Categoría: Opinión

  • Cleptocracia – Por Juan Marcos Colmenares

    Cleptocracia – Por Juan Marcos Colmenares

    En Venezuela vivimos tiempos muy difíciles. Tiempos de desintegración moral y  social, de crisis de principios y de valores, de conflictos políticos y económicos.

    El año 1992 se podría fijar como el inicio de ese deterioro moral, cuando ocurrieron los frustrados golpes de Estado contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez. Pero pudo haber sido antes, cuando unos jóvenes ingresaron a la escuela militar con la intención de integrar una logia mafiosa y tomar por asalto el poder, al estilo de Gadafi en Libia y Nasser en Egipto.

    Después de los intentos de golpe, esos militares que se confabularon contra la democracia fueron vistos como héroes. La autora de La rebelión de los ángeles, que justifica en su obra esa traición y felonía, aún sostiene esa posición, la defiende y se niega a aceptar esos hechos como un fatal error histórico. Pero hoy vive exilada en Estados Unidos huyendo del régimen.

    Esos golpistas no eran ni ángeles, ni querubines, ni héroes, ni santos. Eran delincuentes cuyo objetivo era conquistar el poder, implantar el “proyecto bolivariano” y aprovechar los recursos para su beneficio. Y así ha sido desde 1999, cuando Hugo Chávez estableció en Venezuela una cleptocracia (del griego kleptein, robar; klepto, robo ykratos, gobierno): sistema de gobierno en el que forajidos acceden al poder, manejan los recursos a su antojo, sin transparencia, ni fiscalización y los aprovechan para su enriquecimiento. En las cleptocracias los delitos de corrupción, nepotismo, clientelismo, peculado y fraude quedan impunes porque la corrupción es general. El doctor Jim Besberry, asesor del Banco Mundial, afirma que “a los cleptócratas no les interesa el medio para llegar al poder, simplemente se desarrollan como un cáncer corrompiendo a más personas hasta tomar el control total de las instituciones”.

    El proyecto bolivariano que se instaló ha sido una política de saqueo. De saqueo por vía de la corrupción, del peculado, de la destrucción de las industrias y de la propiedad privada. De saqueo al apoderarse de todas las instituciones y utilizarlas a su conveniencia, desvalijando las estructuras de la democracia y de la república. Desde el primer día Chávez utilizó la corrupción como un mecanismo de control político y la aplicó en militares y funcionarios: Plan Bolívar 2000, notas estructuradas, Banco Industrial, Pdvsa, Pdval, Cadivi, venta del oro y reservas. La firma Ecoanalítica opinó que durante el gobierno de Chávez fueron robados cerca de 69.500 millones de dólares a través de fraudes a la importación. Y un trabajo de los periodistas William Neuman y Patricia Torres del diario The New York Times cita al economista Víctor Álvarez, ex ministro de Chávez: “Es escandaloso. Venezuela ha sido saqueada ‘como en la época de la Conquista española’, cuando el oro y la plata eran robados por toneladas». Se ha calculado en 500.000 millones de dólares la cantidad saqueada al país: La fortuna más grande en ingresos de toda nuestra historia, comparando los 16 años del chavismo con los 189 años desde 1810.

    Pero cuando recuperemos a Venezuela y la sensatez, no toleraremos nunca más la impunidad. Tendremos que establecer Juzgados de Responsabilidad Administrativa para exigir rendición de cuentas a los funcionarios, luchar contra el peculado, exigir moralidad administrativa y castigar severamente a los corruptos. Tenemos que educar a los jóvenes para que repudien y pongan cese a la tolerancia con los traficantes de los bienes públicos. Y para superar esto, es necesario que los nuevos líderes definan estrategias, políticas, programas, proyectos y acciones específicas en la prevención y sanción de estos delitos contra la cosa pública.

  • Desprecio – Por Pedro Urruchurtu

    Desprecio – Por Pedro Urruchurtu

    Si hoy alguien me preguntara cuál es la política que gobierna a Venezuela, diría que es la del desprecio. Sin duda alguna, el desprecio se ha vuelto gobierno y cada vez son más los que se sienten ajenos en un país que les perteneció y les pertenece, aunque algunos se empeñen en arrebatarlo porque se creen sus dueños exclusivos.

    Basta con ver la arbitrariedad y la forma como fueron expulsados miles de colombo-venezolanos de nuestra tierra, en un supuesto acto de reivindicación con el país, siendo realmente un acto de traición a la patria, tratándose de dos países cuya historia y vida nunca podrán estar separadas porque, sencillamente, nacieron juntas. El desprecio es evidente: luego de serles útiles para cualquier fin, incluyendo el electoral, hoy deciden sacarlos, como si fueran simples animales. Ese desprecio, que duele tanto en quienes se fueron como quienes se quedan acechados por el miedo, vino acompañado de las más cruel violación a los derechos humanos, por parte de un régimen que está acostumbrado a hacerlo día a día con nosotros. La diferencia es que lo que antes creían un mito, porque nadie lo veía, hoy lo creen porque lo viven.

    Ese mismo desprecio es el que han sentido los dos millones de venezolanos que han tenido que emigrar de su país por múltiples razones que apuntan a una misma causa: no poder ser venezolanos en su tierra. Y es que cuando se persigue gente por pensar distinto, cuando se arrebatan las propiedades que con sacrificio e historia familiar se levantaron, cuando se mata por cualquier razón porque la vida pasó a ser algo secundario, cuando roban y secuestran para quitar lo poco que en la nada queda, cuando no hay ni oxígeno en los hospitales, cuando lo que reina es el miedo en lugar de la tranquilidad de estar bien y poder cumplir metas y sueños, cuando todo eso se suma, la única conclusión, además de lo malévolo, despiadado e intencional de esas acciones, es muy simple: quieren que nos vayamos, nos desprecian.

    Desprecian a todo aquello que sea productivo, que sea pensante, que sea formado. Desprecian a quienes critican, a quienes alzan la voz y quienes luchan. Desprecian a quienes tienen años aquí, viniendo de otro país, y los humillan como si todo su esfuerzo fuera tan fácil de derrumbar por el capricho del poder. Desprecian a jóvenes luchadores, a madres emprendedoras, a padres trabajadores. Desprecian a la familia, al punto de separarla, no sólo por posturas políticas, sino por la distancia que brinda ese viaje sin retorno llamado emigración.

