Categoría: Opinión

  • El miedo – Por Miguel Velarde

    El miedo – Por Miguel Velarde

    Derrotarlo es derrotar a una parte de nosotros mismos

    Era casi la media noche del 25 de octubre y nadie podía creer lo que acababa de ocurrir. La mayoría pensaba que había algún error en las pantallas que mostraban los primeros resultados de la elección presidencial en Argentina.

    No era posible que Mauricio Macri, el candidato opositor por Cambiemos, supere en los resultados parciales a Daniel  Scioli, el candidato del kirchnerismo.  La sorpresa tenía un motivo principal: todas las encuestas reflejaban una clara ventaja de casi 10 puntos de Scioli sobre Macri. Días después, los resultados oficiales le darían una victoria con sabor a derrota por menos de 3 puntos.

    Los grandes perdedores de ese día fueron los encuestadores. Sin perder tiempo, comenzaron una frenética ronda por medios de comunicación para tratar de lavar su imagen, pero ninguno podía explicar lo que había ocurrido. ¿Por qué sus números habían pronosticado un resultado tan diferente?

    La respuesta es más simple de lo que muchos creen. Quizás para los que vivimos en Venezuela sea más fácil comprender. Estos modelos, tanto el chavista como el kirchnerista, tienen una herramienta de la que necesitan indispensablemente: el miedo.

    Este, como cualquier otro sentimiento, es difícil de analizar, porque es algo que no se ve, que no se puede medir. ¿Cómo medimos cuánto miedo tenemos? A diferencia de la mayoría de las variables, al miedo se lo identifica no por que lo genera, sino por lo que evita.

    Los resultados de las encuestas en la Argentina reflejaron fielmente eso: millones de argentinos no se animaron a decir que iban a votar por Macri, el candidato opositor, porque temían las consecuencias que eso podía tener en sus vidas: perder su empleo, sufrir represalias, no gozar más de los planes de ayuda del gobierno, ser expulsados de las universidades públicas, etc. Sin embargo, el miedo no fue tan grande como para entrar con ellos al cuarto de votación. Allí, solos con su conciencia, votaron por lo que en verdad querían: un cambio.

    Scioli y los kirchneristas lo saben tan bien, que inmediatamente después de las elecciones y de cara a la segunda vuelta el 22 de noviembre, profundizaron lo que ahora todos conocen como la “campaña del miedo”. Asesorados por el gurú en este tipo de maniobras sucias, el brasileño Joao Santana -también asesor de Lula, Dilma, Chávez y Maduro- comenzaron una despiadada arremetida contra Macri con la intención de que la gente crea que si él gana, lo que viene es el caos.

    En Venezuela, la misma estrategia es implementada desde hace años. Cuando no hay nada positivo que mostrar, se tiene que exponer –o inventar- algo negativo del adversario. Si se sabe que no se puede inspirar, se tiene que hacer que el otro deprima. El objetivo es lograr en la gente la conclusión de “prefiero lo malo conocido que lo bueno por conocer”.

    Por eso, es indispensable que entendamos que la única manera de lograr el cambio que tanto anhelamos es movernos de donde estamos. Debemos romper con ese permanente estado de parálisis en el que nos tienen desde hace década y media.

    De cara a las elecciones parlamentarias del próximo 6 de diciembre, al igual que los argentinos en dos semanas, nuestro gran rival a vencer es el miedo. Debemos superarlo para imponernos a la tragedia en la que vivimos. No es fácil, porque es un obstáculo que no se ve, que no está en lo que nos rodea, sino en nuestras entrañas. Derrotarlo es derrotar a una parte de nosotros mismos. A esa que nos paraliza, que nos tiene donde hoy estamos.

    Twitter: @MiguelVelarde 

  • ¿Y si nos dejamos de cuentos? – Por Pedro Urruchurtu

    ¿Y si nos dejamos de cuentos? – Por Pedro Urruchurtu

    El 7 de diciembre comienza una nueva Venezuela, pase lo que pase. Y justo allí es donde me quiero detener. La encrucijada que estamos viviendo y la crisis que la acompaña hacen entender que estamos en un punto de inflexión. Nuestro país no sólo cambió en los últimos 17 años, sino que ahora la misma crisis que padecemos hará que otro gran cambio se imponga.

    Lo primero que quiero aclarar es que esta no es una reflexión esperanzadora; por el contrario, es profundamente realista y hasta odiosa. No quiero decir que no sea momento de vender esperanzas, de intentar animar a la gente y que se sienta parte de un cambio claramente exigido en todas partes. Es válido, necesario y muchos lo están haciendo. Pero hay que tener en cuenta una cosa: cualquier escenario que tenga lugar, será dramático, será traumático y será contundente.

    Uno de ellos, el mejor para la alternativa democrática, es ganar. Pero claro está, dependiendo de lo que se gane. Sea en votos, sea en curules o sea en ambas, todas apuntan a que la fiera aferrada al poder utilizará toda su fuerza y su furia para no soltarlo. Esto quiere decir que no hay manera que una victoria opositora haga del régimen un abanderado de la paz. Claramente, tienen tanto que perder que perder en sí mismo es su final.

    No olvidemos que tienen todo el poder en sus manos, concentrado y a la vez disgregado entre quienes están dispuestos a defender a capa de espada una revolución y su legado, que no es más que el del país de las mafias. Todos han recibido su tajada, nadie quiere soltar el lucrativo negocio del poder mientras se destruye y desangra todo un país. La fuerza no será un imposible para ellos, la usarán a toda mecha. Seremos capaces de ver, de lleno, el uso de todos los recursos de un Estado secuestrado por un grupito de que nunca tuvo nada, contra una nación entera, contra sus ciudadanos y contra todo aquello que se le oponga. De hecho, no hace falta que “pierdan” para que demuestren de lo que son capaces. A diario nos lo demuestran.

