Categoría: Opinión

  • Los salones de la vergüenza – Omar González

    Los salones de la vergüenza – Omar González

    Uno de los  efectos más perverso de la crisis provocada en Venezuela por el régimen madurista tiene lugar en las escuelas públicas, tanto de las grandes ciudades como de los pequeños pueblos, donde la pobreza clavó sus dientes y  dejó casi vacios los salones de clases.

    Más de la mitad de los niños en edad escolar han abandonado los estudios y lo mismo sucede en los liceos y universidades oficiales por motivos que, la historia de Venezuela  y sus ciudadanos,  algún día tendrán que registrar con vergüenza, por no haber hecho lo suficiente para impedir ese desastre.

    La causa de esta masiva deserción escolar no es la abulia de los jóvenes,  ni la falta de maestros, ni el deterioro de los planteles, ni la repitencia; todo lo cual también coexiste en esta Venezuela que una vez fue prospera y que ahora es miserable por obra y gracia de la cuerda de bandidos que se encaramó en el poder.

    La razón fundamental por la que más de la mitad de los niños venezolanos en edad escolar no se incorporan a clases es porque sus padres no pueden comprar los útiles ni los uniformes y, en un acto criminal,  el programa de alimentación escolar, el PAE que al menos les brindaba una comida al día a los niños pobres, también  fue paralizado por el gobierno.

    Cierto es que en esta Venezuela aplastada por la bota militar, bajo el mando de un civil que más bien parece una veleta roñosa, todos los problemas son urgentes: escasez, inseguridad, corrupción, desempleo, apagones, falta de agua potable,  impunidad, trafico de drogas y pare usted de contar; pero lo que sucede en las escuelas, liceos y universidades es el peor daño que se la ha podido hacer al porvenir de nuestra patria.

    La desbandada de alumnos de los institutos oficiales, según reportan los mismos educadores, se debe a que  una familia venezolana tiene que  gastar más de 50 mil bolívares en útiles y uniformes para  que cada muchacho pueda asistir a clases; es decir, siete salarios mínimo, y simplemente no los tiene.

    Así será de honda la miseria en la que se encuentra la mayoría de los hogares venezolanos y tan grande la deserción escolar que se registra por esta causa,  que el propio Ministerio de Educación tuvo que sacar una resolución en Gaceta Oficial, mediante la cual elimina la obligación del uso de uniformes y los útiles escolares, en un intento desesperado para evitar que se vean los salones de la vergüenza

    Esto quiere decir que, el régimen madurista, en lugar de buscarle una solución a este gravísimo problema,  decidió que los niños pueden ir al colegio descalzos, sin cuadernos, sin lápices, sin libros,  con hambre, comiendo piedras  como recomendó un gobernador oficialista, ir a pié entre perros sarnosos, piojos y  basura; porque ni siquiera hay agua ni jamón,  pero eso sí rindiéndole  honores al comandante supremo,  a la bandera de ocho estrellas, al escudo  del caballo con el pescuezo torcido a la izquierda y a los retratos de los nuevos héroes de la patria  Fidel Castro y el Che Guevara.

    No se le ocurrió, por ejemplo, repatriar los 300 mil millones de dólares que una macollita de militares y civiles encaramados en el poder  se robaron de las arcas públicas en la época de la bonanza petrolera y que mantienen a buen resguardo en los llamados paraísos fiscales; es decir, en los bancos de Andorra, Suiza, Panamá, Islas Caimán, Rusia, China, Vietnam y países árabes.

    Tampoco les pasó por la mente dejar de comprar la chatarra militar que le venden los llamados perros de la guerra para no quitarle su respectiva comisión a los altos mandos con charreteras, por la adquisición de  aviones, helicópteros, misiles, barcos, tanques, baterías antiaéreas y cuanto cachivache deje una lucrativa ganancia, así no sirvan para nada y se usen solo en los desfiles que montan para meterle miedo a la población.

    En el caso de los estudiantes de secundaria y de las universidades, a todos estos elementos desalentadores, se le añade  la percepción de que en Venezuela el estudio y una carrera profesional no son los medios para salir de la pobreza, ya que un “bachaquero”, buhonero o moto taxista gana más que un médico, ingeniero o profesor universitario. Entonces, ¿para qué van a estudiar?…Para qué?, se preguntan los jóvenes venezolanos, cansados de esta comedia que abominan, el llamado Socialismo del Siglo XXI .

    Escuelas, liceos y universidades convertidas en muladares, las colas del hambre, la oscuridad y el agua transmutada en artículo de lujo son los símbolos del régimen madurista, aunque todavía exista gente que no puede ni darse cuenta de que la esclavitud en que la mantienen, tiene su caldo de cultivo precisamente en la ignorancia.

  • Todos quieren ser populistas – Por Pedro Urruchurtu

    Todos quieren ser populistas – Por Pedro Urruchurtu

    Hoy Venezuela vive una realidad expresada en dos visiones: la del régimen, en la cual ya nadie cree y se evidencia con el más de 80% de impopularidad que Maduro tiene y que parece que seguirá subiendo; y la de la oposición, en su rol de venderse como alternativa, de vender esperanza y de hacer que la gente se aferre a lo único que le queda: la fe, sin aprovecharla como debe, repitiendo los errores del pasado una vez más. Es temporada de promesas, de discursos rimbombantes y de proyectos que, para la magnitud de las elecciones en puertas, parecen más ofertas de candidatos a alcaldes que a diputados.

    En todo lo anterior hay una verdad lapidaria: no se puede seguir hablando con mentiras a quienes tienen más de 16 años oyéndolas; mucho menos debe decirlas el sector opositor que se supone está en contra de la verdad oficial y que se jacta de hablar de cambio, porque al final lo único que están promoviendo, lejos de transformar nuestra tragedia, es agudizarla. Me cuesta creer que ese sector opositor siga creyendo que la mejor manera de vender un cambio sea manteniendo lo que ya existe; usted no puede combatir el populismo siendo populista ni combatir el chantaje gubernamental chantajeando al electorado y estigmatizando sus preocupaciones.