    Pero también desprecian a quienes se quedan, humillándolos, sometiéndolos y controlándolos. Los condenan a la miseria, al hambre y a mendigar lo que se pueda. Los obligan a sobrevivir con lo poco que ganan y lo mucho que gastan en un lugar donde el dinero se devalúa tanto como la vida misma. Su meta es hundirlos en la ignorancia, en la dependencia absoluta, en el desespero y en el miedo. Eso, sin lugar a dudas, es el mayor desprecio al que un país puede estar sometido.

    Resulta indignante que señores como Roy Chaderton, apoltronado desde Washington como embajador de Venezuela ante la OEA y cualquier otra cantidad de cargos por los que cobra, pero por los que no hace nada, se dirija a los venezolanos y a los colombianos como si él tuviera una especie de luz divina para juzgar a quienes han llegado y quienes se han ido, defendiendo sólo al “chavismo y al madurismo” (en sus palabras) y no a todo un país por el que él debería estar representándonos y defendiéndonos. Es muy fácil para el Sr. Chaderton, además de humillar a su personal, decir que han venido millones de colombianos a Venezuela huyendo de un país que no les brindó ni las oportunidades ni la democracia, haciendo que nuestro país asumiera “la carga social” de recibirlos. Muy fácil denigrar y hablar en ese tono, ignorando los millones de venezolanos que han tenido que huir de un país que no les brindo siquiera la vida, aún cuando sus gobernantes se llenan la boca diciendo que este país es el de las oportunidades.

     Miles de venezolanos, quizá millones, están en Colombia huyendo de una economía de guerra fomentada desde el poder, que fue capaz de destruir vidas y prosperidad, alimentando al crimen y a los peores vicios, privilegiando la muerte y la mentira, por encima de la vida y la honestidad. Dudo mucho que los colombianos que hoy viven en Venezuela quieran eso y dudo mucho más que hayan huido de eso que dice Chaderton, con su tono prepotente y arrogante. Por algo son ellos, en gran medida, quienes se están devolviendo a su país…

    Hoy son los colombianos los que reciben un poco de la medicina que nosotros, los venezolanos, tenemos viviendo por más de 16 años. Un poco tarde para que el gobierno de ese país reaccione y pida solidaridad y compañía, cuando su país vecino ha pedido a gritos apoyo y este ha decidido dejarlo solo, por la complicidad y la conveniencia del momento. Hoy cuando el gobierno de Colombia pide ayuda, los venezolanos recordamos cuando ese mismo gobierno nos cerró la puerta a la hora de denunciar las arbitrariedades que ya venía cometiendo Nicolás Maduro y su combo y que hoy ha traspasado la frontera.

    Siempre lo advertimos, siempre lo dijimos y, finalmente, ocurrió. El respaldo del pueblo colombiano siempre lo hemos tenido, pero de su gobierno sólo hemos tenido silencio, el mismo silencio que parte de la región le dio hace unos días en la OEA, aunque eso también significa una derrota para la vencida y rancia Venezuela que otrora fue financista automática de solidaridades gracias al petróleo que hoy nos pasa factura.

    Esa es nuestra verdad hoy. Somos un país sumido en el desprecio. Desprecio que vemos por doquier, que vemos incluso cuando nos tratan como simples votantes. Desprecio que inunda nuestras vidas al punto de hacernos sentir extranjeros en nuestro propio país y hacer de nuestro pasaporte la única ventana para respirar el aire que aquí, poco a poco nos quitan. Desprecio incluso hacia quienes piden que no se haga nada, porque distrae, porque hace daño, cuando el mayor daño ya está hecho y recuperarlo tardará décadas.

    Este régimen tuvo la oportunidad de pasar a la historia como uno de los mejores del mundo, por las posibilidades de transformación que tuvo. Lo cierto es que ese no era su propósito, eso no les importaba. Sólo les importaba el poder, enriquecer a unos pocos a costa de la pobreza de millones. Un régimen que gobernando en nombre de la patria, nos la arrebató; que gobernando en nombre del país, nos destruyó; que gobernando en nombre del pueblo, lo aniquiló.

    Hoy somos un país en la ruina y en la sombra. Optaron  por gobernar sembrando odio, división y destrucción por doquier. Nos hicieron creer verdades que sólo eran verdades para ellos. Optaron por hacer de la bala, del exilio, de la mentira y de la humillación, un gobierno capaz de despreciar a todos sus ciudadanos, quitándoles incluso esa condición, y volviéndolos presos de una cárcel que cada vez se vuelve más grande y más segura para no escapar de ella.

    Así es como el desprecio gobierna, como paga. Así es como carcome las bases de una sociedad y de un país entero. Así es como hace que millones no tengan más opción que buscar otra casa, porque en la propia no son bienvenidos. Pero la historia hace pagar, no tengo dudas. Todo ese desprecio que hoy han esparcido como un virus, se les devolverá. Será la gente, tarde o temprano y quienes se atrevan, los que les harán sentir despreciados y, en un grito altisonante y contundente, les dirán: ¡No más!

    Twitter: @Urruchurtu

  • Turistas de la realidad – Por Miguel Velarde

    Turistas de la realidad – Por Miguel Velarde

    Nos golpeamos el pecho por una realidad que no hacemos nada por cambiar

    imágenes que vimos la semana pasada traen a nuestra memoria los momentos más negros de la historia humana, en los que algunas personas fueron capaces de deshumanizar a otras. Madres con hijos pequeños a cuestas, abuelos cargando su cama y su drama en la espalda; mujeres, hombres y niños, cruzando un río que se convirtió en la frontera entre su vida y la nada. Sus lágrimas eran inevitables, al ver cómo lo que con tanto esfuerzo habían construido durante años, se quedaba del otro lado del río Táchira.

