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  • Venezuela: regresar al mundo – Por Pedro Urruchurtu

    Venezuela: regresar al mundo – Por Pedro Urruchurtu

    Siempre me anima pensar cómo será esa Venezuela que viene; un país ávido de crecer, de prosperar y de recuperar su preciada libertad y democracia. Todos quisiéramos que esa Venezuela llegase pronto, y muchos estamos luchando para que eso ocurra.

    Siempre ha habido un área que ha llamado mi atención, no sólo por la formación académica, sino también porque aún anhelo con el día en que pueda formar parte de ella: el Servicio Exterior.

    Sí, hoy es un anhelo que se pierde entre la nostalgia de lo que fue nuestra Cancillería y lo que aspiramos que sea muy pronto. Y digo que es un anhelo porque desde el año 2005 en nuestra Cancillería no se hacen concursos de ingreso para el Servicio Exterior. Desde entonces, por culpa de un régimen cuyo gobierno secuestró al Estado, la carrera diplomática se volvió una defensa de la revolución y no de los intereses de un país entero. Diplomáticos a la carrera y no de carrera son los que abundan hoy.

    No entraré en los detalles de cómo se fue desmantelando la Cancillería venezolana. Ya mucho tenemos con saber que quedan pocos diplomáticos de carrera, formados en el período democrático, que prestan servicio en este régimen, que los cursos de formación diplomática son apenas de semanas y sin contenidos esenciales de la diplomacia, que las designaciones actuales obedecen a militares, familiares de funcionarios del gobierno y gente pocas veces preparada para representar al Estado venezolano.

    Quisiera concentrarme en lo que debemos hacer, o al menos, lo que deberíamos comenzar a hacer, aunque ello implique diversos niveles de acción. Lo primero, por supuesto, es restituir la democracia, adentrarnos en un esquema de sociedad abierta, de libertad, de dinámica global. Ya basta que nuestros aliados sean Cuba, Irán, China o Rusia -cuyas referencias democráticas no son las más positivas-; es momento adentrarnos en los esquemas de desarrollo mundial que grandes países democráticos nos ofrecen. La libertad y el libre desarrollo deben ser nuestro faro, en un escenario de competitividad, porque si algo ha demostrado la libertad es que termina imponiéndose y siendo victoriosa.

    En el plano político, urge la recomposición del Servicios Exterior, com esquemas de concursos de ingreso, meritocracia y ascenso. El Insitito de Altos Estudios Diplomáticos “Pedro Gual” requiere de una reforma curricular que avance en insertar a Venezuela en la dinámica del siglo XXI, con diplomáticos capaces y formados para tal fin. Lo mismo a nivel administrativo y de funcionamiento, de departamentos y de áreas estratégica, de defensa de la soberanía y preeminencia de la defensa de nuestra integridad territorial. Debemos recuperar nuestra capacidad negociadora y efectiva; volver a ser el país que éramos en esta materia.

    La figura del Canciller debe ser nuevamente la referencia de la representación de nuestro país y su interés nacional, por encima de cualquier partido o tendencia. No se trata de tener una Canciller atorrante y que pegue gritos o amenace, sino que sirva a Venezuela. Los procesos de toma de decisiones deben ser revisados y adaptados a las nuevas demandas del mundo y de lo que el país requerirá.

    Debemos repensar la Cancillería en términos de tecnología, geopolítica, estrategia, etc. ¿Cuáles serán nuestros aliados? ¿Hacen falta tantas embajadas o podemos agrupar varias? ¿En cuáles esquemas de integración vamos a permanecer y de cuáles nos vamos a ir? ¿A quiénes vamos a recurrir para que nos ayuden a reconstruir el país? Muchas cosas por pensar, incluyendo la diplomacia parlamentaria, la diplomacia de alcaldías y todo eso que nos hace un país moderno.

    También, y sin detenernos, urge una reforma de la Ley del Servicio Exterior, que devuelva su gradeza y profesionalismo a la diplomacia, que hoy sirve al personalismo desinstitucionalizador y destructivo. La Cancillería venezolana debe ser nuevamente una institución de prestigio para nuestra nación.