    Todos hablan del 6 de diciembre, pocos hablan de lo previo a ese día; mucho menos se atreven a vislumbrar lo que pasa a partir del 7 de diciembre, salvo por el trillado discurso de que ganaremos contundentemente. A todo eso vale la pena preguntar ¿con qué se come eso? Desde el mejor hasta el peor escenario, pareciera que algunos olvidan el poder que maneja el régimen. Tal es su poder, que ya la “normalización de la frontera” tardará más de seis meses (marzo 2016) y ya Maduro propuso extender el Plan de la Patria hasta el 2030. Algunos dirán que, lógicamente, nadie se prepara para la derrota, el asunto es que el régimen no lo ve de esa forma; lo ven desde el poder que tienen y no sólo en las instituciones…

    Por supuesto, esta crítica no escapará de aquellos que, precisamente, ven toda opinión contraria a lo que parte de la oposición está haciendo como un juego a favor del gobierno. Grave error. Si la crítica genera tanto rechazo siendo apenas candidatos y sin tener el poder real, pues cuando lo asuman, de hacerlo algún día, serán peores que los que hoy controlan a Venezuela.

    Mi problema no es que ofrezcan cosas mágicas, que hablen de hospitales, autopistas, escuelas nuevas o que digan que desde el 7 de diciembre Maduro se va; el problema es que engañan. Engañan porque saben que hasta en el mejor escenario es imprescindible negociar con el régimen y si no negocian, el régimen los desconocerá, avanzará en su modelo comunal y disolverá el Parlamento si le es muy incómodo. ¿Alguien ha pensado en eso? Las instituciones son buenas cuando ellos las gobiernan y las controlan (OEA con Insulza, por ejemplo), de resto buscarán destruirlas, transformarlas, manipularlas. Es la utilización de la democracia para destruir la democracia. Además, un Parlamento no está para construir viviendas o para crear cientos de leyes inútiles que se vuelven mandatos para controlar la vida de los ciudadanos por doquier. Pretender hacer del Parlamento una gallera donde se diga que, desde allí, Venezuela será reconstruida, es una vil mentira. Pero, peor todavía, pretender afirmar eso es reconocer y ser partícipe de la destrucción de esa institución, hoy desvirtuada y descalificada.

    El Parlamento no se recupera a base de populismo y demagogia. Se recupera con perfiles claves, preparados, que entiendan para qué es un espacio de ese tipo, donde se privilegie el debate por encima de los asuntos que afectan a un país, no para ver cuál partido tiene más curules y decidir entonces que el color de la próxima escuela es el de ese partido.

    Dicho de otro modo: la nueva Asamblea Nacional puede nacer herida de muerte, no sólo por las intenciones del régimen de desconocer lo que allí suceda si la oposición gana, sino porque la misma oposición no está entendiendo para qué es esa nueva Asamblea y el rol del Parlamento.

    No se puede hablar de cambio haciendo lo que el régimen lleva años haciendo; no se puede seguir engañando a las personas creyendo que todo será un mar de felicidad, cuando lo que vendría sería peor, más duro, incluso inimaginable. ¿Alguien ha pensado cómo será una eventual negociación con el régimen? ¿Será una transacción o una manera de darle estabilidad a quienes gobiernan? ¿Cómo se hará para que entreguen y reconozcan el triunfo opositor? Pretenden hacer del voto un acto de magia dentro de un gran circo en el que no sabemos si quien ría de último reirá mejor.

    Cada vez que leo algunas propuestas, pareciera que se trata más de un candidato a una gobernación que a alguien consciente del rol parlamentario. Pareciera que se están preparando para usar su curul en el Parlamento como trampolín a otro cargo de elección, abandonando su función originaria, cayendo de nuevo en la demagogia y en el populismo.

    El país demanda más realismo sin que eso signifique renunciar a la idea de que un futuro mejor es posible, pero no nos engañemos desde el presente creyendo que todo será fácil. La verdad siempre es apreciada y más aún luego de vivir de la mentira como gobierno. Lamentablemente algunos prefieren hablar como si viviéramos en un paraíso democrático, como si el Parlamento por sí solo mejorará al país, como si no hiciera falta prepararse para defender el proceso electoral, como si el régimen fuera bueno por naturaleza. Esa es la tragedia de hoy, en la que no importa cuál color sea el que se imponga, pues seguirá reinando el engaño, porque seguirán diciendo lo que la gente quiere oír y no lo que deben entender, con los sacrificios que eso implica. Y es que no puede ser distinto; en este país todos quieren ser populistas.

    Twitter: @Urruchurtu

  • Venezuela y Colombia, un divorcio con hijos – Por María Teresa Belandria

    Venezuela y Colombia, un divorcio con hijos – Por María Teresa Belandria

    La relación entre Venezuela y Colombia históricamente ha oscilado entre el esplendor y la crisis; la hermandad y la desavenencia, el amor fraterno y la confrontación. Sin embargo, este nuevo incidente tiene características y consecuencias diferentes, tanto en la forma en que se ha conducido como en el trasfondo que la ha desatado.

    En los eventos de los últimos 15 años, ninguno, a pesar de su gravedad fue objeto de tratamiento extraordinario, vale decir, de la declaratoria de un estado de excepción para atender el problema y encontrar una solución. Esto era posible, ya que los mecanismos de negociación y consulta: la Comisión Negociadora (CONEG), la Comisión Presidencial de Integración y Asuntos Fronterizos (COPIAF) y la Comisión Militar Binacional Fronteriza (COMBIFRON) sesionaban de manera permanente. Recordemos,  algunos de esos casos para ilustrar la especificidad de esta crisis.

    En el año 2000 Hugo Chávez en la Asamblea Nacional declaró la neutralidad de Venezuela frente al conflicto colombiano. Esto se tradujo en tensiones con el ejecutivo neogranadino y dio cuenta de la cercanía ideológica con la guerrilla de las FARC-EP y el ELN. En 2002, luego de los eventos de abril y el asilo político concedido por Colombia a Pedro Carmona, comenzó el distanciamiento y el aumento de las agresiones verbales en ambos lados del límite, pero la frontera no se cerró, la pelea, se entendía estaba delimitada entre Nariño y Miraflores.