    El otro escenario, el de la victoria oficialista, es tan dramático y peor como el de su derrota. Que ellos ganen significan, de una vez y por todas, la pérdida de Venezuela. No quiero decir con esto que no hemos perdido lo suficiente durante este año, sino que una victoria de ellos, significaría la total destrucción, la total ruina, el total abismo de un país. Y no debe sorprendernos: es lo que quieren y pretenden, es su intención. Su naturaleza totalitaria, unida a su vocación mafiosa, hace que sean capaces de lo que sea para hundir de una vez y por todas a un país completo, mientras ellos se creen intocables y se hacen del poder eternamente. Es exactamente similar a decir: “Yo no entregaré la revolución”.

    El aceleramiento de la crisis, acompañado del aceleramiento de la represión, de la miseria y de los controles, junto al socavamiento de las bases e instituciones de Venezuela y sus valores, harán que en efecto seamos la nada mientras ellos se creen todo. Y sí, seguirán utilizando la fuerza física, la misma que emplearían si son derrotados, junto a la fuerza mental, esa que aniquila espiritualmente y mata el pensamiento.

    Como vemos, la Venezuela que comienza el 7 de diciembre no es fácil, no es mágica, no es bonita. Salga sapo, salga rana, la cruda realidad a la que nos enfrentaremos requerirá de la astucia, la inteligencia y la fuerza suficiente como para materializar un cambio, ya sea por la vía del triunfo o de la resistencia. Quienes nos vendan esperanzas deben comprender que deben vendernos también el antídoto al guayabo si las cosas salen mal; pero también deben vendernos la fuerza necesaria y crucial para entender la magnitud de lo que enfrentamos y lo que viviremos prácticamente a la vuelta de la esquina.

    Sacrificios, dolor, lágrimas… todo eso está prometido, pase lo que pase. Si nos estamos preparando para triunfar, entendamos que ese triunfo no es más que el comienzo de un largo y doloroso camino, que sólo con la sensatez y conducción apropiadas nos permitirá materializar un cambio real y tangible a corto, mediano y largo plazo, sin populismo, sin demagogia. Pero también debemos prepararnos para perder, para hacer que el despecho no convierta a Venezuela en un país de exilio, más del que es hoy. Que no se convierta en una tierra de más despedidas y de donde lo único que recibe bienvenidas es el adiós. Que no sea un cúmulo de sueños derrotados y de metas truncadas. Todo eso debemos combatirlo, y debemos estar listos si esa es la noticia que toca dar y la realidad que toca explicar.

    A veces, ganando se pierde y perdiendo se gana. Esos dos escenarios intermedios, deben hacernos entrar en razón también. ¿Cómo ganando nos harán perdedores y desconocerán lo que hagamos? ¿Cómo perdiendo podemos hacernos sentir y que nos respeten? ¿Cómo enfrentaremos a esa gran muralla de miseria y control, pase lo que pase? ¿Cómo nos explicaremos a nosotros mismos y al mundo lo que está pasando?

    Una sensata reflexión es lo único que no nos hará chocar contra el muro de la realidad. No se trata de una fiesta y mucho menos de una democracia. No se trata de ver quién ofrece algo más populista que el otro. No se trata de ofertar lo imposible para que la gente caiga. No se trata de que un candidato a diputado parezca más candidato presidencial o a alcalde. Se trata de entender que ya Venezuela es otra y pase lo que pase el 7 de diciembre, tendremos sólo el espíritu de un expaís, hoy saqueado por doquier, que está pidiendo a gritos que lo revivan o que lo terminen de matar.

    Es momento de ver con claridad la hora que atraviesa nuestra nación, agonizante y en vilo; es la hora de preguntarnos: ¿y si nos dejamos de cuentos?

    Twitter: @Urruchurtu

  • Hacer posible lo imposible – Miguel Velarde

    Hacer posible lo imposible – Miguel Velarde

    Para que la propaganda se imponga a la realidad, necesita del silencio de quienes sabemos la verdad

    Hasta hace solo una semana, el ambiente en Argentina era muy diferente al de hoy: soberbia entre los oficialistas y resignación entre los opositores. Doce años de kirchnerismo en el poder, grandes recursos económicos, el control de muchos medios y el miedo como arma más efectiva, habían hecho que todo el mundo se convenza de que su candidato, Daniel Scioli, iba a ganar cómodamente las elecciones presidenciales. Tan seguros estaban de eso, que incluso confiaban en hacerlo en primera vuelta.

    Por eso, cerca de la media noche del día de la elección y el gobierno no daba los resultados que había prometido para las nueve de la noche, el clima empezó a cambiar. El búnker de Cambiemos, la alianza que aglutina a varios partidos de oposición que apoyan la candidatura de Mauricio Macri, empezó a llenarse de alegría y de gente que nadie conocía, pero que quería estar presente en una noche que ya se tornaba épica. Cuando finalmente se publicaron los primeros resultados que reflejaban prácticamente un empate en la elección nacional y la sorprendente victoria opositora en la provincia de Buenos Aires, Argentina ya había cambiado.

    Aunque se encuentran en extremos opuestos del continente sudamericano, son muchas las similitudes que existen entre ese país y el nuestro. Especialmente en la última década, en la que el kirchnerismo importó el modelo chavista con resultados muy similares, la realidad de ambos países se acercó aún más en su tragedia.

    Venezuela es el país con la inflación más alta del mundo, Argentina el segundo en la región. En nuestro país padecemos un control de tipo de cambio que ha destrozado nuestra economía, en Argentina, el “cepo cambiario” también hace estragos con la de ese país. En nuestro país, existe un control hegemónico de los medios; algo muy parecido ocurre en Argentina, aunque todavía sobreviven algunos periódicos y canales de televisión independientes que dan una admirable lucha por la libre expresión. Tanto acá como allá, el caudillismo es exacerbado por quienes buscan mantenerse en el poder, incluso haciendo uso y abuso de la imagen de sus “supremos líderes” ya fallecidos, como Hugo Chávez y Néstor Kirchner, y enfrentando enemigos imaginarios como los imperios y las conspiraciones.