    Pero las deportaciones de las que hoy son víctimas más de dos mil colombianos que vivían en el país no son la única variable de una ecuación que es muy peligrosa. A ésta se le suman medidas como el decreto mediante el cual el gobierno dictó el Estado de Excepción en seis municipios del estado Táchira y también el cierre de la frontera con Colombia que afecta a cientos de miles de personas que tenían su vida familiar, comercial y cultural en ambos lados de la misma.

    Como no podía ser diferente –y a pesar de la resistencia del presidente colombiano Juan Manuel Santos a actuar con firmeza desde un principio en defensa de sus compatriotas- las consecuencias diplomáticas tenían que llegar. El jueves el gobierno de Colombia llamó a consultas a su embajador en Venezuela y solicitó reuniones extraordinarias de Unasur y de la OEA para “contarle al mundo lo que está sucediendo, porque es totalmente inaceptable” y para exigir respeto por los centenares de colombianos a los que se les están violando sus derechos más básicos.

    Nadie puede pronosticar el desenlace de esta nueva crisis. Lo que es un hecho es que para miles de familias este nuevo intento del gobierno de crear una crisis con fines políticos, tendrá consecuencias devastadoras. Sin embargo, como en cada uno de los casos en los que la decencia es la primera víctima, el daño no es solamente para aquellos que sufren el abuso directamente, sino también para cada uno de nosotros que, una vez más, ve con vergonzosa pasividad como atropellan a otros ciudadanos. Ante cada nueva injusticia que se comete y que no genera ninguna reacción, nos perdemos aún más como república, como nación y como sociedad.

    Nos parecemos a viejitas asustadas tomando el té, analizando cómo el país se derrumba a nuestro alrededor y pronosticando quién será el próximo en caer, sin darnos cuenta que todos tenemos un número en esa lista.

    Nos golpeamos el pecho por una realidad que no hacemos nada por cambiar. El problema es que no entendemos que el contexto siempre nos terminará alcanzando, por más rápido que pretendamos huir de él, porque somos parte del problema.

    Es por eso que hoy, 16 años después, no tenemos muchas opciones: o nos convertimos en arquitectos de nuestro propio destino y del de todos quienes viven en esta tierra, o seguimos siendo testigos de nuestra propia tragedia.

    Debemos abandonar la comodidad de la crítica desde una posición de observadores, buscar espacios de lucha en los que podamos involucrarnos y, por qué no, incluso criticar que para muchos se haga más fácil rendirse antes que luchar.

    Si no terminamos de comprender que nadie va a rescatar nuestro futuro si no lo hacemos nosotros mismos, entonces podemos darlo por perdido.

    Es hora de actuar y de dejar de ser turistas de la realidad.

    Twitter: @MiguelVelarde

  • La Quiebra Moral de un país – Por Juan Marcos Colmenares

    La Quiebra Moral de un país – Por Juan Marcos Colmenares

    “Hay que erradicar la represión salvaje de todo intento de la ciudadanía por afirmar su derecho a la libertad, el continuismo como norma de gobierno y el peculado como sistema de administración”. (Rómulo Betancourt al regresar del exilio en 1936 – Diario La Esfera)

    El título de este artículo corresponde al del libro de la profesora Isabel Pereira que aquí trataremos de comentar; y lo iniciamos con una frase pronunciada por Rómulo Betancourt, hace casi ochenta años, que nos demuestra que en Venezuela o no hemos avanzado en estos últimos años o estamos retrocediendo, cuando el resto de los países del hemisferio avanzan.

    En su ensayo la profesora Pereira nos guía por la Venezuela contemporánea para analizar nuestra situación política, económica y social; conectando el presente con el pasado e invitándonos a asomarnos al futuro para buscar una salida. Su propósito es demostrar el agotamiento del contrato social establecido por Rómulo Betancourt en 1958, basado en el Pacto de Punto Fijo. Pero sin negar la fortaleza moral de los líderes que forjaron ese pacto, considerado por nosotros como la decisión política y moralmente más constructiva de toda nuestra historia.

    Ese “Estado Betancuriano” surgió como una propuesta civil frente a los muchos gobiernos militares que habían monopolizado el poder desde la independencia, y fue el acuerdo social que permitió la fundación de la democracia y la construcción del país moderno. Allí el Estado como institución fundamental concentraba todo el poder y los recursos financieros; y los grupos que accedían al gobierno se convertían en los propietarios, manejando y redistribuyendo sus recursos entre la población.

    Desde 1958 hasta 1998, vivimos la etapa más larga de civilidad, pluralidad y estabilidad política de nuestra historia. Creíamos haber superado el militarismo, el caudillismo y el populismo e iniciamos un proceso importante de descentralización. Pero el grupo que se instaló en el poder en 1999, se adueñó del país, lo saqueó y convirtió los recursos públicos en instrumentos de coacción, soborno y compra de votos. Destruyó las instituciones, la autonomía de los poderes públicos, los avances logrados en el proceso de descentralización, a la democracia e instaló el comunismo. Es desde ese momento cuando se hace más evidente la quiebra moral, debido a un modelo que se agotó.

    En el ensayo también se analiza el problema de la pobreza y para superarla se recomienda impulsar una poderosa clase media, valorando el desarrollo humano y el derecho a construir propiedad: ¿Capitalismo Popular? ¿Un país de propietarios?

    Finalmente propone la necesidad de fundar un “capitalismo humanista” y un nuevo Contrato Social, que iniciaría un proceso de transferencia del poder desde el Estado al ciudadano. Creemos que en esa dirección marchábamos, porque era lo programado por Carlos Blanco desde la Copre y el Ministerio para la Reforma del Estado: La descentralización y el Pacto para la Reforma, como procesos anti-totalitarios que proponían transferir poder a los ciudadanos y comenzaría a establecer límites al ejercicio de los poderes públicos. Pero esos planes fueron truncados por el absurdo proceso contra CAP, que terminó en su defenestración y que originó todos los males que hoy sufrimos en Venezuela.

    Aquí y en unas pocas plumadas, tratamos de resumir ese importante y acucioso trabajo de la profesora Isabel Pereira Pizani. Exhortamos a nuestros líderes políticos emergentes para que sea estudiado y analizado con profundidad, porque puede ser la llave maestra para lograr la salida, en paz y en democracia. Y esperamos que, cuando se juzgue a este régimen populista y militarista, digamos que fue el catastrófico final de un período que todos deseábamos superar.