    En 2007, se produjo una distensión cuando Álvaro Uribe aceptó la mediación de Hugo Chávez para iniciar el proceso de liberación de los secuestrados por la FARC-EP, entre otros, Ingrid Betancourt, Clara Rojas, Consuelo Fernández, Luis Eladio Pérez y además los Presidentes de la CONEG en Hato Grande pactaron, con la anuencia de ambos mandatarios un pre-acuerdo de delimitación de las áreas marinas y submarinas, conocido como la hipótesis Gómez-Rondón. Esta iniciativa duro muy poco, se liberó a algunos de ellos, pero el gobierno de Colombia hubo de poner freno a la actuación del gobierno venezolano quien se atribuyó competencias excesivas sobre los mandos militares de esa nación. La frontera seguía abierta, se aumentaron los controles, pero al igual que en 2002, la discusión no trascendía a las poblaciones fronterizas. En tanto el intercambio comercial,  de bienes y servicios lejos de disminuir aumentaba consistentemente.

    La neutralización de Raúl Reyes en territorio ecuatoriano y la orden de Venezuela de movilizar 10 batallones a la frontera, la aparición de los AT-4 en manos de la FARC-EP, armamento adquirido por y para la fuerza armada venezolana y la firma del Acuerdo de Cooperación Militar entre Colombia y EE.UU encendieron el tono. Esos años 2008 y 2009 estuvieron marcados por la discordia, el insulto, la descalificación, la denuncia y la amenaza Sin embargo, la confrontación política se quedaba en los Presidentes. La frontera no se cerraba.

    En 2010, Colombia denunció en la OEA la existencia de campamentos de la guerrilla en Venezuela, finalmente se produjo la ruptura de las relaciones diplomáticas.  Chávez peleó con Uribe, para volver con el recientemente elegido Juan Manuel Santos, ex ministro de Defensa, enemigo jurado del gobierno venezolano tanto por lo que sabía como por lo que había dicho. La frontera no se cerró. No se decretó estado de excepción. Solo se cerraron las embajadas.

    Nicolás Maduro, Canciller de entonces fue enviado a la toma de posesión. Poco tiempo después en Santa Marta, los mandatarios estrecharon sus manos y quedó para la historia la frase del neogranadino “somos los nuevos mejores amigos”. Se sellaba así un pacto. Por una parte, Santos capitalizaba la influencia y amistad de Chávez con la guerrilla y los Castro para iniciar “oficialmente” las negociaciones de paz y por  el otro, Chávez engavetaba el expediente de los campamentos, las armas y el pre-acuerdo de delimitación. Una relación ganar-ganar.

    Ese acuerdo de Santa Marta,  sigue vigente. Ha tenido momentos de tensión: la captura de Walid Makled y su deportación; el recibimiento del candidato presidencial Henrique Capriles; la obligada y forzada respuesta de la Cancillería colombiana a los insultos proferidos a sus ex mandatarios; en esencia el pacto de no agresión ha funcionado.  Este orden convenido, se rompe el 19 de agosto de 2015, cuando se decreta el estado de excepción y se ordena el cierre de la frontera. Se desata entonces la primera gran crisis que afecta directamente a los colombo-venezolanos, a los habitantes de la frontera. Las cifras de la ONU revelan la magnitud de lo ocurrido, más de 1.800 deportados y más de 20.000 desplazados.

    Las denuncias de violación de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario han sido documentadas y seguirán el curso que ordenan los tratados y convenios ante las instancias judiciales. Mandatorio es recordar que no prescriben. La frontera tiene a la fecha 42 días cerrada.

    De nada le sirve a los habitantes de la frontera que regresen los embajadores a Caracas y Bogotá, si ellos, no pueden llevar a sus hijos al colegio sin tener que tomar 2 transportes o montarlos en una lancha que cruce el Arauca sin ser objeto de revisión por las fuerzas militares, o asistir a citas médicas para tratamientos de diálisis y quimioterapia. Los comerciantes cerrados por falta de insumos y de mano de obra en la zona industrial o en los sembradíos no recuperarán sus inversiones mientras la burocracia conviene la fecha de la próxima reunión. El modus vivendi se ha roto, los ciudadanos están llenos de miedo, frustración, rabia e incertidumbre mientras Nariño y Miraflores acordaron pasar la página.

    Por último, y empleando palabras de Juan  Manuel Santos luego de la reunión de Quito, el gobierno de Venezuela “rompió las reglas del juego”. La interrogante que surge de tal afirmación es ¿Cuáles son las reglas? ¿Cuál es el juego?  ¿Dejar que la frontera muera de mengua? ¿O es que acaso la paz de Colombia es más importante que la defensa de los derechos de nuestros ciudadanos y de los propios colombianos?

    Sabiamente advertía Leandro Area,  que no puede entenderse la crisis con Colombia, solo y únicamente en la frontera. La relación es binacional.  A ello le agrego, que esa relación es multidimensional, cooperativa, interdependiente, compleja y complicada, tanto como un divorcio con hijos. Ni podemos pelearnos infinitamente, ni arreglarnos definitivamente. Por el bien de los hijos de ambos lados del límite pedimos: Que se abra la frontera ya.

    Twitter: @matebe

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  • La derrota que importa – Por Miguel Velarde

    La derrota que importa – Por Miguel Velarde

    Pensar que el cambio pasa por las elecciones parlamentarias es ingenuo

    Si en algo somos eficientes como país es en la generación de nuevos problemas. No terminamos de solucionar uno para empezar otro. Muchas veces, un problema deja de serlo no porque se haya corregido, sino porque aparece uno más grande.

    Los países siempre deben afrontar retos. Lo que no es normal es que los obstáculos para el desarrollo y la paz los generen quienes los gobiernan. En Venezuela, los problemas más grandes que enfrentamos en la actualidad han sido, de una u otra manera, generados por el propio gobierno.

    El descalabro económico no se debe a un colapso de la economía mundial, por ejemplo. Es simplemente consecuencia de la implementación de un modelo de controles que no funciona y que tiene como resultado escasez, inflación y pobreza. En materia de seguridad, grupos de delincuentes tienen arrodillada a una sociedad llena de miedo. Pueden actuar a lo largo y ancho del país gracias a la impunidad de la que gozan por culpa de instituciones que no hacen su trabajo. No se puede dejar de recordar que, en algunos casos, han sido armados por quienes deberían detenerlos. También podríamos mencionar los conflictos internacionales, con Colombia, con Guyana, con Estados Unidos o con España. Casi todos fueron provocados para obtener réditos políticos locales a corto plazo.