    Jorge Lanata, quizás el más famoso periodista argentino en la actualidad, denominó la intención del gobierno populista de su país de venderle a la gente una realidad que no existe como “el relato”. Aquí, los que gobiernan hace 17 años insisten en hablar de un país que existe solamente en su imaginación, mientras millones de venezolanos viven escasez, colas, violencia y miseria. Es en base al “relato” criollo que el régimen chavista quiere perpetuarse en el poder. Sin embargo, para lograrlo, tendrían que superar la resiliencia de muchos valientes que no se cansan y no se rinden.

    Por eso, no sorprende que el sentimiento que arrope hoy las filas rojas sea la angustia. Ellos saben tan bien como nosotros que no tienen posibilidad de ganar “a la buena” las próximas elecciones parlamentarias. Seguramente, conscientes de su dramática realidad política y económica, están buscando cualquier forma alternativa de hacerlo, “a la mala” o, como el mismo Maduro dijo, “como sea”.

    No existe aliado más poderoso del “relato” que la resignación y el miedo de los otros. Para que la propaganda se imponga a la realidad necesita del silencio de quienes sabemos la verdad. En Argentina se respiran aires de cambio, gracias a quienes levantaron su voz incluso en las peores horas y hoy empiezan a saborear su recompensa.

    El lunes, la mayoría de los argentinos amaneció como si hubiera despertado de una pesadilla que duró 12 años. Lo mismo puede pasar aquí el 7 de diciembre, si todos hacemos la tarea no solo de votar, sino también de estar dispuestos a hacer todo lo que sea necesario para que se respete la voluntad de la mayoría.

    Esa es la única manera de alcanzar en Venezuela lo que se acaba de lograr en Argentina: hacer posible lo imposible.

    Twitter: @MiguelVelarde

  • No hay derecho a tanta infamia – Por Omar González Moreno

    No hay derecho a tanta infamia – Por Omar González Moreno

    Quién le hubiera dicho a la Fiscal General de la República que ese mismo sujeto que veía todo tieso, vestido impecablemente con el atuendo revolucionario que incluye una franela roja con los ojos del difunto en el pecho y el tradicional cucurucho en forma de boina del mismo color en la cabeza; ese que hace sólo  unas semanas atrás se le cuadraba marcialmente y le decía: “Aquí estoy, mi camarada, vengo a  que me diga a quien tengo que acusar para que se pudra en la cárcel en medio de indecibles martirios y no se preocupe por las evidencias, que de eso yo me encargo”; sería el mismo individuo que aparecería en las pantallas de la imperialísima cadena de televisión CCN para denunciar el mundo atroz que se vive en Venezuela.

    La jefa del poder moral probablemente  estaba muy lejos de pensar que ese gusano, a quien en mala hora consideraron como un miembro más de la familia revolucionaria, actuaría de una manera tan vil, solo para irse a vivir, junto con toda su familia, en esa madriguera que es el imperio mesmo, donde no hay que hacer colas para comprar comida ni medicinas,  donde el agua y la luz no son artículos de lujo, allí donde no lo van a asesinar a él ni a su familia como si fueran unos perros para robarle el celular o un par de zapatos de goma;  cambiar este mar de la felicidad por ese infierno donde se respeta el estado de derecho y la separación de poderes, donde recogen la basura y los demás servicios funcionan y, sobre todo, donde nadie lo persigue por pensar distinto a quienes ostentan el poder.

    Seguramente lo considerará otro malagradecido, como los ex magistrados del Tribunal Supremo de Justicia Luis Velásquez Alvaray y Eladio Aponte a Aponte,  o los altos oficiales del primer anillo de seguridad del primer mandatario nacional y del presidente de la Asamblea Nacional o los ministro y banqueros saltalanqueras y como tantos otros que han huido como ratas de un barco que se hunde. Pero así son las cosas –pensara ella-  en este proceso denominado Socialismo del Siglo XXI  que se trata de imponer a juro en Venezuela desde hace casi 17 años  por instrucciones de la Habana, Cuba, en la cual todavía pululan en las oficinas del gobierno muchos cínicos y miserables, gente sin ningún tipo de escrúpulos, picaros de toda laya, piltrafas humanas, sinvergüenzas que pisotean de la manera más descarada el legado del comandante eterno y de su heredero, el presidente obrero.

    Lo que posiblemente más le duela es que ese nuevo desertor del proceso revolucionario venezolano, ese fiscal con competencia nacional,  fue el elegido entre todos sus subalternos para tener el altísimo honor  de meter preso a uno de los más importantes líderes de la oposición venezolana,  al joven Leopoldo López, un descendiente del Libertador  Simón Bolívar y también de Cristóbal Mendoza, el primer presidente de Venezuela. Uno de los dirigentes políticos venezolanos mejor preparados. Nada más y nada menos que a Leopoldo López, egresado en Ciencia Económicas en el Kenyon de Ohio; con máster en Políticas Públicas en la prestigiosa Universidad Harvard, ex analista en Petróleos de Venezuela, profesor en la Universidad Católica Andrés Bello; ex alcalde Chacao y fundador de uno los partidos políticos más importantes del país: Voluntad Popular. Y para colmo casado con la periodista Lilian Tintori, una destacadísima deportista, con una disciplina de hierro, y padre de dos hermosos niños.

    Suponemos que a estas alturas, la mandamás del Ministerio Publico se atormentará con la convicción de que  no hay derecho que un hombre con semejante honor, como fue el de fabricar las pruebas falsas con la que otra funcionaria del poder judicial de la Venezuela revolucionaria, la jueza Susana Barreiros, condenó a  13 años, 9 meses, 7 días y 12 horas, de cárcel a Leopoldo López por su papel en el plan conspirativo de salvar a Venezuela del desastre en que se encuentra;  ella, la garante de la vindicta publica, se angustiará más que nadie en el régimen al ver a ese funcionario que fue de su más alta confianza salir ahora por las televisoras, radios y periódicos más importantes del mundo  a pedirle  perdón al joven que se pudre en los calabozos de la cárcel militar de Ramo Verde repleto de estalactitas de mugre; pedirle disculpas  a su esposa Lilian Tintori que semanalmente es humillada cuando la obligan a desnudarse frente a cámaras de grabación, saltar y hacer cuclillas, todo  para que la dejen ver a su marido; verlo pedir perdón  a su padres, a sus hijos que son como dos gotas de tristeza por no poder vivir una vida normal junto a sus seres  queridos  y a toda Venezuela por el manantial de dolor que ha provocado;  la verdad, señora fiscal,  es que

    ¡No hay Derecho!