  • Mi preocupación – Por Pedro Urruchurtu

    Mi preocupación – Por Pedro Urruchurtu

    No hay manera de no alarmarse ante el agravado y acelerado deterioro de nuestro país. Una Venezuela casi en ruinas que está dependiendo, prácticamente, de la voluntad divina para sostenerse como nación, mientras la fortuna que, probablemente, nunca más recibiremos, está en bolsillos de muchos que hoy se hacen los locos, como si haber desfalcado a un país entero no fuera traicionar a la patria que dicen defender y construir.

    Son muchas las preocupaciones que, en lo particular, me agobian de a cara al futuro tan negro e incierto que parece estar ya aquí. Preocupaciones que parten de lo que hace un régimen que está decidido a acabarnos como país a cambio de permanecer en el poder, y que parten de lo que un gran sector de la oposición hace y que nos llena más de angustia que de esperanza.

    Me preocupa, en primer lugar, la electoralización de la agenda país. Es entendible que de cara a unos comicios que serán dentro de poco más de 100 días, gran parte de la dinámica nacional se base en ellos, pero no todo puede ser a causa, por y para las elecciones. No puede ser que cada vez que el régimen hace de las suyas, se diga que es para suspender el proceso electoral o desmotivar al electorado, no puede ser que cada posición que fije la oposición sea lo suficientemente tímida o acomodaticia para no “generar abstención”, no puede ser que todo lo que proponga esa oposición sea después del proceso electoral, con nuevas leyes, como si ese fuera el problema de fondo en un país atiborrado de leyes inútiles e ilegalidad. No es posible tampoco que cada vez que se generen críticas al proceso electoral o se exijan condiciones, se nos diga “abstencionistas” o “radicales”. En definitiva, no es aceptable que hagan de toda nuestra vida y tragedia un voto, eso y nada más.

    También me preocupa el avance de un régimen que hace lo que quiere, sin importarle nada y sin nadie que se le oponga o sea capaz de de decirle las cosas de frente. Quienes lo hacen son acusados, perseguidos y llamados “radicales”. Un régimen que, ante la presencia de un país quebrado y la ausencia del dinero que en otro momento tuvieron a su antojo, ha optado por la represión y la violación masiva a los derechos humanos, creyéndose todopoderoso e intocable. El futuro deja entrever hambre y miseria, y cuando eso realmente llegue y no haya cómo controlar los estómagos de la gente, será la represión, la militarización y el abuso quienes intenten poner orden al costo que sea. Pocas personas han advertido esto, ante los ojos de quienes los escuchan y los tildan de exagerados. La crisis humanitaria llegó para quedarse y nadie ataca ese problema, porque lo importante es votar en diciembre…

    De eso deriva mi siguiente preocupación: la euforia y confianza plena en encuestas y estudios de opinión pública. Me preocupa no porque lo que digan no sea cierto, ya que no dudo de que, en efecto, seamos hoy una mayoría abrumadora (como lo hemos sido siempre, aunque algunos lo nieguen), sino porque el triunfalismo ante lo que éstas reflejan puede ser el más duro golpe a la hora de explicar algo distinto al triunfo. Un país donde la censura reina, donde la transparencia está tan escasa como los alimentos y las medicinas, y donde el miedo es un agente libre que agobia a las personas ante la posibilidad de la persecución y el hostigamiento, hace de las encuestas y los estudios de opinión no solamente algo viciado sino incoherente con una realidad nada democrática, puesto que estos son instrumentos que tendrían mayor validez en sistema realmente democráticos.

    Asimismo, me preocupa el estado de ánimo de la gente. Cada vez más apatía y más decepción son evidentes en las personas. No diré que no existe una gran reserva de resistencia en las personas que entienden la magnitud de lo que vivimos y la urgencia del cambio, pero la costumbre, el desencanto y el cansancio hacen de las personas una masa que no quiere siquiera pensar en el futuro. Muchos quieren votar, quieren un cambio sin ver que haya una alternativa clara para lograrlo. Mucha gente va a votar, ciertamente, pero no porque la oposición tenga una opción contundente. Visto de esa manera, mucha gente votará en contra del gobierno y no a favor de la oposición, realmente. Sumado a ello, en caso de una derrota, ¿pueden imaginar el estado en el que entrará la gente? Pudiera ser el final y la entrega por completo a un modelo que humilla. ¿Quién se está refiriendo a eso? ¿Quién está motivando a las personas? Se ha reducido la condición del ciudadano a simple votante, como si su preocupación y desespero no importara.

    Todo lo anterior me lleva a mi última preocupación: si nuestra dinámica como país se ha electoralizado, ¿qué pasa después de las elecciones? Y esa es una buena pregunta que debe hacernos reflexionar. Se nos ha dicho que la victoria opositora está garantizada, que los números nos dan, que haremos nuevos leyes, que el régimen será derrotado y que la gente defenderá el triunfo, sumado al argumento nada nuevo de “las elecciones más importantes de la historia”, como si las anteriores no lo hubieran sido (y lo mismo nos dijeron). En caso de que todo eso sea cierto… ¿Cómo vamos a cobrar el triunfo? Ya tenemos un episodio en el 2013 en el que nada pasó. Sabemos que el régimen tiene todo el poder, las armas y  el control de las instituciones… ¿cómo haremos que entreguen, sabiendo que son una dictadura y que como dijo Fidel Castro, las revoluciones sólo hacen elecciones cuando saben que las van a ganar? Votar no es suficiente, ya se ha dicho. ¿Cómo vamos a enfrentar ese discurso? ¿Cómo le explicamos a la gente, después de decir que todo estaba ganado, que ahora todo está perdido? Muchos sostienen que en el pasado hemos ganado gobernaciones y alcaldías, cuando eso han podido ser más concesiones que triunfos. Nadie está hablando de esto, sólo mandan a votar y ya, engañando sobre las verdaderas condiciones a las que nos enfrentamos y subestimando, como siempre, al régimen.