    Y quizás muchos se preguntarán por dónde empezar y con qué motivación, si los jóvenes se están yendo y son ellos quienes deben formarse para retomar la carrera diplomática y volver a profesionalizarla, sobre todo cuando dicha carrera puede tomar hasta 25 años hasta que se llega al rango de Embajador. Pues yo les digo que basta con ver a todos esos jóvenes que hoy participan en modelos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) o de la Organización de los Estados Americanos (OEA), para mencionar algunos ejemplos. Allí hay preparación, debate, habilidades y todo lo que conforma una enorme fuerza creadora acumulada dispuesta a servir a Venezuela, por lo que su ingreso a la Cancillería y su formación en ella no serían tareas difíciles.

    Empezar a formar hoy a los diplomáticos del futuro que se acerca es un buen punto de partida para recomponer nuestro Servicio Exterior. Todo está en querer avanzar, mientras nuestro país cambia y mientras nuestra realidad nos sigue exigiendo que cambiemos de rumbo.

    Imaginemos un país conectado con el mundo y no aislado de éste. Imaginemos un país libre, con una sociedad abierta, con una economía próspera y con todos apuntando al progreso. Venezuela puede eso y más, y con nosotros será posible. Esa es nuestra tarea: hacer que Venezuela regrese al mundo.

    @Urruchurtu

  • Venezuela: Una bomba de tiempo – Por Pedro Urruchurtu

    Venezuela: Una bomba de tiempo – Por Pedro Urruchurtu

    Los tiempos en política siempre son significativos y lo que se haga o se deje de hacer es determinante. Pero la política, en sí misma, tiene unos tiempos particulares, propios de su dinámica de interacción entre múltiples actores y muchas veces estos poco o nada tienen que ver con los tiempos de la sociedad, y mucho menos si de sus problemas se trata.

    La crisis económica y social que vive el país, de la cual hoy nadie duda que se trate de una crisis humanitaria, se ha acelerado. Ese aceleramiento, lejos de suponer que la situación podría mejorar, nos indica que su desenlace, además de estar cerca, puede tener consecuencias catastróficas para los venezolanos que hoy se debaten entre la miseria, el hambre y la incertidumbre. ¿Lo más preocupante? La crisis política y sus derivados, van a un ritmo mucho más lento, rezagada entre la elocuente respuesta de algunos sectores de invocar a un diálogo estéril y las posiciones contradictorias que algunos liderazgos de la oposición han proyectado.

    En los últimos días hemos a la región con los ojos puestos en Venezuela. Por un lado, la decidida y contundente respuesta de Luis Almagro, a la cabeza de la Organización de los Estados Americanos (OEA), quien valientemente decidió presentar un demoledor informe sobre nuestra crisis e invocar la Carta Democrática Interamericana, convirtiéndose así en el primer Secretario General de la organización en hacerlo y, además, hacia un gobierno en ejercicio, que perdió su legitimidad de desempeño.

    Por otro lado, vemos la reiterada y frustrante invocación de diálogo con la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y sus tres mediadores designados: José Luis Rodríguez Zapatero, Leonel Fernández y Martín Torrijos; todos identificados en el pasado y en el presente con el oficialismo y que representan a una instancia que está en deuda con los venezolanos desde el año 2013, cuando se acordó auditar el 100% de las cajas de aquella elección presidencial. Esto sin hablar de aquel diálogo que en 2014 se dio a raíz de las protestas que sacudieron a nuestro país y que contó con la mediación de los Cancilleres de Colombia, Ecuador y Uruguay (este último con el propio Almagro como representante). ¿El resultado? Se enfrió la calle, se calmó la presión internacional y Nicolás Maduro ganó tiempo.

    No pareciera haber elementos que indiquen que este nuevo intento de diálogo será diferente, cuando se trata del mismo organismo y cuando Venezuela, en manos de Maduro, tiene la presidencia pro témpore de éste. Peor aún, lo único que se vislumbra es una larga agonía entre conversaciones y letargos que no derivarán en otra cosa sino en tiempo perdido, llegar al año 2017 y hacer del revocatorio un ejercicio a favor del gobierno y no de Venezuela entera.

    Los demócratas venezolanos deberían asumir la bandera de la OEA y del Sistema Interamericano, con una institucionalidad ejemplar para el mundo, como la única y reconocida instancia regional y hemisférica para entablar un diálogo. ¿Cómo es posible esto? La Carta Democrática Interamericana es el mecanismo.