    Twitter: @Omargonzalez6

  • Como sea – Por Pedro Urruchurtu

    Como sea – Por Pedro Urruchurtu

    «Como sea»; esa expresión, altanera en su acción misma, es la que ha resumido nuestras últimas semanas. Una especie de confesión que, como leía días atrás, revela que algunos están pensando en no actuar como es, sino precisamente «como sea».

    Dentro de la expresión hay tantas cosas como mala intención por parte de quienes la gritan a viva voz. Revela que hacen lo que les da la gana, como les da la gana y cuando les da la gana.

    También confiesa que no están pensando en irse, que su objetivo es a largo plazo y que no hay amenaza creíble que les haga pensar lo contrario. Se creen intocables, invencibles.

    El «como sea» es la más clara prueba de que quienes nos gobiernan lo han hecho con la plena disposición de saquear nuestro país, de destruirnos, de controlarnos como sociedad y de aferrarse al poder. Es la negación a lo que ellos mismos llaman democracia.

    Que un Fiscal huya del país por su sentimiento de culpa al haber fabricado pruebas falsas para acusar a Leopoldo López, por las presiones recibidas o por el remordimiento, es la más clara evidencia de que son capaces de hacer lo que sea y «como sea» para condenar a inocentes y para destruir vidas, sólo con el fin de permanecer en el poder. Es el poder por el poder en sí mismo, es el poder «como sea».

    «Como sea» es la más contundente revelación de que son capaces de entregar nuestra soberanía, de ligarse a lo más turbio de la política, de vender su alma por permanecer intactos, valiéndose de la fachada democrática y del populismo agotado pero estafador de esperanzas; el sostén que necesitan los sospechosos de siempre -sus aliados dentro y fuera- para avanzar en sus intenciones.

    Esto nos coloca frente a enormes desafíos: ¿cómo vamos a enfrentar a quien ya se está confesando? ¿cómo desde la democracia, que ellos usaron para destruir a la misma democracia, vamos a exigirles que respeten lo que la calle dice? ¿cómo encararemos lo que es un fraude confeso y una trampa sobre la marcha? ¿cómo es que no terminamos de llamar las cosas por su nombre cuando el «como sea» es una bandera de violencia, muerte y miedo?

    El problema, estimado lector, es que mientras quienes dicen, con la confianza que brinda el poder secuestrado y usurpado, que ganarán «como sea», algunos opositores ya afirman que «ganaron». La primera expresión es muestra de la capacidad de respuesta y la amenaza ante lo que ocurra; la segunda es evidencia de un triunfalismo burdo, que no tiene en su haber más esfuerzo que el de la verdad revelada en una encuesta.

    Ese «como sea» seguirá vivo, avanzará y hasta vencerá, si la respuesta desde este lado, frente a ellos, no sea «como es», la correcta, la debida. No se puede actuar con normalidad y pasividad como si estuviéramos frente a demócratas. No se puede actuar así cuando el juego es un puño de violencia y abuso «como sea». Si la lucha es «como sea» debemos prepararnos para ganar «como debe ser», sin la ingenuidad, sin la visión chantajista de la pasividad, sin miedo.

    No se trata de que no estemos convencidos de actuar «como es». Es que no podemos combatir lo que a diario es socavado «como sea» con métodos en los que ellos no creen, salvo para destruirnos.

    El «como sea» no puede tener como respuesta un «no le paren». El «como sea» no puede tener como contraargumento un «ya están perdidos». El «como sea» debe hacernos entender, de una vez y por todas, que es momento de reaccionar, de insistir, de resistir  y de vencer.

    Sólo así tendremos no la Venezuela que ellos destruyeron y en la que convirtieron a ésta, «como sea», sino la Venezuela que tiene que ser, la que debe ser; en fin, la Venezuela que será.

    Twitter: @Urruchurtu

  • Estados de Derecho y Justicia, Ejemplo a seguir- Por Daniel Merchan

    Estados de Derecho y Justicia, Ejemplo a seguir- Por Daniel Merchan

    La sociedad contemporánea fiel a la evolución democrática y enmarcada siempre en el seguimiento de la ley, como esencia del orden fundamental de cualquier nación, requiere una profunda revisión ante la importancia del derecho, de la obtención de justicia, de la legitimidad de los poderes, de la jerarquía de las leyes y de la conciencia de grupos o comunidades que conviven alrededor de intereses encontrados, pero regulados por normas supremas que deberían ser inobjetables y equitativas ante la pluralidad de factores que existen en el mundo moderno.

    El buen gobierno reside en el Estado de derecho. Si hay algún elemento, más que cualquier otro, que constituye el núcleo interno de la democracia y distingue una sociedad progresista y moderna de una sociedad atrasada y medieval, éste es el Estado de derecho. Se trata del funcionamiento imparcial del Estado, que da dignidad a los débiles y justicia a quienes carecen de poder. Garantiza la separación de poderes y salvaguarda a los ciudadanos de las arbitrariedades del poder absoluto. Protege las libertades individuales y las libertades civiles. Sin la protección del Estado de derecho, una democracia puede caer rápidamente de la regla de la mayoría a la regla de la masa. Hay suficientes ejemplos, incluso en el mundo actual, que nos advierten de que las sociedades que carecen de un Estado de derecho eventualmente vivirán bajo el Estado de la jungla, donde el poder tiene la razón y quienes tienen las armas establecen las reglas.

    Los que detentan el poder ejecutivo tienen una especial responsabilidad en el respeto del Estado de derecho y las instituciones civiles y libertades que le acompañanCuando aquellos que están encargados de mantener la ley la subvierten, perpetran el acto más odioso contra la conducta civilizada en democracia. Esto es verdad no sólo dentro de los países, sino también en un plano internacional, entre países. Los códigos de conducta se pueden mantener sólo con el ejemplo y el estímulo de quienes han sido investidos de poder y autoridad. Cuando aquellos que detentan este poder y autoridad actúan con alevosía y con absoluto desprecio del espíritu del derecho internacional o contra el sentimiento público, se crea un clima de ausencia generalizada de derecho que, a la larga, genera muchos más problemas que los que soluciona. Por lo tanto, diría que es la particular responsabilidad de los principales países y de los organismos internacionales establecer ese ejemplo, no sólo de una conducta que respeta la ley, sino de una conducta apropiada.

