reiterativo en cuanto a la necesidad de plantear las elecciones con otra visión, con otro matiz y exigiendo valientemente las condiciones necesarias para asistir, porque haciendo lo mismo que hemos hecho siempre, sólo terminaremos legitimando nuevamente a un régimen que necesita a una oposición que le valide su manera de verse reconocido en el mundo.

    No habrá Unidad posible, como muchos la están exigiendo, si no hay claridad ni siquiera en el objetivo a vencer. Puede haber coincidencias en que la meta es recuperar a Venezuela, pero si no comprendemos al monstruo que nos toca derrotar,  y si nunca lo vemos como monstruo, difícilmente saldremos adelante.

    No quiero decir que quienes conforman la MUD no sean demócratas. Ese no es el punto. El asunto es que gran parte de quienes están en la MUD creen que estamos en democracia, que es peor aún. La democracia hoy no existe, hay que rescatarla, y eso pasa por derrotar a la dictadura, pero reconociendo que es tal y que sin presión, sin plena conciencia de lo que significa y sin articulación de la protesta y de la resistencia (y todo lo que implica), seguirá consolidándose gracias a los demócratas con miopía.

    Twiiter: @Urruchurtu

  • La Derecha y la Izquierda… ¿No son manos de un mismo cuerpo? – Por Douglas Gil

    La Derecha y la Izquierda… ¿No son manos de un mismo cuerpo? – Por Douglas Gil

    Pretender describir lo vivido durante los últimos años en Venezuela en términos de “Derecha vs. Izquierda”, más que esclarecer, lo que hace es banalizarlo y entorpecer su entendimiento. Y como agregado esta discusión ha polarizado a todo el País enrumbándolo en un odio fraterno que nada provechoso ha deparado.

    Haciendo un poquito de historia, en la Asamblea Nacional de Francia en el siglo XVII existían dos sectores, ambos pertenecientes a la burguesía y coincidentes en la lucha contra el rey, la nobleza e imponer los principios liberales, pero distanciados con respecto a sus intereses y los medios para lograr sus objetivos. Estos eran los Jacobinos y los Girondinos. El primer sector se colocaba para deliberar, a la derecha en la Asamblea, el segundo, a la izquierda, y de allí proviene la posterior división entre partidos de derecha y de izquierda, según sean conservadores en su accionar político o propongan medidas tendientes a cambios profundos.

    Por tanto la izquierda como la derecha son corrientes radicadas en el discurso racionalista occidental. Puede que haya una diferencia radical entre ambas, que la hay, pero las dos comparten la misma fe en la razón, en el análisis racional, como la clave fundamental para entender, modificar y mejorar la realidad social.

    Esa diferencia comienza hace ya siglos y con el correr de los tiempos ha perdido su vigencia en nuestro país, a tal punto que ha sido desvirtuada y esgrimida como ataque en un discurso polarizarte, de señalamientos e incluso peyorizante en un país que sumergido en una crisis sin igual en su historia republicana, requiere con urgencia un discurso unificante que enrumbe a Venezuela por una senda de entendimiento que derive en desarrollo y bienestar para todos y cada uno de sus habitantes.

    En este discurso salvaje, en términos de los que el maestro Briceño Guerrero escribiese en su Laberinto de los tres Minotauros, se establece como marco de referencia para entender la creencia, por demás desconcertante, en el mágico poder de las palabras, palabras desvinculadas de todo punto de contacto con una realidad, no hablan sobre nuestra realidad, crea una realidad que nunca fue de derecha e izquierda, que no es y no debería ser la nuestra. Una realidad de odio y división.

    Marx no era un salvaje y tampoco lo fue Adam Smith. Puede que sus ideologías disientan casi en todo, pero comparten la fe en el racionalismo como método por excelencia para arribar a la realidad. Realidad que debe ser fraterna, de unión y no de odio y polarización.

    Ya para finalizar y como respuesta al título de estas líneas, en un cuerpo humano aún si se es la mano izquierda o la mano derecha, ambas procuran el bienestar del cuerpo al cual pertenecen y siempre actúan en conjunto y cooperativamente para procurar objetivos comunes a su cuerpo. No para destruirlo o separarlo pues supondría la muerte del cuerpo y de las manos mismas, sean esta la izquierda o la derecha.

    Yo, un venezolano de a pie.