    La Carta, además de la propia sanción política que tiene en su haber, indica que deben darse conversaciones y gestiones diplomáticas para buscar que el Estado afectado rectifique cuando ha habido una ruptura del orden constitucional y/o del hilo democrático. Si esa Carta, en la que 34 países se pusieron de acuerdo sobre lo que es democracia, insta a este encuentro entre las partes, ¿por qué virar la atención a otros entes de favorables a Maduro y sin garantía de éxito? Alguien debería explicar tal interés.

    Almagro, el Canciller uruguayo que en 2014 entendió lo que pasó en Venezuela y su deber de tomar postura, hoy ha decidido actuar en torno a su investidura y hacer valer a la OEA y al propósito de su creación. La vigencia y utilidad del organismo se verían seriamente afectados si no cumpliera con su deber. De allí el empeño de invocar el Consejo Permanente extraordinario para abordar tal crisis, aún cuando han quedado al descubierto las intenciones de países como Argentina, cuya Canciller, por motivos propios, emprendió una operación dialogante, previa a la discusión de la Carta, con el fin de desmovilizar apoyos a Almagro y conciliar a una región que necesita para llegar a ser Secretaria General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

    Es en la OEA, el foro de defensa de la democracia regional por excelencia, que debe darse el diálogo. Pero hay que ir más allá: ese diálogo debe conducir a un cambio de gobierno este mismo año, tal como recomienda el Secretario Almagro en su informe, cuando habla de que el referéndum revocatorio debe darse en 2016 si se pretende salvar lo que queda de democracia en Venezuela. Es la Carta Democrática Interamericana, con apoyo regional, el mecanismo para impulsar tal acción y generar la presión necesaria.

    Aquellos países que están apoyando el diálogo y las gestiones de UNASUR, dentro o fuera de la OEA, se darán cuenta que lo que proponen es una táctica dilatoria y nada más, con el riesgo de que la realidad nos estalle en la cara, mientras esperamos que ellos decidan cuándo es más conveniente el revocatorio, primera condición puesta por la oposición y que ya la OEA ha respaldado. ¿Por qué insistir con UNASUR? El mismo mensaje debe enviársele a quienes en reuniones secretas o no, en conjunto o por separado, han optado por dialogar, a espaldas de los venezolanos, generando un efecto desmovilizador en la región de cara a la discusión de la Carta Democrática.

    La crisis humanitaria avanza a niveles impredecibles mientras la crisis política se rezaga entre dimes y diretes. Hay que buscar un mecanismo que permita empujar esa crisis política y ponerla al ritmo de la crisis humanitaria, para generar cambios y detenerlas. Hoy sólo es posible con un cambio de gobierno lo antes posible y con la presión de la región cuanto antes; en otras palabras, sólo es posible en el seno del Sistema Interamericano y la Carta Democrática, no en UNASUR y su silencio y negación de la realidad; no ofrece nada.

    Dar más tiempo al régimen, es darle más lugar a la muerte, y esas muertes no pueden ser vistas como sacrificios o “daños colaterales”; tienen que parar. Venezuela es una bomba de tiempo, que aunque nadie quiere tocar hoy, corre el riesgo de estallar ante la mirada aletargada de quienes apostaron a un diálogo que traerá más muertes por falta de medicamentos, comida, inseguridad e indolencia. Es el momento de actuar; es nuestra obligación.