    Un buen sistema de gobierno significa confianza en sí mismo, no en el sentido de una consigna política, sino en el de una confianza en los propios corazones y mentes de los ciudadanos. Al mismo tiempo, un buen sistema de gobierno significa apertura, mantener una mente abierta a nuevas ideas e influencias a los vientos del cambio. Ninguna sociedad ha alcanzado la grandeza atrincherándose tras puertas cerradas. Jwaharlal Nehru, el primer Primer Ministro de la India independiente y el principal arquitecto de la política exterior india, era un convencido de que la apertura era parte esencial del desarrollo de cualquier país. Se mantuvo firme para impedir que India tomara la vía del aislacionismo, porque, como señaló, para cada gran país, independientemente de su tamaño, el aislamiento significa estancarse mientras el mundo progresa.

    Siempre es importante recordar aquel articulo 2 de la insigne carta democrática interamericana: “El ejercicio efectivo de la democracia representativa es la base del estado de derecho y los regímenes constitucionales de los Estados Miembros de la Organización de los Estados Americanos. La democracia representativa se refuerza y profundiza con la participación permanente, ética y responsable de la ciudadanía en un marco de legalidad conforme al respectivo orden constitucional.” Por tal motivo, la evolución de los pueblos depende exclusivamente de su pleno convencimiento participativo, plural, protagónico, equitativo, soberano, permanente mas allá de hombres o generaciones, y abierto a expresiones de entendimiento, dialogo y tolerancia, condiciones para el consenso, y no simple resultado de la visión única e impositiva de unos pocos, oportunamente señalaba el gran libertador de América, Simón Bolívar: “Si un hombre fuese necesario para sostener el Estado, ese Estado no debería existir; y al fin no existiría.”

    Twitter: @Daniel_Merchan

  • La putrefacción chavista – Por Omar González

    La putrefacción chavista – Por Omar González

    Enrique Krauze es un escritor, historiador, ingeniero y académico que ha escrito más de 20 tratados sobre el poder y sus protagonistas. Krauze es mexicano de nacimiento pero se ha convertido en una verdadera enciclopedia de conocimiento  sobre el chavismo venezolano y sus principales personajes.  La historia de la  llamada Revolución
    Bolivariana y el Socialismo del Siglo XXI no tienen secretos para él y dudo que alguien haya estudiado este proceso con mayor detenimiento y capacidad analítica que él.

    En una reciente entrevista con motivo de la redición de su libro “El poder y el delirio”, Krauze sentencio que en el ejercicio de la presidencia de Venezuela Maduro se ha quedado absolutamente desnudo,
    aunque todavía tenga el micrófono en la mano. Precisó que Maduro no es Chávez y que el carisma no se transmite. También afirmo que Chávez no fue sanguinario y que Maduro sí, y que no cree que Chávez hubiera encarcelado a Leopoldo López o a Ledezma. Apuntó que Chávez fue un hombre mucho más inteligente y maquiavélico que Maduro.

    Este famoso historiador y analista describe así ese antro pavoroso en el que se ha convertido el PSUV y sus aliados del llamado Polo Patriótico, una organización donde alguna vez reinó la solidaridad y la camaradería, pero que ahora despide un fuerte olor a putrefacción, lo que nos recuerda que los acuerdos políticos también se pudren, y
    que esta situación de confrontación y desengaños, seguramente desembocará en un estallido interno o rompimiento hacia adentro debido a la insoportable presión interna y externa que enfrenta.

    Incluso en otro trabajo reciente, Enrique Krauze pronostica que estas complicaciones pueden favorecer finalmente al candidato menos atractivo del chavismo, a Diosdado Cabello, sin descartar -por supuesto- un triunfo de la oposición. En cualquier caso, cree que el escenario en Venezuela esta signado por el cambio. Esto ha provocado pánico en las filas del chavismo.

    Es por eso que un fuerte olor a podredumbre ronda desde hace cierto tiempo al régimen Madurista. Se trata de un hedor muy parecido al de un cuerpo en proceso de descomposición. Un tufo de algo muy corrompido que impregna las instituciones fundamentales que lo sustenta, entre ellas al Consejo Nacional Electoral, Tribunal Supremo de Justicia, Asamblea Nacional y, por supuesto, al Poder Ejecutivo.

    Esa pestilencia, señal inequívoca de cesación, deceso y ruina; se evidencia en el incremento de la persecución a empresarios, periodistas y opositores políticos, en el anuncio de medidas efectistas como el aumento del salario mínimo en 30 % cuando la inflación del país es del 200 % y, sobre todo, en la transformación en buitres de hombres y mujeres que decían estar dispuestos a dar la vida por la revolución y el socialismo y que ahora se comportan como aves de rapiña que buscan arrancar a picotazos lo que queda del erario público.

    Esa hediondez característica de la putrefacción aumenta en la medida en que se acercan las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre  y quedan expuestas las evidencias de que están aterrados, aunque algunos aparezcan en público con una sonrisita plástica en el rostro, con casco y uniforme de obreros,  pero por debajo, bien oculto, use pañales reforzados hechos a la medida.

    La transmutación de la macollita que ha destruido el país, en una especie de gallinero encaramado en un palo, se acelera con la difusión de las últimas encuestas según los cuales el oficialismo perderá esas elecciones por paliza. Esos sondeos señalan claramente que  7 u 8 de cada 10 electores quieren un cambio y que votará en las elecciones parlamentarias para que ese cambio se inicie cuanto antes.

    Además, la inminente derrota se ha convertido en un latigazo que produce terribles sacudidas internas,  como la división en las filas del oficialismo, la pena de muerte contra las pandillas de delincuentes que eran sus aliados, la persecución contra los pobres que ahora se dedican a revender productos subsidiados y la deportación masiva de extranjeros que fueron cedulados de manera exprés para que votaran por ellos.