    Twitter: @DouGilC

  • El deslinde de la MUD – Por Miguel Velarde

    El deslinde de la MUD – Por Miguel Velarde

    No necesitaron deslindar a nadie de la MUD, fue la MUD la que se deslindó de la realidad

    La marcha del sábado fue un éxito a lo largo y ancho de Venezuela. Decenas de miles de personas vestidas de blanco y en paz colmaron las calles de más de 30 ciudades. No podía haber sido diferente por dos razones muy simples: la primera, porque los motivos por los que fue convocada son absolutamente legítimos y urgentes. La segunda, porque está comprobado que más allá de las mezquindades políticas de algunos dirigentes que pretendieron boicotearla, los ciudadanos ya se dieron cuenta de que el futuro de Venezuela es demasiado importante como para dejarlo en otras manos.

    Unos días antes, al llegar a Caracas, el expresidente de Bolivia, Jorge Quiroga, en rueda de prensa junto al expresidente colombiano Andrés Pastrana, dijo algo muy cierto: “Ya no se puede decir que esto es de derecha o de izquierda. Esto es de derecho, de “ultraderecho”, del derecho a expresarse libremente, el derecho a participar en democracia, el derecho a comer, a tener seguridad. Ese es el derecho por el que están luchando”. Es muy sencillo: la realidad en Venezuela es tan dramática que no necesita de análisis muy profundos ni de procedimientos burocráticos para ver cómo salimos de esto. Es una lucha existencial en la que nos jugamos todo.

    Es por eso que resulta incomprensible –casi imperdonable- la reacción de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) y la decisión de no acompañar el llamado que hizo Leopoldo López para protestar por “no haber sido consultada”. No debería ser difícil darse cuenta que para un hombre preso hace 15 meses, aislado, prácticamente incomunicado y ahora en huelga de hambre, puede ser complicado “consultar” sus planteamientos políticos con la MUD o con quién sea.

    Más allá de eso, la gran metida de pata de esta organización fue que hicieron justamente lo que criticaban: emitieron un comunicado sin consultarlo con todos sus miembros y violando sus normas internas. Aún no sabemos quién o quienes tomaron esta decisión; lo que si podemos suponer es que “Chuo” es la cara de este desacierto, pero no el cerebro.

    Venezuela necesita hoy más que nunca una Unidad superior, una que sea solidaria, responsable y honesta. Que se libere del secuestro en el que la tienen quienes están dispuestos a sacrificar los derechos y libertades de los venezolanos por cuidar sus parcelas de poder y mantener el status quo. El país requiere de un liderazgo legítimo, que no solo pida el voto en una elección sino que también esté dispuesto a dar la vida en cualquier lucha.

    La Unidad es mucho más que la MUD. Es por eso que, para pesar de muchos promotores del “deslinde”, éste no se dio para que expulsar a los “radicales”. Como consecuencia de sus erráticas decisiones, esta organización no necesitó deslindar a nadie, fue la MUD la que se deslindó de la realidad y del ciudadano que le demostró que no necesita su permiso para luchar en la calle por sus derechos.

    Twitter: @MiguelVelarde

  • El voto como mordaza – Por Pedro Urruchurtu

    El voto como mordaza – Por Pedro Urruchurtu

    La política representa, en sí misma, un sinfín de instituciones, símbolos y actos importantísimos que son objeto de análisis. Uno de ellos, por supuesto, es el voto; pero el voto entendido como una de esas instituciones que hace de la política una determinada y concreta acción.

    Durante las últimas semanas, he escrito algunas apreciaciones que para muchos representan una oda a la abstención. Este artículo no trata de responder a esos argumentos; trata de justificar mi análisis que, en lo absoluto, pretende decirle a la gente que no vote. Por el contrario, el voto es una institución y, en nuestro país, como derecho, cada quien tiene la potestad o no de participar. Es una decisión de cada quien.

    Pero partamos de dos premisas fundamentales: el voto es esencial para darle vigencia al sistema democrático y éste, en su función de elegir, trae consigo una serie de consideraciones: debe ser libre, universal, secreto y auditable, es decir, confiable, pues es un acto de libertad y confianza. Ahora, hablemos de dos verdades lapidarias sobre lo que vive Venezuela: ni estamos en democracia ni el voto es confiable. Entonces ¿de qué tipo de voto estamos hablando y para qué debemos votar? Esas deberían ser las dos grandes preguntas que todo político de oposición debería hacerse.