    Nuestro país está al borde de un colapso social. El régimen por eso, desde el Dakazo, ha inducido comportamientos colectivos como saqueos, para mitigar y dosificar el descontento. No significa que no pueda salirse de sus manos, pero ciertamente tienen la fuerza para reprimir. Me preocupa que el liderazgo opositor no esté a la altura de las circunstancias, cuando han optado por subestimar y creer débil al gobierno. Preocupa que sólo estén centrados en elecciones cuando eso para el régimen es un paso más que pueden manejar gracias a la propia inacción opositora que ha caído en su juego y en su chantaje, además del control sobre las instituciones.

    Todavía estamos a tiempo de reaccionar y de cambiar el enfoque del juego. Son pocas las voluntades y los liderazgos que así lo han entendido y han pagado un alto precio por su valentía. Pero no es suficiente. Hace falta, insisto, mayor conciencia frente a quién estamos y enfrentamos. Sin duda, Venezuela, todo esto me preocupa y debemos ocuparnos…

    Twitter: @Urruchurtu

  • La Frontera del Miedo – Por Daniel Merchán

    La Frontera del Miedo – Por Daniel Merchán

    El éxodo masivo de ciudadanos colombianos en la frontera colombo – venezolana producto de las deportaciones desproporcionadas que lleva a cabo el gobierno venezolano, es claramente una afrenta a las regulaciones de la comunidad internacional, y alimento para la xenofobia, mal contra el que hemos luchado fervientemente en Latinoamérica y de la que  hemos sido víctima en varios lugares del planeta.

    La información de la que se dispone indica que estas deportaciones se están realizando de forma arbitraria, sin que se respetasen garantías de debido proceso migratorio, el principio de la unidad familiar, el interés superior del niño, el derecho a la integridad personal, ni el derecho a la propiedad de estas personas, pues se ha señalado que esta gente vive en constante zozobra al ser marcadas, desalojadas y despojadas de sus pertenencias.

    Las conductas ocurridas en la frontera colombo-venezolana podrían encuadrarse como crímenes de lesa humanidad en el sentido en que sería una violación sistemática de los derechos de la población civil por parte del Gobierno venezolano, con la única justificación de que se trata de colombianos, si bien cada Estado tiene una soberanía y derecho para decidir quién entra o sale de su territorio, el problema es cómo se hacen esas deportaciones, y en este caso particular nos hace evocar episodios oscuros que marcaron triste y duramente a la humanidad.

    En este caso se configura la violación a los derechos humanos, porque solo con el fundamento de que son colombianos son expulsados, sin revisar su situación migratoria. La Cancillería colombiana ha identificado que se han deportado a personas que estaban legalmente en Venezuela, que llevaban más de 40 años en ese territorio, que tienen sus núcleos familiares, sus hijos y nietos asentados allá. En ese mismo sentido, los Estados son autónomos de deportar, pero no lo pueden hacer de manera arbitraria, debe haber un debido proceso judicial o administrativo. El único fundamento para deportar es un decreto que Maduro emitió el 21 de agosto, pero no hay nada que indica qué requisitos se deben cumplir para hacer las deportaciones.

    Como dato curioso, la ONG venezolana Provea, dedicada a la defensa de los derechos humanos, lanzó una campaña que compara el comportamiento de Nicolás Maduro con las declaraciones anti migración en Estados Unidos del candidato republicano Donald Trump: “¡Te pareces tanto a mí!”, se llama, aludiendo a la letra del popular bolero

    Para Colombia el cierre del paso binacional constituye una pérdida diaria de 400,000 dólares, de acuerdo a las estimaciones de Edgar Díaz, gobernador del fronterizo departamento del Norte de Santander. Del otro lado de la línea, en cambio, no han dado estimaciones oficiales, pues las exportaciones hacia Colombia habían bajado más de 40% en 2015 debido al depauperado aparato productivo venezolano. El área binacional es tan activa, que venezolanos suelen buscar empleo en Colombia, lo que les permite ganar en pesos, muy atractivo ante el devaluado bolívar

    Es más, desde hace más de un año el paso fronterizo entre Colombia y Venezuela se cierra todas las noches. Nadie entra y nadie sale, entre las 10 de la noche y la 5 de la madrugada. La medida se formalizó el 11 de agosto de 2014 para los transportistas, y se amplió desde el 15 de diciembre para cualquier otro tipo de vehículos e, incluso, quienes quieran transitar a pie. Una decisión que busca “reducir a su mínima expresión el contrabando de extracción

    Pese a lo reciente del cierre de la frontera, ya han obligado a salir del país a más de 9,000 colombianos en los últimos 10 meses, de acuerdo a cifras de la Asociación de Colombianos en Venezuela. La mayoría fueron deportados y acusados de paramilitares, sicarios, desestabilizadores y bachaqueros (contrabandistas de alimentos).

    Desde 2005 se hicieron recurrentes las crisis diplomáticas entre Bogotá y Caracas. Los entonces presidentes Álvaro Uribe y Hugo Chávez no se llevaban bien y en cuatro ocasiones congelaron relaciones bilaterales. Sin embargo, nunca como ahora el debate había bajado al nivel de los ciudadanos: a Maduro, pese a sus raíces colombianas, parece incomodarle la presencia de residentes de ese país en Venezuela.

    Twitter: @Daniel_Merchan 

  • ¿Y entonces? – Por Miguel Velarde

    ¿Y entonces? – Por Miguel Velarde

    Ante cada nuevo atropello, su silencio es más estruendoso

    Como era predecible, el país está entrando de manera acelerada en el modo electoral. Tanto el gobierno como la MUD hacen todo lo posible para que el foco de una sociedad golpeada por la realidad se fije en el próximo 6 de diciembre: eso es mejor que enfrentar un contexto ocasionado por los primeros y que los otros no saben como solucionar. Pero pareciera que también es solo “correr la arruga”.

    El problema es que la tragedia en la que estamos inmersos no se deja distraer por “fiestas electorales” y acelera su destrucción cada día. La ficción que el gobierno pretendió vendernos ya no se la creen ni ellos mismos. Antes mentían muy bien porque estaban convencidos de lo que decían, pero hoy ni siquiera eso logran. Hablar de una moneda “fuerte”, de una patria “digna”, de un país “seguro”, de un dólar “a 6,30” o de una sociedad “feliz” ya no es más que burlarse de la sensatez de las personas, incluso de aquellas que aún se hacen llamar chavistas más por nostalgia que por convicción.