    Entre los retorcijones que les provoca el pánico, también hay que anotar el empeño de imponer a sus “patriotas cooperantes”, comprados por el Psuv,  para colocarlos como candidatos de la oposición, vía Tribunal Supremo de Justicia, y la negativa de invitar a verdaderos observadores internacionales para las elecciones entre otros síntomas.

    Todo esto hace imposible no pensar que el llamado chavismo se ha descompuesto tanto que está podrido, hinchado, con un insoportable amontonamiento de gases que comienzan a salir por todos los orificios del tejido social venezolano y que los insectos parasitarios están devorándolo.

    Twitter: @omargonzalez6

  • Nos olvidamos – Por Pedro Urruchurtu

    Nos olvidamos – Por Pedro Urruchurtu

    Por muy difícil que parezca, hay que reconocerlo: nos olvidamos. Nos olvidamos de lo que era un país, de sus bondades, de sus buenas cosas; nos olvidamos de aquello que nos hacía los mejores en el mundo bajo el falso espejismo de la riqueza mal administrada, mal adueñada. Nos olvidamos de cómo éramos, de las simples cosas que, en una vida normal, nos hacía felices. Nos olvidamos de ser una sociedad organizada, orientada a su desarrollo; olvidamos para que otros recordaran y recordando nos olvidaran.

    Somos olvido por todas partes. No hay ni un solo rincón de ésta Venezuela que anhele y añore volver a la otra Venezuela; no la de hace cinco años, no la de hace 16 años, sino la Venezuela de siempre, la que algunos vivieron con bonanza y otros con austeridad, pero que la vivieron, sin culto a la muerte porque vivir en este país era un premio mientras hoy sólo seguir vivos es un récord.

    Nos olvidamos de cómo ser ciudadanos. Sucumbimos ante la vorágine del poder de los que nunca tuvieron nada y que se empeñaron en destruirnos. Nos olvidamos de combatir con la misma fuerza con la que nuestros Padres Fundadores y nuestros próceres pelearon por recuperar la libertad; con la misma fuerza que las nuevas generaciones arriesgaron su vida por alcanzar la democracia. Y quienes aún hoy combaten son también olvidados por el remolino que deja miseria, humillación y colas a su paso, haciendo de eso nuestra realidad, superando todo, haciendo de la supervivencia lo urgente y de lo urgente lo único importante.

    Nos olvidamos de lo que podemos hacer por nosotros mismos. Dejamos el recuerdo en manos de otros; de quienes nunca debieron ser recordados y hoy en verdad merecen ser olvidados. Por creer que con otros estaríamos mejor, olvidamos todo lo que podemos hacer por nuestra cuenta y el poder que tenemos. Ellos hoy nos olvidan, se olvidan del país del que vienen; sólo recuerdan, día a día, su fin desde el primer momento: destruirnos.

    Pero son muchos los que pretenden que también olvidemos. Muchos quieren que olvidemos lo que ya ni somos capaces de recordar por la intención del control, del sometimiento, de la supervivencia. Algunos creen que si olvidamos, podremos renacer; pero una sociedad sin memoria es la garantía de repetir lo que nunca debimos olvidar, aunque hoy nos hayan hecho olvidar otras cosas que no debíamos.

    Esta misma retahíla es de lo que algunos pretenden que vivamos. No basta con que hayan borrado nuestra memoria histórica, nuestra memoria como país. Ahora también quieren que nos olvidemos de todo lo que nos ha hecho daño, como si nada hubiera pasado. La humanidad necesita recordar las atrocidades vividas para aprender de ellas y no repetirlas, al menos por un momento.

    Veo cientos de rostros a diario, dispersos entre la realidad que los consume. Veo también cientos de rostros ávidos de la viveza que la necesidad genera. Entre cientos y cientos el mayor testimonio es el de un país olvidado, el de un país que ya no existe sino en la resaca de los que fueron protagonistas de la fiesta. Veo rostros de olvido por doquier, de incomprensión de lo que somos hoy, pero de indiferencia como si nada importara. Nuestra sociedad pareciera estar condenada al olvido,  y por olvidar seguiremos repitiendo los errores que nos han traído hasta acá: a la nada.

    Nos olvidamos de que no basta un voto. Mucho menos bastan miles o millones de estos, si no tenemos en cuenta qué nos estamos jugando, qué vamos a recuperar, en qué vamos a creer. No se trata de hacer del voto un acto de magia, tampoco un acto de olvido. Por olvidar, estamos donde estamos y por olvidar seguiremos sucumbiendo ante el desaliento que la falta de memoria siempre lleva consigo.

    No basta con que nos digan que votar es la solución. Votando seguirá llegando gente que nos hará olvidar a su favor, por sus propósitos. Por eso, si no somos una sociedad madura, consciente y responsable, el voto nos seguirá condenando; porque eso también hacen los votos: condenan en lugar de salvar.

    Si tan sólo pensáramos en cuánto daño nos ha hecho olvidar, entenderíamos nuestro valor como sociedad. Por seguir dejando que otros pensaran, nos quisieron convertir en borregos; por dejar en manos de otros nuestras responsabilidades, quieren aniquilarnos.

    Nos olvidamos; y con ese olvido también le dimos paso a la costumbre. La costumbre de la muerte, de la miseria, de la incertidumbre es la misma que nos hace hoy el país irreconocible que somos. Nunca como antes padecimos del miedo, de la ira y del resentimiento como ahora, nunca antes fuimos lo que hoy somos: condenados a no ser.

    Por dejar de ser, dejamos que otros fueran, creyéndose los dueños de nuestros destinos. El fantasma de la mentira, de la indiferencia, de la pasividad, nos convirtió en la sociedad que ellos querían y no en la que éramos y soñábamos con ser.

    El tiempo sigue pasando, la verdad sigue estando opacada. A este paso, pocas cosas nos salvaran de la condena que debimos evitar. Cuando eso ocurra sólo habrá una cosa qué decir: Nos olvidamos.