    Todo esto lleva a pensar que la crisis que hoy vivimos no es solo producto de la falta de capacidad para manejar eficientemente el Estado, sino más bien resultado intencional de una estrategia cuyo único objetivo es mantenerse en el poder, incluso si esto amerita vivir en permanente crisis. En este contexto, pensar que el cambio pasa por unas elecciones para la Asamblea Nacional es ingenuo.

    Las cuatro personas que hoy dirigen la Mesa de la Unidad Democrática, han enfocado su estrategia en lograr la derrota electoral del gobierno en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre. Prometen que, al hacerlo, se solucionarán todos los problemas que hoy padecemos. Debemos ser justos: es normal que en una campaña electoral se prometan cosas que no se van a poder cumplir. Pero en un contexto tan complejo como el actual, de ausencia de garantías democráticas y que bordea un grave conflicto social e incluso una crisis humanitaria, hacerlo tiene dosis de irresponsabilidad.

    La derrota electoral de un régimen como el que hoy gobierna a Venezuela es imposible si no existe antes una derrota política. ¿Podríamos obtenerla antes del 6 de diciembre? Es posible, porque ya hay síntomas de que está en pleno desarrollo.

    El primero de ellos, el externo, es que, ante una realidad tan evidente, el cerco internacional se cierra y la presión para que el chavismo acepte las reglas democráticas y deje de violar los derechos más básicos es cada vez más grande.  El segundo síntoma, el interno,  es el desplome de la popularidad de quienes ostentan el poder: 30 puntos porcentuales desde que asumió Maduro, según la última encuesta de Keller y Asociados. Ambas variables, probablemente irreversibles, junto a la profundización de la crisis económica, podrían ser el inicio de un auténtico proceso de cambio.

    Es por eso que es fundamental que la oposición no apueste todo a la batalla equivocada. Las elecciones parlamentarias son un paso importante para lograr el cambio en el país. Sin embargo, el punto de inflexión no reposa sobre el día en el que se venza al gobierno electoralmente, sino sobre el instante en el que se lo derrote políticamente.

    Esa es la derrota que importa.

    Twitter: @MiguelVelarde

  • Hijos de lo prohibido – Por Pedro Urruchurtu

    Hijos de lo prohibido – Por Pedro Urruchurtu

    Una mañana cualquiera de esta Venezuela tan diferente, en una “camionetica”. Gente rumbo a su trabajo o a estudiar, gente que viene con un par de bolsas (tal vez más) de cualquier establecimiento donde le venden su cuota semanal de supervivencia y “dignidad”, gente que se baja en búsqueda de lo mismo, pero todos con el mismo testimonio; todos son cómplices, todos han caído en la misma tragedia.

    Resulta escalofriante saber que en las anécdotas de hoy en día, de este país, lo único que se recogen son testimonios de ilegalidad, de clandestinidad, de silencio pero de necesidad. Todos tienen algo que decir: unos tienen a quienes les pagan “100 bolívares” para que les vendan fuera del día de su terminal de cédula; otros tienen dos o tres cédulas; algunos no tienen pudor en decir que duermen, comen y viven en una cola; un grupo afirma que ha llegado a los golpes; una gran mayoría sostiene que ha “metido reposos” o se escapa temprano del trabajo para poder comprar; muchos tienen a sus hijos o nietos que, estudiando aún en el bachillerato, ya son padres y, además, están sometidos a mostrar el eco o la partida de nacimiento para poder comprar pañales; todos, absolutamente todos, comparten la misma realidad y viven la misma odisea. Todos son hijos del socialismo del siglo XXI.

    Eso somos hoy. Somos más que un país distraído y destruido. Somos un velo de ilegalidad por doquier, porque prácticamente hasta para sobrevivir debemos recurrir a lo clandestino, a lo prohibido, a lo secreto. Pareciera que la vida se nos volvió eso: un acto de valentía al tener que conseguir cosas esenciales que por vías normales jamás llegan. Pero claro, jamás podremos conseguirlas por las vías normales porque simplemente no somos un país normal. Nos volvieron, además, la tierra de la anormalidad y lo asumimos así.

    Lo cierto es que llámele como le llame, todo modelo que pregona el socialismo  o el comunismo deriva en lo mismo: en la escasez, en la miseria y en el rebusque. Siempre tendremos necesidades y siempre buscaremos satisfacerlas. Mientras algo esté prohibido, más lucharemos por conseguirlo, porque la libertad siempre busca formas de manifestarse, busca maneras de existir, porque es inherente a nosotros.

    Somos un país de mercados negros. Precisamente, la falta de transparencia y de libertades hace que no haya más opción sino recurrir a lo que se esconde, lo que se trafica, lo que se revende. Es como un círculo vicioso, una cadena de supervivencia aunque otros se crean con el derecho de someternos y decirnos cómo hay que vivir. Al final, todos nos volvemos “delincuentes” al tener que recurrir a lo que no está permitido para podernos permitir vivir. Pero además, la malévola mente de quienes gobiernan hace que todo sea así para que olvidemos que todo es culpa de ellos, que sin ellos éramos felices, que sin ellos estaríamos mil veces mejor. Que sin ellos seríamos más nosotros y menos su capricho.

    Si ese era su objetivo, lo lograron a cabalidad. Nos han vuelto una sociedad condenada a la miseria para poder subsistir. Nos han hecho adictos a lo que antes era un problema menor. Ahora todos quieren rebuscarse porque es lo único que los hace productivos en un país donde la palabra productividad reposa al lado de tantas vidas arrebatadas por el gobierno de la bala. Han privilegiado los vicios y desdibujado las virtudes, han implantado nuevas verdades y nos han hecho creer que lo mejor que existe hoy es actuar como especies de parásitos que se alimentan de lo único que hay que hacer: sobrevivir.