    A todo esto se suma la quiebra moral de una sociedad que ha perdido todos sus valores. Hechos como el reciente caso del descuartizador no pueden ser vistos como algo aislado, son síntomas de una enfermedad muy grave que compromete la vida de la república. Es inaudito que la discusión en este tema se haya centrado en la orientación política del asesino y no en lo que hizo. No es normal el nivel de depravada violencia que llena hoy los titulares de las noticias en el país y es preocupante que se naturalicen hechos como éste o como el creciente número de linchamientos que también se han reportado en los últimos meses.

    Otra gran preocupación es que mientras de un lado niegan la crisis, del otro prometen una solución que tampoco parece ser tal. Es absolutamente irresponsable que un sector de la oposición prometa que con una victoria en las elecciones parlamentarias se solucionarán problemas tan profundos como la escasez, la inflación, o la inseguridad. ¿Cómo pueden ciertos factores ser tan imprudentes y ofrecer soluciones mágicas cuando saben que en realidad la causa de todo esto es un modelo que colapsa y cuya solución es mucho más compleja que una victoria en la Asamblea Nacional?

    Mientras tanto, el gobierno sigue profundizando la crisis local e incluso internacional, declarando estado de excepción por 60 días en cinco municipios del estado Táchira y el cierre de frontera con Colombia, intentando desviar la atención de los verdaderos problemas de los ciudadanos a un conflicto forzado con el país vecino, que el mismo presidente Santos calificó de “injustificado”.

    Podemos asumir que en los próximos meses el deterioro seguirá su indetenible marcha. De cara a las parlamentarias, como el expresidente español Felipe González acertadamente advierte en un artículo publicado el pasado viernes en El País de España, “la esencia de la democracia está en que la derrota —de quien decida el pueblo soberano— es aceptable, porque se dan las razonables condiciones de igualdad para competir. La democracia se legítima en origen por el voto de los ciudadanos, como la condición necesaria, pero no suficiente”.

    Unas elecciones tan determinantes como las del próximo 6 de diciembre no se puede considerar en igualdad de condiciones si se realizan con presos políticos, sin observación internacional y prohibiendo la participación de ciudadanos al inhabilitarlos.

    Sin embargo, todo parece indicar que en esas condiciones se llevarán a cabo. Los únicos que pueden denunciarlas e incluso no aceptarlas son quienes hoy dirigen la MUD, pero ante cada nuevo atropello, su silencio es más estruendoso.

    ¿Y entonces?

    Twitter: @MiguelVelarde

  • Venezuela: La excepción… – Por Pedro urruchurtu

    Venezuela: La excepción… – Por Pedro urruchurtu

    La novedad: Maduro decreta estado de excepción en municipios fronterizos del estado Táchira. Un país atiborrado de malas noticias, que casi ni sorprenden, ahora se ve acechado por la formalidad de una rutina que desde hace mucho forma parte de la vida de los venezolanos. La gran verdad es que esta nación, desde hace mucho, vive un estado de excepción permanente; sus garantías están suspendidas por doquier.

    Venezuela, en sí misma, es una excepción. Excepción porque siendo un país petrolero que recibió la bonanza más grande de su historia, con una fortuna incalculable, hoy está quebrado, mientras los responsables del manejo de esos fondos nos dicen, descaradamente, que es momento de dificultades. Nadie en el mundo se explica cómo un país que lo tuvo todo, está en la nada, en crisis, pasando hambre y condenando a sus ciudadanos a la penumbra de la miseria o al exilio.

    Pero también nuestro país es una gran excepción en el mismo momento en que las garantías fundamentales, amparadas en los derechos humanos y en las múltiples declaraciones e instrumentos que los establecen, no están mínimamente presentes.

    Analicemos por un momento cuántas personas han muerto en manos del hampa para entender que el derecho a la vida no está garantizado; pensemos cuántas veces hemos decidido permanecer en casa y optar por un toque de queda voluntario, ya que la calle es una ruleta rusa que pisotea nuestras libertades individuales; reflexionemos sobre cuánta gente ha estado y sigue presa por expresarse diferente, por pensar distinto, por simplemente disentir, lo cual es la más fiel evidencia de que la libertad de expresión es Venezuela es sólo un chiste. Así podría enumerar cientos de miles de garantías básicas y primordiales que hoy no existen en nuestro país y que no sólo evidencian la intención del régimen de humillarnos, sino también que la nación entera es víctima de un estado de excepción a diario, que es informal, que es silencioso pero que avanza sin ninguna reserva. Nuestra seguridad desde hace mucho está en riesgo por, inclusive, quienes deberían brindarla.

    Venezuela desde hace mucho está en estado de excepción, en toque de queda y en crisis humanitaria. Basta con ver nuestro día a día para entender que vivimos en un estado de zozobra permanente, de persecución, de hostigamiento, de humillación, de dolor, de hambre, gracias a un grupo de corruptos y mafiosos que no tienen ni el más mínimo pudor a la hora de enriquecerse y hacerse del poder, mientras las personas mueren porque el hampa les saluda, porque no hay un medicamento o siquiera oxígeno, o se van porque otro país les llama a ser lo que aquí no pudieron, haciendo de su pasaporte la única esperanza de tener un futuro mejor como extranjeros; la misma condición que en su propio país padecen, siendo incluso venezolanos.

    Yo no tengo dudas de que todo lo que hace el régimen es premeditado, es a propósito. Pretender subestimarlos y decir que actúan erráticamente es, además de ingenuo, irresponsable. Esto puede tratarse de una nueva forma de control, ensayada, con el fin de cerrarnos cada vez más puertas; puede ser la excusa para suspender unas elecciones que pueden carecer de legitimidad pero no del poder de quienes mandan; pueden hacer lo que quieran, como quieran y cuando quieran. Lo están demostrando una vez más: no hay garantías. Una parte de lo que hacen es efectista, es decir, sólo busca tener impacto mediático. Pocas cosas son realmente efectivas en torno a resolver un problema, pero con el efecto basta. Eso para ellos es efectivo, incluso la inacción.