    Desde su llegada al poder, el régimen supo cómo envolver a la gente y a las instituciones políticas en el falso mito del voto como exclusivo agente democratizador. En ese mito, se han construido las grandes mentiras y la gran legitimidad con las que el régimen, en sus actuaciones cada vez más alejadas de comportamientos democráticos, se hace llamar demócrata. Cada uno de esos 19 procesos electorales ha servido para legitimar a un régimen que necesita mantener su falsa imagen ante el mundo y ante parte de quienes vivimos en Venezuela. Desde entonces, lo único que han permitido es el pensamiento electorero.

    Pero, ¿en qué se traduce ese pensamiento electorero? Muy simple: hacen de la dinámica del país una elección. Si no, analice todo lo que se hace nivel de gobierno: “gestión” para ganar próximas elecciones, no para cambiar las cosas de fondo. Y sí, tal vez usted podrá decir que un partido se mide electoralmente para acceder al poder, si no, ¿para qué se mediría? El asunto es que en Venezuela sólo funciona el pensamiento electorero, no el de la gestión a largo plazo.

    El gran problema que eso tiene es que nadie se atreve a mirar más allá del próximo proceso electoral. Nadie se atreve a mirar diez años a futuro sin antes pensar que en ese período habrá, al menos, nueve elecciones. Y de esa manera, transcurre el tiempo, mientras el régimen se legitima electoralmente y mientras la oposición insiste en vender las elecciones como un digno proceso democrático, en un país en el que a duras penas la gente sobrevive.

    ¿A qué me lleva todo este análisis? Constitucionalmente corresponden elecciones parlamentarias este año. Algunos insisten en vender estas elecciones como un gran proceso de cambio, siempre ha sido así y los resultados no parecen variar. El gran asunto es que no se plantean las elecciones como corresponde. No es un proceso más, es EL proceso que puede permitir el comienzo de una serie de cambios profundos. Todos creeríamos que eso es posible pero, en verdad, esto sólo es posible si exigimos ir con condiciones que nos favorezcan. La gran tragedia electorera de esta nación, es que hemos optado por aceptar las condiciones de quienes favorecen, de manera evidente, a los que gobiernan. Creemos, además, que ganar una, dos o tres gobernaciones, por ejemplo, es un símbolo de derrota cuando en realidad parece una dádiva, una concesión de quienes se creen dueños de Venezuela.

    De nada sirve vender un proceso electoral como el gran proceso si no hacemos nada por derrotar las condiciones adversas que tenemos en frente. Decir que sólo la participación masiva basta, es caer en el mismo engaño de todos los tiempos. No es posible ganar una elección sin la vigilancia, la organización y la presión para ganarla. No se trata de aceptar condiciones para creer que son derrotables tan sólo porque la gente vote. La historia ya nos lo ha demostrado en procesos recientes.

    Elección tras elección, nos dicen que la siguiente es más importante. El elector recibe una cuota de culpabilidad ante resultados negativos, pero pocos en la dirigencia opositora asumen su responsabilidad: la de decir la verdad frente a lo que necesitamos derrotar. No se trata de derrotar a un gobierno, sino a todo un sistema que nos ha hecho víctimas y cómplices, con incentivos y trampas que lo único que han permitido es la destrucción por completo de nuestro país. Entre el fraude y el ventajismo hemos creído y aceptado que muchas elecciones y que mucha participación son sinónimo de democracia. Tenemos que ser muy cuidadosos sobre qué legitimamos con ese discurso.

    Ciertamente la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) nació como una coalición electoral. El gran problema es que la MUD ha pretendido hacer de lo electoral la gran política opositora, traducida en inacción y en silencio, y sólo la lucha democrática cobra vigencia cuando hay elecciones en puertas. Caemos en lo mismo, en lo que el régimen ha querido: la visión electorera de la política, desvirtuando el valor verdadero del voto como institución.

    Eso ha permitido un vil chantaje, basado en decir que la protesta  es incompatible con el voto, cuando en realidad son complementarias, y una mueve a la otra. Se pretende hablar de un cambio pacífico, constitucional y democrático, con las elecciones como principal símbolo, pero no se dice que la protesta es tan constitucional y democrática, en sus fines pacíficos, como lo es lo electoral. Por ejemplo, exigir condiciones electorales, de manera firme y enfática, es una forma de protestar. Calle y voto se necesitan si queremos ganar y cobrar.