    Desde el presidente de la compañía que tiene el contacto que le consigue el papel higiénico hasta la persona en el barrio que hace ocho horas de cola, tres veces a la semana, para comprar la leche para sus hijos, todos son víctimas de lo mismo: de una sociedad condenada y de un problema que no se ha querido atacar a fondo y cuya solución se cree que es exclusivamente electoral.

    Yo hoy estoy convencido de que se necesitan menos leyes y más conciencia para entender y solventar la tragedia que padecemos. Ya el problema de Venezuela no es meramente económico, político o social. Es absolutamente cultural, potenciado por los anteriores. Evidentemente hay que derrotar al modelo político por completo para poder derrotar el resto. El asunto es que algunos nos condenan a seguir viviendo del mismo caos cuando dicen que hay que mantener cosas porque eso “atrae”. Mientras el modelo político que nos trajo hasta aquí siga teniendo defensores, de lado y lado, como si el problema fuera simplemente de una firma o de una ley, seguiremos condenados a tener una sociedad como la que hoy somos.

    Ya el problema de Venezuela es generacional. Está comprometido el futuro y unas cuantas generaciones que deberán entender la magnitud y la urgencia de ser diferentes. Por supuesto, en nuestra sangre están arraigados valores y principios democráticos que hacen de nuestro carácter algo estructural, pero hoy ya no es suficiente. Nos han conducido a un laberinto que, de no entenderlo como tal, nos hará permanecer encerrados de manera incierta.

    ¡Hay tantas oportunidades hoy como para andar defendiendo modelos fracasados y líderes obsoletos! Nuestra nación demanda más claridad, más confianza pero, sobre todo, más verdad. Sin quererlo o no, nos han vuelto una sociedad condenada al fracaso y al olvido. Han hecho de todo lo malo, lo bueno; y de todo lo bueno, lo peor.

    Los liderazgos que entiendan lo trascendental de su lucha, cuán lejos está todo y cuánto hay que trabajar por reconquistar la verdadera libertad y dignidad de Venezuela, por encima de cualquier silla o banda, son los que realmente tendrán éxito. De resto, seguiremos condenados; seguiremos siendo los hijos de lo prohibido.

    Twitter: @Urruchurtu

  • Un modelo inviable – Por Miguel Velarde

    Un modelo inviable – Por Miguel Velarde

    La revolución chavista fracasó

    Venezuela, para el gobierno la propaganda siempre fue más importante que la realidad. Por eso, lograr el control hegemónico de los medios era fundamental, así como la censura, la autocensura y el miedo. Se controla casi todo lo que se informa y se informa solo lo que conviene. Debido a esto, instituciones que tienen el mandato de publicar datos importantes para cualquier país, como el Banco Central, deciden no divulgar las cifras oficiales de inflación desde enero de este año.

    Hemos llegado a tal extremo de lo absurdo, que el analista financiero y bloguero Miguel Octavio, concurrió durante nueve meses a la misma arepera y pidió la misma arepa. Resultó que comparar la variación de precios mes a mes, fue la mejor manera de conocer el nivel real de la inflación. Seguramente, como Octavio, son millones los venezolanos que no necesitan un informe del BCV para darse cuenta de que vivimos en el país con la inflación más alta del mundo.

    Pero éste no es el único problema económico que nos aqueja. La escasez y la caída en el poder adquisitivo también atormentan a las familias venezolanas. De acuerdo a las estadísticas ofrecidas por la encuestadora Keller & Asociados para el tercer trimestre de 2015, 76% de los encuestados afirman tener una situación económica negativa y 81% tiene una visión pesimista del devenir económico en los próximos meses. Se ha perdido tanto en materia económica que hasta la esperanza está quebrada.

    Además de lo económico, también los datos sobre la situación social y política son alarmantes, según el mismo informe. El gobierno no es percibido como un ente capaz de sacar al país de la situación económica actual y el presidente tampoco. 76% considera que Maduro no puede resolver la crisis y su apoyo popular se ha erosionado de forma vertiginosa. Desde que comenzó a gobernar, ha perdido casi 30 puntos porcentuales de popularidad: 5 millones 600 mil venezolanos le quitaron su apoyo.

    Otro dato relevante, a largo plazo más que los anteriores, es que al ser consultados sobre el desarrollo de la revolución chavista, 61% afirma que ésta fracasó, contra un 24% que no está de acuerdo con dicha apreciación. Cada vez son más los venezolanos que entienden que esta profunda crisis que estamos viviendo no es solamente resultado de la mala administración del actual gobierno, sino una ineludible consecuencia de un modelo que no funciona y que se implementó hace 16 años.

    La quiebra económica, social y moral son parte de un plan que se aprovechó de la desesperación de la gente, sobre todo de los más pobres. La revolución chavista fracasó como consecuencia de un modelo inviable que además se complementó con niveles de corrupción e ineficiencia nunca antes vistos. Hoy, la gran mayoría de los que alguna vez fueron engañados abrió los ojos y no volverá a cerrarlos nunca más.

    Vivimos el epílogo de una historia que no podía terminar de otra manera. Un final inevitable para un modelo inviable.

    Twitter: @MiguelVelard

  • Es un asunto de memoria – Por Pedro Urruchurtu

    Es un asunto de memoria – Por Pedro Urruchurtu

    Cuando la gente olvida, el poder se acostumbra a ser indoblegable; se acostumbra a ser eterno. En momentos tan trascendentales como los que vive Venezuela, urge que exista conciencia frente a ello. La gente prefiere olvidar y seguir como si todo estuviera normal. Olvido e indiferencia son dos armas letales en cualquier sociedad; y más en una que dice ser «participativa y protagónica».

    Hace poco alguien me preguntaba cómo una nueva Asamblea Nacional (AN) podría cambiar el país. ¿La verdad? Fui bastante reservado con mi respuesta por varias razones: 1. Hablar con la verdad, en tiempos de imperante mentira, es un deber; 2. Prefiero que la gente esté consciente de lo que viene, sin vivir tanto de lo que realmente espera; y 3. El triunfalismo aconseja muy mal, sobre todo cuando las sombras amenazan con atacar y nosotros optamos por no verlas.