    Un estado de excepción para frenar a “paramilitares” mientras Venezuela ha sucumbido en el hampa y en el gobierno de la bala, es la más nefasta burla que puede haber. Un estado de excepción para “acabar con el contrabando de alimentos, medicinas y billetes de alta denominación”, es la más descarada burla a un país que no tiene justificación de estar pasando hambre en colas, de estar muriéndose en hospitales, sin hablar de un gobierno que critica el contrabando de billetes pero no dice nada de la exorbitante impresión de dinero sin control que nos ha conducido, entre otras cosas, a ser un país hiperinflacionario. No hay dudas: ese decreto de Maduro es sólo una formalidad, frente a la realidad que ya nos agobia. Formalidad consagrada en una Constitución que funciona más como traje a la medida del gobernante, peligroso por demás, que como carta magna, otorgándole al Presidente mayor licencia para perseguir y amedrentar, en este caso, como si ya no lo hubiera hecho lo suficiente.

    Nos han convertido en una excepción en el mundo, un referente de cosas malas, de vicios y de abuso, aún cuando en el pasado fuimos referencia de cosas buenas, o al menos eso creemos. También me atrevo a decir que este régimen, como régimen dictatorial/autoritario, ha encontrado una excepción a su humillación constante en el noble pueblo que aún resiste a sus atropellos. Y es que la excepción que se encuentra en esa gente es, a la vez, una muestra de la exclamación que se consigue en todos los rincones del país, que pide un cambio urgente porque sencillamente esto no se aguanta más. Lo que debe preocuparnos es que esa excepción va mermando y va siendo absorbida por la costumbre y por la desidia. Cuando eso ocurra, la batalla estará perdida.

    Razones sobran para cambiar lo antes posible esta tragedia. Razones sobran para salir de este estado de sitio permanente que nos condena a un futuro de esclavos y no de ciudadanos. Mucha gente ha advertido las consecuencias de las acciones de un régimen que ha dicho todo lo que hará para controlarnos. A esas advertencias las han llamado radicales y han optado por subestimarlos y creerlos ingenuos, débiles y hasta democráticos en un juego que ellos siempre han sabido cómo ganar.

    Cualquier posibilidad de cambio pasa por entender frente a qué estamos. No habrá juego exitoso ni liderazgo victorioso si no se entiende la magnitud de la crisis, su origen intencional y la naturaleza de quienes hoy gobiernan el país. No sólo preocupa que el régimen avance en sus planes, sino que la oposición, sin una visión clara, nos conduzca a lo mismo, incluso sin saberlo. De esa claridad dependerá que esta nación sea diferente; en resumen, de eso dependerá que Venezuela toda sea un estado de excepción o sea excepcional. El tiempo dirá…

    Twitter: @Urruchurtu

  • La Mesa se tambalea – Por Pedro Urruchurtu

    La Mesa se tambalea – Por Pedro Urruchurtu

    Mientras escribo este artículo, voy recorriendo parte de mi país en un autobús. Mientras lo escribo, se desnuda una realidad que, por más que uno conoce, no deja de sorprender. Venezuela no sólo está en crisis; está destruida por doquier. Lo más preocupante es el diagnóstico que algunos hacen de esa realidad que golpea, pero que apremia a la vez.

    La semana que recién pasó dejó un sabor amargo en quienes creemos en la democracia. Como lo afirmé en mi artículo anterior, uno espera que conductas antidemocráticas surjan de quienes han hecho de la represión, el autoritarismo y hasta el totalitarismo, su forma de gobierno; pero nunca que esas conductas aparezcan en el seno de los que, se supone, luchan día a día para transformar a Venezuela.

    Hoy puedo decir con toda seguridad que la Mesa se tambalea. Me refiero puntualmente a la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), quien optó, en momentos que ameritan sumar, por excluir a piezas claves en la lucha por reconquistar la libertad. Lo peor no es que se excluyan figuras clave y miembros representativos de la sociedad civil, sino que esto también ocurre con partidos políticos enteros… ¿Quién diría que los inhabilitados serían doblemente víctimas, por sus adversarios y compañeros de lucha a la vez?

    A mi alrededor encuentro decepción, no porque la lucha esté perdida sino porque pareciera que algunos están jugando a perderla. La Mesa que siempre ha demandado solidaridad, es la que menos ha sido solidaria. Los partidos hegemónicos que la tienen secuestrada y alejada del diagnóstico sensato de la realidad, rápidamente ocuparon espacios que los inhabilitados y los partidos intervenidos dejaron. La lucha pasó a ser un tuit o un comentario, pero todo se trató de una parcela de poder, de la cuota, como si Venezuela fuera eso: un botín. Nada diferente de lo que hemos visto en los últimos años.

    Muchas cosas hoy deben preocuparnos. La primera es que pareciera que existen liderazgos de primera y de segunda, que existen unos más perseguidos que otros, cuando en realidad todos hemos sido víctimas de la más grande estafa de nuestra historia traducida en control, sumisión y humillación; la segunda es que hay cosas buenas para unos y malas para otros. Para muchos, algunos partidos existen cuando les conviene, pero cuando no es así, no cuentan. ¿Lo más grave? Imitan casi al calco la actitud del régimen: vetan y violan el derecho a disentir, a ser diferentes. Se niegan a reconocer lo que el gobierno tampoco reconoce: la vida en democracia, aunque no la tengamos pero la anhelemos; la tercera es cómo se la ha dado la espalda a la sociedad civil entera. Subestimar, ignorar e incluso silenciar a la sociedad civil es garantía segura de un fracaso. ¿Por qué esos «cupos» que ilegal y arbitrariamente no podrán presentarse a la Asamblea Nacional (AN) no fueron asignados a sectores de la sociedad civil que tanto ha dado y perdido en estos años? ¿Por qué interpretan y creen saber lo que la gente quiere? ¿Por qué algunos partidos guardan silencio, toman los espacios y ni siquiera han sido afectados por el régimen? Esto deja mucho que pensar.