    @Urruchurtu

  • La peligrosa agenda del silencio- Por Pedro Urruchurtu

    La peligrosa agenda del silencio- Por Pedro Urruchurtu

    Cualquiera que comience leyendo este post podría pensar que se trata de eso a lo que ya estamos acostumbrados: la implantación del silencio por parte de quienes han gobernado durante los últimos años y que, sea como sea, buscan callar a todo el que busque mostrar un país que cada vez es más evidente. Pero me refiero a otro silencio, ese que define la delgada línea entre el miedo y la complicidad…
    Nadie se atreve a cuestionar el liderazgo consolidado por Henrique Capriles, del saco de votos que lleva a sus espaldas y de lo que realmente ocurrió el pasado 14 de abril. Pero de poco sirve que nadie dude si quien tiene la verdad en sus manos no la toma como bandera de lucha.
    El silencio se ha ido apoderando, una vez más, de los espacios. El país parece desmembrarse entre falsos discursos, deudas y una soberanía que de soberana sólo tiene la palabra. Las próximas generaciones están comprometidas sin saber el porqué. Sólo tocará decirles «eso alguna vez fue tuyo, fue mío, fue de todos». Y ante eso, todos se preguntan lo mismo: «¿qué hacemos?».
    Otra vez lo electoral define la agenda, arropa al país, trayendo un problema permanente de gobernabilidad en el que todo, absolutamente todo, gira en torno a una campaña y una elección, dejando de lado el bienestar de los ciudadanos. Es «temporada de promesas», como dicen algunos por allí.
    Muchos olvidan que gran parte de las personas que votaron por un cambio el 14A, lo hizo por la simple esperanza de dejar de callar. Hoy no sólo siguen en silencio por esa delgada línea que mencioné anteriormente sino que quien los motivó a dejar el mutismo, hoy les pide voz silente pero a su vez, irónicamente y bajo un manto de dudas, les ruega: «vayan a votar el 8D».
    Hemos de suponer que esto obedece a una serie de objetivos claramente definidos. Eso está bien, es plausible dentro de la madurez que ha adquirido la alternativa democrática durante los últimos años. El problema parece estar en que sólo lo sabe la dirigencia, quien tranquilamente infunda más mudez entre quienes esperan una voz.
    Podemos inferir, también, que se trata de un progresivo desgaste del Gobierno, donde el inexorable paso del tiempo hará que todo se solucione. Eso también es válido, pero algunos olvidan que a quien pretenden desgastar es precisamente el que ostenta el poder, lo que le permite alargar la agonía e incluso sobrevivir. No se puede jugar a eso sin ser creativos, sólo refugiándose en el silencio y en 140 caracteres. Peor aún, menos podemos entender que justo cuando ronda la autocensura y el bloqueo por parte de los medios que han decidido enmudecer, se busque acrecentar el silencio.
    Lo más preocupante es que existan, dentro de esa alternativa democrática, líderes dispuestos a alzar su voz y que sea la propia alternativa la que les diga «no es el momento de hablar». ¿Es que acaso la lucha de estos tiempos no era precisamente en pro de pensar y expresarnos libremente? ¿Qué se le dice a aquellos que, sin entenderlo, vuelven al silencio porque es lo que dicta el sosiego?
    Por ejemplo, ha habido una impecable gestión internacional sobre lo ocurrido en Venezuela en abril, logrando la atención y el respaldo de pueblos y parlamentos de América y el mundo. Sin embargo, eso no es coherente con la agenda interna, silente, arropada por lo electoral, envuelta por lo de siempre. Siendo esto así ¿cómo podemos pedir el apoyo internacional si en el exterior ven a un país normal donde no ocurre nada? Es lógico que quien ve una nación normal decida apoyar a su gobierno electo y no a quien dice que el país agoniza. Pareciera que las denuncias de un fraude quedaron sólo en eso, en papel y la esperanza que este brinda, como si fuera la única.
    No ser silenciosos no supone violencia, caos, enfrentamiento. Pero estar callados tampoco admite complicidad, conformismo y, peor aún, el «pronto pasará algo». ¿Que el 8D trae una oportunidad? Indudablemente, bajo el riesgo de que pese a tener victorias locales importantes estas carezcan de aliento gracias al conflicto nacional del poder, lleno de dudas y de quienes no hacen nada por erradicarlas con la verdad. Todo esto genera una gran disonancia sólo comparable con la que el silencio nos ha convidado.
    Con todo esto, preferiríamos creer que lo que se busca con la participación del 8D es lograr un resultado abrumador, en medio de una elección plebiscitaria, que le permita a la alternativa democrática avanzar en torno a una Constituyente, un revocatorio o cualquier otra cosa que toque hacer. Quisiéramos pensar eso aunque la dinámica nacional nos esté demostrando otra cosa.
    Por ahora nos corresponde seguir siendo militantes de la paciencia, firmes con el propósito y el objetivo común planteado por la Unidad, centrados en un país que nos necesita pero entendiendo que se trata de una resistencia, de hacernos escuchar en medio de tanto silencio pese a que, como dijo alguien por allí, “lo peor que pueda pasar es que no pase nada”.
     Pedro Urruchurtu es del equipo internacional de Vente Venezuela
    Twitter: @Urruchurtu