    Cada vez que puedo lo repito: somos mayoría y lo somos desde hace mucho (más de lo que algunos creen, inclusive). Pero no basta con serlo, se debe actuar. Evidentemente ser mayoría es el primer paso que, junto a otros, garantizan un triunfo y su cobro real, su cobro político. En vista de eso, en lugar de aseverar que con una nueva AN automáticamente el país cambia, prefiero decir que con esa nueva AN que ganaremos (si hacemos lo correcto) el reto se vuelve mucho mayor y más duro.

    Pero, ¿a qué me refiero con reto mayor? A que la gente debe estar consciente de que un triunfo parlamentario significa una nueva etapa de lucha, mucho más dura, quizás de más polarización y enfrentamiento, en fin, de más realidad y menos milagro. Escenarios hay muchos, pero ninguno se pinta como fácil. Prefiero decir que lo que viene es más difícil, que decir que de repente tendremos todo resuelto. Lo único que sé es que ver más allá sólo es posible teniendo los pies sobre la tierra en lo que hay que hacer hoy.

    El asunto es que la gente olvida. Ese olvido es, por un lado, inducido e intencional con el propósito de que la gente no piense; por el otro, es propio, ligado a la desmotivación y a la visión de decepción y de «guayabos» que se vienen acumulando, uno tras otro. La indiferencia actúa exactamente igual. Son dos venenos en una sociedad amenazada con ser destruida.

    Se nos olvida para qué es un parlamento. Se nos olvida que no es para pensar en cuántas autopistas se van a inaugurar, sino para debatir cómo, por qué y para qué el gobierno necesita construirla, cómo eso influye en el país, de dónde salen los recursos y si es trascendental o no. El parlamento no es para hacer gestión pública, es para medirla, evaluarla, controlarla. Si usted quiere ser alcalde, gobernador o ministro, no sea parlamentario; usted no puede ser juez y parte, arbitro y jugador. Eso es contradictorio.

    Si se debaten temas relevantes para el país, quienes estén allí deben estar conscientes de eso. Son perfiles muy claros que deberían ser capaces de darle el debido peso a esa instancia de control en cualquier país normal. Para eso se eligen diputados, representantes o como les quiera llamar. No se trata sólo de aprobar leyes, se trata de pensar sobre éstas. Venezuela está llena de leyes y es el país de la ilegalidad.

    Pero la gente olvida y sigue olvidando. No se puede hablar de cambio con el pasado como oferta. No se puede vender la idea del futuro si está amarrada a una visión que ya no es compatible con este país que tenemos.

    Muchos podrán decirme que en la Venezuela de hoy no se puede pensar en términos de una AN normal. En efecto, pero, de ser así, es momento de comportarse de esa manera para todo: desde ver a quién nos enfrentamos -y entenderlo- hasta cómo combatirlo. No pueden decirme que si no hay un país normal, vamos a combatirlo con la cotidianidad de una democracia plena. La coherencia se nos hace urgente, por favor.

    Hagamos un intento por no olvidar. No le dejemos todo a la fortuna o al destino. La historia es cíclica, es un laboratorio que no para de enseñarnos que las cosas se repiten y sólo depende de nosotros cambiar el rumbo.

    Cuando pensemos en las elecciones, no olvidemos todo lo que hay detrás de estos casi 17 años, de cada ser querido que está lejos por la bala o por el avión, por cada preso político, por cada víctima de tortura o represión, por la humillación de la escasez y las colas, por el sufrimiento, por todo. No olvidemos gracias a quiénes estamos así, quiénes son los culpables. Piense a quién elige, recuerde quién es, reflexione sobre su papel, analice si es lo que lo representa. Sólo así, tendremos la AN y el país que aspiramos.

    Ciertamente, tenemos muchos problemas, los peores tal vez. El miedo es la gran sombra que arropa con silencio la verdad, los principios y los valores. En nosotros está cambiar esa realidad porque, a final de cuentas, lo de Venezuela es un asunto de memoria.

    Twitter: @Urruchurtu

  • Democracia en tiempos de crisis – Por Daniel Merchán

    Democracia en tiempos de crisis – Por Daniel Merchán

    A propósito del día internacional de la democracia que se celebra los 15 de cada mes de septiembre, es oportuno recordar su valor universal, pero al mismo tiempo recordar las carencias democráticas que posee el mundo actual, los retos a futuro y sus precedentes históricos, bien señalaba la carta democrática interamericana para el caso de nuestro hemisferio en su primer articulo “Los pueblos de América tienen derecho a la democracia y sus gobiernos la obligación de promoverla y defenderla. La democracia es esencial para el desarrollo social, político y económico de los pueblos de las Américas.”

    Es bien sabido que democracia es mucho más que ganar unas elecciones por la vía del voto. Es la defensa y promoción del Estado de derecho, de la independencia de los poderes públicos, de las libertades individuales y colectivas, de las garantías para los que no piensan igual que el gobierno de turno, entre muchas otras. Hoy el funcionamiento de la democracia, y sus perspectivas de desarrollo futuro, se encuentran condicionadas por la acentuación de las desigualdades, así como por la precarización laboral y las transformaciones en el trabajo que están teniendo lugar en los nuevos sistemas tecnológicos de producción.

    Si no se responde a estos riesgos de manera satisfactoria, si los ciudadanos no ven en la democracia una vía adecuada para remontar tales problemas y solucionar la crisis de lo social y de lo laboral se acaba poniendo en cuestión la propia credibilidad de los sistemas de representación, de hecho este año se hizo énfasis en el rol de los ciudadanos más allá de los partidos políticos en el marco de los nuevos debates de la ONU, el secretario general Ban Ki Moon recalcaba “La sociedad civil es el oxígeno de la democracia. La sociedad civil actúa como catalizador del progreso social y del crecimiento económico. Cumple un papel fundamental al exigir cuentas al gobierno y ayuda a representar los distintos intereses de la población, incluidos sus grupos más vulnerables.”

    La revista The Economist publicó hace un tiempo el ensayo titulado “¿En qué ha fallado la democracia?”, en el cual se señala que, si bien en nuestros días más personas que nunca antes viven en países que celebran regularmente elecciones libres y justas, el avance global de la democracia podría haber llegado a su fin, e incluso parece que algunos países van en reversa. Según la prestigiosa revista inglesa, la democracia está pasando por momentos difíciles. Donde se ha sacado a autócratas del poder, en la mayoría de los casos los oponentes han fracasado en crear regímenes democráticos viables. Incluso en las democracias establecidas, las fallas en el sistema se han hecho preocupantemente visibles y la desilusión con la política se ha generalizado. Y agrega que muchas democracias nominales han migrado hacia la autocracia, manteniendo una apariencia democrática externa a través de la celebración de elecciones, pero sin los derechos y las instituciones que la sustentan.