    Twitter: @Urruchurtu

  • La Guajira también es nuestra – Por María Teresa Belandria

    La Guajira también es nuestra – Por María Teresa Belandria

    Visité la Guajira el 9 de octubre de  2015, allí pude constatar la destrucción, el maltrato y la crisis humanitaria que si bien asola todo el país, allí muestra su peor cara.

    Estos habitantes originarios de la península Guajira y que jamás han reconocido límites pues sus tierras se extienden a lo largo y ancho de la frontera entre los dos países, históricamente han cruzado esos espacios, el pastoreo y cría de ovejos, chivos, ganado y la siembra,  así como las  artesanías han sido sus actividades desde tiempos remotos. Una sociedad matriarcal, donde la madre cuidaba de sus hijos, centrada en clanes, con leyes y costumbres que nadie había osado perturbar.

    Esto cambió dramáticamente cuando los municipios Machiques de Perijá, Rosario de Perijá, Jesús Enrique Lossada y Las Cañada de Urdaneta (Decreto 2.013) y los municipios Catatumbo, Jesús María Semprún y Colón del Zulia (Decreto 2.014)  fueron colocados bajo estado de excepción en la Gaceta Oficial N° 40.746 de fecha 16 de septiembre de 2015 y la frontera entre Paraguachon y Maicao se cerró.

    Para “enmendar” los horrores cometidos en el cierre de frontera con Táchira, que obligó al desplazamiento forzado de más de 20.000 colombianos, se fijó un régimen especial de tránsito a la etnia wayúu. Este régimen ha significado para los wayúu todo lo contrario a lo que esperaban éste se traduce en la legalización de los abusos y el otorgamiento de una patente de corso para los funcionarios policiales y militares quienes amparados en la excepción y estas normas sobrevenidas, lo interpretan arbitrariamente.

    Se le exige a cada venezolano-wayúu, que presente en cada alcabala, su cédula de identidad, cédula indígena y constancia de residencia. Pues bien, aún mostrando todo ello, la autorización para ir a sus tierras depende del ánimo del funcionario de guardia, peor aún, si un wayúu posee un vehículo de doble tracción, o nuevo, sencillamente no pasa el puesto de control del río el Limón. Allí tiene 3 opciones: devolverse a Maracaibo, dejar su automóvil o permitir que le vacíen la mitad del tanque de combustible en pimpinas que luego son revendidas en la carretera por menores de edad, ante la mirada complaciente de quien debería impedir tal despropósito. Las autoridades suponen que todos son contrabandistas.

    La aplicación del citado régimen de tránsito, incluye a los difuntos. Si un venezolano-wayúu fallece en Maracaibo para ser inhumado en las tierras de su clan, debe contar con un permiso otorgado en el puesto de La Barraca. La solicitud, debe acompañarse con el número de deudos que asistirán (nombres, apellidos) y el número de vehículos que irán en el cortejo fúnebre. La autorización puede tardar días, o sencillamente no concederse. A ese ciudadano venezolano-wayúu se le niega el derecho de cumplir su tradición.

    Describir el caos en la carretera es complejo, dos canales se transforman en cuatro porque hay 8 puntos de control. Un trayecto que toma normalmente 1 hora 30 minutos se vuelve impredecible. El tráfico avanza conforme los funcionarios policiales y militares agilicen la revisión de vehículos y personas. Una vía que carece de hombrillo o de sobre anchos donde realizar ese trabajo es sencillamente un desastre.

    La carretera muestra un paisaje desolador, la basura supera con creces las plantas xerófilas típicas de la zona, entre puesto y puesto de control de la Guardia Nacional, la Policía Nacional, Policía del estado Zulia o el Ejército, niños que deberían estar en la escuela, embutidos en ropa, con la cara tapada por el sol inclemente y para no ser reconocidos, ofrecen corriendo todos los riesgos inimaginables: gasolina. Pimpinas de 5 litros, “el punto” tiene un precio variable. Cuanto más cerca estás del límite, más caro el combustible.

    Describir la desolación es difícil. Rostros tostados por el sol, gente deambulando por la calles esperando que lleguen las “bolsas” de comida que la gobernación ofrece pero que son insuficientes. Niños desnutridos, cuyo percentil no se corresponde con su edad, madres rumbo a Maracaibo abandonando a sus hijos para buscar algo de alimento, niños que mueren de los cuales no hay registros. Ancianos solitarios y enfermos.

    La frontera cerrada, ya hace mas de 1 mes, lejos de reducir o controlar los males que históricamente la aquejan como el contrabando, en narcotráfico, la migración ilegal, los agrava. Si bien el estado tiene la competencia para regular actividades en su territorio, una verdadera frontera se hace viva cuando hay libre intercambio de personas, bienes y servicios, cuando el ciudadano construye, produce y hace de ella no solo su sitio de residencia sino el espacio en el que nace la patria y desde allí la defiende.

    El gobierno declara que está construyendo una nueva “frontera de paz”. La contradicción salta a la vista, ¿paz cuando se aumenta el pie de fuerza militar?; ¿paz cuando los venezolanos-wayúu son discriminados en su propia tierra?; ¿paz con toque de queda a las 8:00 Pm que no está contemplado en el estado de excepción pero que se aplica en la Guajira? Así como defendemos con convicción que el territorio Esequibo es nuestro, ha llegado la hora de que asumamos también que los venezolanos-wayúu deben ejercer plenamente sus derechos ancestrales con libertad y dignidad y que, la Guajira también es nuestra.

    Twitter: @matebe

  • Futuro a cuestas – Por Pedro Urruchurtu

    Futuro a cuestas – Por Pedro Urruchurtu

    Basta con ver a nuestro alrededor para entender que el “bachaqueo” se ha vuelto un modo de vida. Irónicamente la gente lo que busca con ese modo de vida es sobrevivir, ya sea por hambre o por sueldo. Ese mismo “bachaqueo” es la más exacta revelación de lo que han hecho con el país, de cómo han destruido sus pilares fundamentales, de cómo han corrompido y corroído a la sociedad y de cómo han invertido los valores para hacer de lo malo lo mejor y de lo excelente lo despreciable. Así algunos se sienten felices y realizados por revender ilegalmente productos, autodenominándose “bachaqueros” y mostrando que son “emprendedores”. Emprendimiento a base de destrucción y complicidad es saqueo, como lo que hacen quienes nos gobiernan.