    Me cuesta creer que haya tal grado de ¿indolencia? ante lo que vive nuestro país. Es inaceptable, y hasta irresponsable, que ante un país destruido que está pidiendo a gritos un cambio, haya algunos matándose por espacios, curules, listas y por cuál color será el que más brillará en una nueva AN que luce tan lejana como el enfoque que ellos tienen sobre lo que vive ésta nación hoy. Pensar en cambio en esos términos, máximo será un cambio de color pero no de tragedia, como ya lo he reiterado.

    Claramente el régimen ha optado por forzar el juego de cara al próximo 6 de diciembre: no aceptar observación internacional calificada, inhabilitar, intervenir judicialmente partidos, retar y, evidentemente, demostrar que controlan todo. ¿Lo más insólito? Que la MUD diga que eso no importa, que hay que seguir, que no hay que perder el foco y que votando mayoritariamente la cosa estará resuelta, como por arte de magia (y como si en procesos anteriores la votación no ha sido contundente). Un diagnóstico más miope que ese no hay, salvo el de que una nueva AN cambiará todo lo que está mal, así de repente.

    Lamentablemente la MUD hoy no está preparada para asumir las elecciones que están en puertas, si es que llegamos hasta allá. Sólo estamos contribuyendo a legitimar el desastre, sin claridad y sin visión más allá de lo que el hoy nos ofrece. No me quedan dudas de que cada una de las cosas que la MUD ha venido haciendo en las últimas semanas, nos aleja cada vez más de un posible triunfo. La Unidad, que trasciende a la MUD, hoy se encuentra con el diagnóstico errado de un grupo que cree que sólo sus visiones son las que valen, en lugar de articular todas las visiones que allí se presentan. Han vuelto de la MUD un privilegio y de la Unidad lo que ellos creen como tal.

    Pero esta semana también dignos liderazgos dieron una lección magistral de lo que significa saber cuándo es momento de ver más allá de las coyunturas, de dejar a las ambiciones matándose por una silla, mientras Venezuela exige que se le preste atención y actuar en consecuencia. Esos que actuaron como estadistas, dando una lectura concreta de la realidad y su futuro incierto pero que se puede cambiar, entendieron que nuestro país es más que un saco de votos y la historia les dará la razón. No hace falta salirse de la MUD, pero sí criticarla, pues sus acciones excluyentes e insensatas, son las que están marcando su futuro, tan incierto como el de ese país que no sabemos qué nos ofrecerá mañana. Quienes dieron ese paso sensato seguirán luchando por una nación libre, próspera y democrática, con la Unidad de todos las fuerzas de la sociedad como propósito, más allá de lo que unas sillas pretendan reconocer como país y sus liderazgos.

    La MUD ha tenido grandes oportunidades. Tuvo uno más y prefirió no ponerse a la altura del reto. Ojalá el 7 de diciembre no haya que explicar algo diferente al triunfo, porque será allí, cuando sus errores y su escasa visión la pongan en evidencia, que no habrá tiempo de explicar a Venezuela tantos «por qué».

    La Mesa se tambalea, pero no porque quienes la componen quieran romperla, sino porque el país entero, en crisis y destruido, hoy les pide una sola cosa: que el objetivo, en serio, sea Venezuela; la Venezuela de todos.

    Twitter: @Urruchurtu

  • Niños de la Guerra y el arrebato populista – Por Wiston Flores

    Niños de la Guerra y el arrebato populista – Por Wiston Flores

    El titulo de este articulo me permite aclarar de inicio que no me estoy refiriendo a las víctimas de las guerras de África o del medio Oriente, me estoy refiriendo a las víctimas del sistema populista, totalitario que ha desgobernado a mi bella Venezuela durante estos 16 años, en los cuales nos han tratado de someter como sociedad a la miseria, no solo la miseria desde el punto vista de lo que se consuma, es que han destrozado el alma de nuestro país.  Escuchar los relatos de ciudadanos enfermos que peregrinan por los centros de salud del estado sin conseguir una respuesta pero que paradójicamente en busca de salud consiguen la muerte, es por demás dantesco un espectáculo llamado “NO HAY”, medicinas, oxigeno, quirófano, rayos X, tratamientos oncológicos, laboratorios, médicos y en definitiva no hay nada para salvar la vida, se preguntan todos estos ciudadanos ¿Por qué? , en un país tan rico con las reservas de petróleo más grandes del mundo nuestros enfermos viven como en la guerra, siendo desgarrador ver como en sillas de rueda, muletas o en los brazos de los padres los niños con patologías oncológicas protestan en el medio de las calles al frente del Hospital de referencia infantil más grande de Venezuela (J.M.de los Ríos), la razón vuelve a ser NO HAY, es que se puede jugar con la vida de la personas sin que esto amerite el mas mínimo de reflexión por parte de unos delincuentes que no solo les basto con llevárselo todo, es que no tienen la voluntad de no permitir que sus hijos se mueran de mengua porque no hay medicinas, so pretexto de que la revoluciones deben ser guapas y apoyadas en contra del sucio capitalismo que envenena a las sociedades a través de las grandes corporaciones, debemos dejar morir a nuestros hijos  y que por ende no debemos protestar en contra del régimen porque ellos hacen un esfuerzo gigantesco, donde es mas deberíamos estar agradecidos de que se preocupan de los ciudadanos pero la verdad es otra ellos se están muriendo en una guerra adherida de populismo que mata. No quiero solo dejar en relato y disertación de lo dantesco que está este país en términos de los servicios de salud, quiero concientizar que debemos dar la lucha por los enfermos es así como los invito a que sumemos voluntades para combatir algo que puede sucedernos a todos, los enfermos ya tienen su propia lucha la cual es vivir, nosotros en cambio debemos luchar para cambiar a este régimen los más pronto posible y así poder entrar en la transición a la democracia en Vente Venezuela, hemos trabajado muchísimo en planes de emergencia para poder salir de esta crisis humanitaria,  únete a nuestro movimiento de ciudadanos visitando nuestra página web www.ventevenezuela.org, o únete a nuestro twitter @VenteVenezuela.