    Sin embargo, Latinoamérica presenta una paradoja: es la única región del mundo que combina regímenes democráticos en la casi totalidad de los países que la integran, con amplios sectores de su población viviendo por debajo de la línea de la pobreza según la Cepal, con la distribución del ingreso más desigual del planeta, con altos niveles de corrupción y con las tasas de homicidio más elevadas del mundo. En ninguna otra región, la democracia tiene esta inédita combinación que repercute en su calidad.

    En efecto, nuestras democracias exhiben importantes déficits y síntomas de fragilidad, así como serios desafíos. Las asignaturas pendientes abarcan los problemas institucionales que afectan la gobernabilidad y el Estado de derecho, la independencia y la relación entre los poderes del Estado, el fenómeno de los hiperpresidencialismos y de las reelecciones, la corrupción, las limitaciones a la libertad de expresión, el funcionamiento deficiente de los sistemas electorales y del sistema de partidos políticos, la falta de equidad de género, así como graves problemas de inseguridad ciudadana, factores que generan malestar con su funcionamiento.

    Lo anterior explica que, si bien 56% de los ciudadanos apoya a la democracia, únicamente 39% está satisfecho con su funcionamiento en cifras de Latinobarómetro. “El descontento del progreso” resume muy bien el sentimiento particular que atraviesa América Latina. No obstante los importantes avances logrados, los latinoamericanos están insatisfechos con la situación que rige en la actualidad, y exigen cada vez más de sus democracias, de sus instituciones y de sus gobiernos. Hay una demanda creciente de mayor transparencia, mejor liderazgo y de políticas públicas que funcionen.

    Hay que construir una sociedad democrática y una cultura de paz, y para ello el rol de la educación es muy importante sea a través de la familia (como célula básica de la sociedad), sea a través de las instituciones educativas (desde la educación inicial hasta la universitaria) e incluso la sociedad en su conjunto; en caso contrario estaremos siempre alejados de vivir en una sociedad plenamente democrática, pues como decía Juan Pablo II sobre este complejo dilema: “La democracia necesita de la virtud, si no quiere ir contra todo lo que pretende defender y estimular.”

    Twitter: @Daniel_Merchán 

  • El linchamiento – Por Pedro Urruchurtu

    El linchamiento – Por Pedro Urruchurtu

    No tengo dudas. Eso fue lo que le hicieron a Leopoldo López: lo lincharon políticamente, o al menos lo están intentando. Esa es la forma de sacar del juego a uno de los más claros liderazgos opositores que, junto a María Corina Machado, Antonio Ledezma, entre otros, emprendieron un plan de lucha contra el régimen, pagando altísimos costos pero nunca vendiendo su honor y dignidad.

    Lo que hoy le hacen a Leopoldo, intentando quebrar su espíritu, es exactamente a lo que estamos expuestos todos en la Venezuela de hoy. Todos los que nos oponemos al régimen, de una u otra forma, somos linchados a diario con insultos, con desprecio, con señalamientos, como si fuéramos enemigos de esta tierra que nos vio nacer y de la cual sólo queremos que esté bien para nosotros estar bien.

    El mismo linchamiento con el que azotan a la juventud, a los que se van, a los que matan. El mismo linchamiento que promueven cuando hay seguridad sino la que las propias manos brindan, entre la frustración y la rabia. El mismo linchamiento de quienes deben llegar a los golpes por dos kilos de lo que sea que no les deje morir de hambre. Cuando humillan, cuando nos vuelven sumisos, cuando nos tienen execrados, somos víctimas de un linchamiento.

    Eso de truncarle el futuro a Leopoldo, de alejarlo de su familia, de negarle derechos fundamentales, de acusarlo de falsos cargos, de intentar acorralarlo entre el miedo y la incertidumbre, es a lo que todos estamos expuestos a diario. Es el estado natural de una Venezuela que, así como Leopoldo, está linchada por doquier, sedienta de justicia.

    Pero también linchan a los estudiantes que fueron  sentenciados junto a Leopoldo, marcándolos de por vida, tratándolos como delincuentes en un país donde la delincuencia es la reina y amiga de la impunidad, donde matar tiene menos años de prisión que exigir libertad. Christian, Ángel y Demián, son víctimas del mismo linchamiento que arrebata sueños y vidas, que somete y que hace del régimen el más cruel verdugo, creyéndose intocable. Marco, sabiamente, sabía lo que le esperaba. Sacrificó su país por su libertad y por su futuro. Aunque hoy lo señalen de prófugo, realmente dejó mucho aquí, incluso su alma presa al no poder crecer en el país por el que luchando lo apresaron. Todos ellos, víctimas de tortura y represión, fueron linchados también.

    Dentro de todo esto, hay dos cosas que me preocupan: la primera es creer que el régimen está débil; la segunda es el tratamiento exclusivamente electoral del tema.

    Sobre creer que el régimen está débil, presiento que es más un acto de ingenuidad que de realidad. El régimen está enviando mensajes: con una condena de esa magnitud, demuestran que están conscientes de permanecer en el poder todo lo que puedan; todo aquel que intente llamar a la calle, en rebelión, tendrá un futuro como el de ellos; así usted no haya hecho nada, el régimen hará todo para demostrar que sí lo hizo; controlan todo y hacen lo que les da la gana.

    Con respecto a lo segundo, afirmar que esa sentencia contra Leopoldo y los estudiantes es temporal y que con una victoria el 6 de diciembre saldrán libres es, cuando menos, fantasioso. Y no lo digo porque no crea que sea posible o que no seamos mayoría, sino porque la Asamblea Nacional, en sus propias atribuciones y su configuración, desde el año 1999 con la nueva Constitución, sufrió una pérdida importante de atribuciones, delegando mucho en el Presidente. Por ello, creer por un lado que hacen falta más leyes para recuperar a Venezuela y, por el otro, creer que una nueva Asamblea Nacional podrá hacer todo para cambiar al país, es un acto de torpeza y de irresponsabilidad para con la gente. Se requiere mucho más que eso, comenzando por voluntad y negociación con quienes de eso no admiten nada.