    Miles de profesionales se han ido y miles de profesionales siguen aquí. Entre tantos miles hay una verdad lapidaria: ejercer aquello para lo que se prepararon se ha vuelto una odisea. Por un lado, no hay incentivos que hagan que estos profesionales sientan realmente que valió la pena su esfuerzo y dedicación; al final de cuentas, sólo con ir toda la semana de abasto en abasto y de supermercado en supermercado comprando productos regulados y revendiéndolos hasta 10 veces más de lo que cuestan, y gastando el mismo tiempo que invierten en su oficina en una cola, les da más ingresos que dedicarse a su profesión. Peor aún, quienes siguen aferrados a la esperanza de sus puestos profesionales, cada vez peor pagados por la misma situación país, ven como alguien que no estudió ni se formó de igual manera, puede acceder a cosas que ni con el mejor sueldo de un gerente se pueden comprar.

    Hoy el esfuerzo tiene otra cara: la del facilismo. Esa cara siempre había existido producto de modelos paternalistas y clientelares que sólo sembraron vientos que están cosechando enormes tempestades hoy. El facilismo es el modo de vida por excelencia hoy por hoy, porque lo fácil, aunque prohibido inclusive, resulta mejor.

    Esta dramática realidad la padece la Universidad venezolana, sometida a los designios de un modelo totalitario que tiene como fin acabar con ella y que encontró, en la penosa coincidencia de un modelo universitario agotado, la manera de destruirla. Los que quieren ser profesionales y ejercer como tales han entendido, poco a poco, que la única manera es irse a otro país o sucumbir ante valores comparables sólo con la sumisión y la humillación por un salario que ni es digno ni permite la superación.

    La mesa está servida: el éxodo de cada vez más perfiles valiosos para el país, las Universidades de paro porque no hay condiciones para el reinicio de actividades, profesionales que ven más útil revender productos escasos que ser productivos para el país, jóvenes que al no poder ver clases deciden rebuscarse entre el “bachaqueo” y la supervivencia, y una sociedad absolutamente cómplice de lo que sucede, silente y servil ante el avance de un modelo que no se detiene, que no le teme al voto aunque pueda perder y que ha logrado su mayor éxito: convertirnos en un país que ha sacado lo peor de sí, privilegiando lo negativo sobre lo realmente bueno y acertado para el desarrollo de una nación. Pasamos de tener generaciones “tira piedras”, combativas y firmes, a “comer piedras”, porque eso pretenden: que pasemos hambre, que dependamos de ellos, que ellos decidan y vivan por nosotros.

    Resulta preocupante y hasta irresponsable que algunos liderazgos opositores afirmen que el gobierno pretende llevarnos a la ruina. En realidad ya somos un país arruinado por doquier y lo único que falta es que nos conduzcan a la nada, a la total destrucción, al despeñadero. Algunos siguen creyendo que el objetivo está lejos, que el problema aún no ha llegado, cuando la verdad es que cada vez se nos hace más tarde para combatir el avance de la destrucción acelerada y sin precedentes de este país.

    Pero también preocupan los cientos de profesionales que aún creen en su país y que siguen defendiendo sus puestos de trabajo y sus conciencias. Estos cada vez se van quedando sin opciones para la excelencia y la superación. Lo que los rodea es negativo, es vicioso, es prohibido y es hasta tentador. Los incentivos perversos merodean su día a día, haciéndoles tomar decisiones que, de no apurarse, puede tomarlas una bala que acabe con sus vidas. Es igual que tomar la decisión más dura de todas: la de irse y comenzar de nuevo, porque en su país comenzar nunca fue una opción. A eso nos enfrentamos hoy, a una generación entrampada y que puede terminar envilecida por el odio y la intención de quienes nunca han querido a este país, de quienes lo desangraron y de quienes ayudaron a que, lejos de evitar la situación, siguieran acuchillando sin piedad nuestro futuro.

    Eso es lo que somos hoy: una sociedad de cómplices, corresponsable de la tragedia, con una dirigencia pusilánime y con un futuro tan incierto como saber el día en que llega el arroz al supermercado. Los profesionales son despreciados y más si no hacen su cola o si no revenden. Los no profesionales se creen la nueva élite de poder, la que mueve la economía y la que ha multiplicado sus ingresos a costa del sufrimiento de toda una nación, como si ellos no sufrieran.

    Mi tarea en las aulas es seguir motivando a los jóvenes a que sean mejores. El problema es cada vez se complica más esa ardua tarea, pues se consiguen con una realidad, al salir de la Universidad, que los motiva a hacer todo lo contrario, contradiciendo su dedicación y sus sueños, condenándolos a la sociedad sumisa que les dice que es mejor esforzarse menos, que los aplaude si admiran lo negativo y que se burla si son decentes.

    El voto no brinda decencia ni mejora a una sociedad. Por el contrario, puede condenarla. El voto por sí mismo no transforma, y menos lo hace en un país que está condenado desde hace mucho, que requiere cambios profundos, generacionales y muy duros y traumáticos que difícilmente pocos estén dispuestos a asumir o que hasta desconocen. Muchos están pensando en diciembre sin reflexionar el daño que este país ha recibido y que tomará muchas navidades, carnavales y vacaciones en recuperarse. Algunos sólo piensan en el 6 de diciembre como la panacea, cuando realmente el reto es un país entero que no ha entendido la magnitud y el sufrimiento de reconstruir un país.

    Mientras todo esto pasa, la rutina sigue. Cientos siguen haciendo sus colas como el negocio más lucrativo, otros siguen pensando en irse, muchos siguen buscando cómo sobrevivir, muchos también luchan por transformar y cambiar el país por completo y unos pocos siguen haciendo lo que les da la gana, sin intención de irse. Eso es Venezuela hoy: un futuro a cuestas.

    Twitter: @Urruchurtu