    El gran problema es que la política se ha vuelto electorera, porque así el régimen lo ha querido, mientras el país demanda una política de soluciones, de visiones a largo plazo y de responsabilidad frente al futuro. Venezuela es más que elecciones a cada instante. Mientras no entendamos lo trascendental de una elección y lo que debemos exigir de ella y ante ella, seguiremos siendo víctimas de la tragedia electorera. Seguiremos pensando en la política como obstáculos electorales, mientras el adversario cuenta con todo el aparato a su favor y no ve, ni en sí mismo, un solo obstáculo. No puede haber David contra Goliat, si no entendemos quién es Goliat.

    Es hora de entender que el voto, en este tipo de regímenes de naturaleza totalitaria, si no se plantea de la manera correcta y con las condiciones idóneas, termina legitimándolos, porque sólo hablamos de elecciones, de eso y nada más, cuestión que ellos necesitan. Peor aún, el chantaje y lugar común  de aceptar el voto que impone el dictador, y la inmediata repulsión a la crítica, seguirán haciendo del acto electoral, más que una acto de libertad y de futuro, un acto de sumisión. Mientras sólo pensemos en elecciones, a su manera, y no en el país a largo plazo, seguiremos siendo víctimas, seguiremos haciendo del voto una mordaza.

    Twitter: @Urruchurtu

     

  • Cotufa somos todos – Por Miguel Velarde

    Cotufa somos todos – Por Miguel Velarde

    El problema es cuando se analiza esto en contexto y cuando ese contexto se llama Venezuela

    Quizás muchos saben quién era Cotufa, pero para los que no son tan activos en las redes sociales, donde la historia se hizo viral la semana pasada, vale la pena hacer un breve resumen.

    El 16 de mayo una perrita Poodle Mini, cuyos dueños habían nombrado Cotufa, fue llevada a una conocida peluquería canina en el este de Caracas. Según consta en la denuncia, la perrita llegó sin ningún problema de salud. Pocas horas después, la mascota fue entregada desmayada y con daño cerebral, lo que terminó en un desenlace fatal. Según diferentes versiones, esto fue consecuencia del maltrato animal que habría sufrido la perrita mientras se encontraba en el recinto.

    La reacción no se hizo esperar. La noticia corrió rápidamente por medios digitales y redes sociales y hasta personalidades muy conocidas en el país se manifestaron “indignados” y “conmocionados” por este hecho. El hashtag #NoAlMaltratoAnimal fue tendencia en Twitter y el sábado se organizó una marcha, con decenas de personas vestidas de negro y muchas de ellas acompañadas de sus mascotas, en rechazo y condena a este abuso.

    Hasta ahí, todo bien. El problema es cuando se analiza esto en contexto y cuando ese contexto se llama Venezuela. Vivimos en el país con la inflación más alta del mundo y que este año será de tres dígitos; con la moneda absolutamente devaluada –el viernes el dólar “paralelo” alcanzó los 422,54 bolívares y con eso el salario mínimo, en términos reales, es de 18 dólares al mes-; con niveles de escasez de un país en guerra; con índices de criminalidad de los peores de la región; con altas autoridades siendo acusadas de delitos graves a nivel internacional; con libertades y derechos fundamentales absolutamente restringidos; y casi nada de eso genera una reacción tan airada y de tanta indignación como la historia de Cotufa.

    Nadie puede negar que lo ocurrido con la mascota es totalmente condenable. Lo que cuesta comprender es cómo, la misma semana, el secuestro de dos estudiantes de la universidad Santa María, el asesinato de un médico oncólogo del hospital de niños JM de los Ríos, los largos apagones en varios estados del país y las interminables colas en las puertas de los mercados no generan nada parecido.

    Uno de los problemas que tenemos en Venezuela es la equivocada priorización de nuestros problemas y su banalización. Hacemos chistes de las tragedias, si no estamos asustados estamos resignados y lo que indigna a unos pocos es que muchos no se indignen.

    Si de algo puede servir la historia de Cotufa es como termómetro de la crisis moral y de valores en la que hemos caído como sociedad. Si nos ponemos a pensar, no solo esta Poodle Mini fue víctima del abuso, la indolencia, la impunidad y la decadencia de unos cuantos que tienen secuestrada la paz de muchos. La mayoría de los ciudadanos sufrimos los mismos atropellos a diario y en todas partes.

    Al final, pareciera que Cotufa somos todos.

     Twitter: @MiguelVelarde