    Ciertamente hay que votar, ciertamente hay que participar. Pero eso no lo puede ser todo, porque las elecciones son un paso más que, de no hacer lo correcto, como ya lo he sostenido reiteradamente, terminará legitimando lo que tanto hemos adversado. Los presos políticos siempre han estado en la agenda electoral opositora, y siempre han quedado esperando. No podemos basarnos en que la lucha por su libertad está atada a una victoria electoral exclusivamente. Nuestra vida como país y como ciudadanos va más allá de una agenda electoral.

    Dicho en estos términos, y como mucha gente lo ha dicho ya, que Leopoldo dure casi 14 años preso o no, depende de nosotros. Que Christian, Ángel, Demián y todos los jóvenes y estudiantes sean plenamente libres, así como de todos los presos políticos y el regreso de los exiliados, depende de nosotros, pero no sólo del voto. Tampoco se basa en creer que serán libres porque el régimen está débil. Si de verdad estuviera débil, hoy fuera otra la condena, más cercana de la libertad que de la opresión.

    Quienes podemos hacer que el régimen se debilite somos nosotros, los ciudadanos. Desde luego votando, pero también luchando, dejando la indiferencia de lado. No puede ser que sólo nos importe la vida del otro cuando la nuestra está en riesgo y así logramos entenderlo. Venezuela espera mucho más de nosotros, porque no quiere seguir siendo linchada. ¿Acaso nosotros sí queremos que nos sigan atormentando la existencia como si fueran dueños de nuestros destinos?

    Claridad en los objetivos y próximos pasos, pero sobre todo sensatez, es lo que requiere nuestra lucha de hoy. Como bien lo decía en estos días, mientras más dejemos pasar el tiempo, más caro y doloroso será el precio de la libertad; incluso podría volverse impagable. No lo olvidemos.

    Twitter: @Urruchurtu

  • Camino a la hiperinflación – Por Juan Marcos Colmenares

    Camino a la hiperinflación – Por Juan Marcos Colmenares

    La hiperinflación es el caso extremo de la inflación. Puede ser definida como “un crecimiento extremadamente rápido y fuera de control de la inflación, junto con la pérdida del poder adquisitivo de la moneda, a un ritmo muy alto y en forma violenta”. Esto sucede cuando los precios de los bienes y servicios aumentan de manera generalizada, al mismo tiempo que la moneda pierde su valor. Su causa principal es la emisión por parte del Banco Central de dinero inorgánico, sin respaldo sobre los bienes y servicios, para financiar un excesivo gasto público. La hiperinflación destroza los ahorros, destruye a la clase media y hace más pobres a los pobres.

    Cuando hay hiperinflación se desbordan los precios y la gente modifica su comportamiento para protegerse: Las tiendas cambian los precios de sus productos todos los días; las personas empiezan a gastar rápidamente sus sueldos, comprando bienes duraderos aunque no los necesite; se calculan los precios de los bienes en moneda extranjera estable en vez de la moneda local, iniciándose una “dolarización espontánea”; se prefieren mantener los ahorros y hacer las transacciones en moneda extranjera; y finalmente, las autoridades pierden el control de su política monetaria, convirtiendo la moneda nacional en irrelevante y destruyendo los ahorros y los ingresos de sus ciudadanos.

    En Venezuela, por varios años hemos soportado la inflación más alta del mundo. En el 2013 tuvimos una inflación de 56,2%, el pasado año 2014 cerramos en 68,5% y este año se pronostica una inflación de 300%. Su causa es el enorme déficit fiscal de un hipertrofiado régimen que no genera recursos, la crisis de la balanza de pagos como consecuencia del agotamiento de las reservas internacionales por la caída de la renta petrolera y la falta de bienes y productos por el cierre y las expropiaciones de fábricas e industrias productoras de bienes y mercancías. Entre los años 1999 y 2014, la inflación acumulada oficialmente en Venezuela ha sido del 1.300%. Una gigantesca cifra consecuencia de la crisis monetaria causada por un régimen incapaz y delincuente.

    Pero ¿estamos en hiperinflación? Steve Hanke, académico de la Universidad  Johns Hopkins y experto en política monetaria e hiperinflación, aseguró que “el único país latinoamericano que se encuentra ante la inminencia de la hiperinflación es Venezuela, porque está muy cerca de una alta inflación sostenida y próximamente podría pasar la barrera y alcanzar una inflación de 50% mensual de modo continuado”.

    Entonces, si por primera vez en nuestra historia el peligro de caer en una catastrófica hiperinflación es tan elevado ¿qué medidas se están adoptando para corregir el camino y contener la inflación?

    Este régimen no está haciendo nada, porque es culpable y responsable de la inflación al haber sembrado la corrupción y la indisciplina fiscal y monetaria. Pero en Vente Venezuela hemos concebido programas y medidas para ser aplicadas desde el Día #1 de la Transición: Lo primero es asegurar la gobernabilidad inmediata y la irreversibilidad del cambio y esto implica que el ciudadano tiene que ver resultados rápidos en términos de alimentación, salud y violencia. Y al mismo tiempo: a) Aplicar programas sociales urgentes dirigidos a las familias más necesitadas; b) Restablecer la autonomía del Banco Central de Venezuela (BCV); c) Asumir una política cambiaria que promueva la producción nacional; d) Estabilizar la industria petrolera separando la labor reguladora de la operativa, separando el Ministerio de Pdvsa; e) Crear un sistema eficiente para coordinar las finanzas públicas y designar nuevas autoridades de los entes económicos del Estado; f) Desmontar los controles que ahogan a la economía y reconstruir las bases jurídicas y económicas para atraer la inversión productiva; y, en general, corregir los desequilibrios macroeconómicos generados por años de excesos y corruptelas.

    Pero para lograrlo se necesita voluntad política. Y es imprescindible el inmediato cambio radical del régimen y del modelo económico, lo antes posible.

    ¡No podemos esperar hasta el 2019!