Etiqueta: Generación

  • La generación detrás de mí – Por María Oropeza

    La generación detrás de mí – Por María Oropeza

    Todos los 3er domingo de junio de cada año se celebra el Día del Niño en Venezuela, celebración que compartimos con casi todos los países del mundo, variando las fechas. Pero ¿Hay realmente algo que celebrar en Venezuela? ¿Cómo viven los niños en Venezuela? ¿Son realmente felices los niños en Venezuela? Estas y otras incógnitas siempre me persiguen. Me genera gran preocupación saber que hay una generación detrás de mí que está creciendo, y que al igual que yo, también sin libertad, pero cada vez con peores condiciones de vida y con menos recursos de lucha y defensa, eso y más me lleva a preguntarme ¿Será que no hemos hecho lo suficiente? ¿Qué más hace falta para detener el sufrimiento de tantos y poder alcanzar la libertad?

    En las últimas décadas Venezuela se ha convertido en un país prácticamente invivible, desde la retórica política hasta la realidad que nos asfixia a todos, afectando aún más a los niños y adolescentes quienes parecen estar totalmente desprotegidos e indefensos ante este sistema criminal. El país se ha convertido en unos de los más violentos del mundo, sin estado de derecho, sin justicia y sin seguridad. Además, la crisis y corrupción cada día se apodera más de aquellos grupos que se supone están para resguardar la vida e integridad de cada ciudadano. Por ejemplo, según el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) en el 2019 se registró 1.120 muertes violentas de niños y adolescentes, la causa principal fueron los homicidios con 425 víctimas, y 68 fueron asesinados por resistencia a la autoridad.

    Pero los asesinatos no fueron la única causa, también el informe anual del OVV registró en el 2019, aproximadamente 88 suicidios, que en su mayoría comprendía edades entre 11 y 17 años. No es normal, pero se ha vuelto común y cada vez aumentan más los casos de suicidios en Venezuela. Muchos de estos niños posiblemente tengan un familiar que le ha tocado emigrar de manera forzosa, quizás otros no cuenten con los medios para que sus padres sigan costeando sus estudios, y otros tantos seguramente les ha tocado empezar a trabajar con sus padres porque cada vez hay menos opciones que les permita comer y sobrevivir; es decir, hay un patrón de incertidumbre y angustia por la situación país que los niveles de ansiedad, depresión y otros trastornos psicológicos cada vez van en ascenso, mientras que al mismo tiempo, escasean las medicinas para sus tratamientos, y la asistencia médica en estos casos es prácticamente inexistente. Por esto, muchos venezolanos, incluidos niños y adolescentes, no ven más salida que el suicidio.

    Asimismo, para este año la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI), un proyecto que surgió de un grupo de investigadores de las universidades UCAB, UCV y USB para mostrar cifras reales en el país, puesto que el régimen de Nicolás Maduro las oculta o simplemente las maquilla para dar una sensación de que se vive bien, cuando en realidad el bienestar y la estabilidad son casi inexistente. ENCOVI 2019-2020 muestra que hay al menos 1,7 millones de niños y jóvenes enos en el período escolar. Los motivos pueden variar desde las falta de alimentos, cada vez menos transporte por falta de gasolina y repuestos, servicios básicos precarios como agua, electricidad, e incluso la migración. Todo esto se resume en lo mismo: socialismo.

    La misma encuesta muestra los niveles de pobreza, inseguridad alimentaria y desigualdad en el país, cifras que ya no nos hacen estar a la par con los países de nuestra región sino con países del continente africano como Nigeria y Congo. Esto significa que hay un 96% de pobreza en el país, y de esos 79,6% viven en pobreza extrema que no tienen acceso a la cesta básica; muchos a duras penas les toca rebuscarse para lograr comprar una harina diariamente que les permita sobrevivir, sólo si cuentan con “buena suerte”. Mucho se llegó a jactar Hugo Chávez en cadena nacional que “más nunca un niño se acostaría sin comer” bueno, ENCOVI reporta 639 mil niños menores de 5 años en desnutrición crónica, es decir, más de una vez se acostaron sin comer. Injusto, reprochable y doloroso.

    Estas cifras matan cualquier relato de los socialistas utópicos que les encanta promover estos sistemas empobrecedores, pero ¿saben qué es lo peor del socialismo? Vivirlo. Detrás de estas cifras, neonatos mueren por falta de oxígeno y salas neonatales contaminadas en los hospitales. Detrás de estas cifras, hay niños que mueren por desnutrición crónica. Detrás de estas cifras, hay niños que fueron separados de sus padres porque debían buscar sustentos en otras fronteras. Detrás de estas cifras, un niño debe dejar de ir a la escuela porque al no comer, se desmaya. Detrás de estas cifras, hay niños registrando la basura en las calles, a ver si con “suerte”, encuentran qué comer. Detrás de estas cifras desgarradoras está el régimen cuya función no es más que producir crisis, angustia, pobreza y tristeza.

    Por ello, me es imposible no pensar en esta generación creciente que viene detrás de mí, que tampoco ha conocido la libertad, pero que cuenta aún con menos recursos para defenderse. Quizás, los niños sean felices mientras no entiendan nada de lo que sucede, mientras cuenten con otro para jugar, mientras en medio de su inocencia piensen que el no comer o no ver a sus padres es normal. Mientras tanto, quienes tenemos claro la naturaleza de éste régimen y tenemos claro quiénes son los culpables de tanta desgracia, no podemos parar en la lucha de lograr su salida cuánto antes, y así comenzar con el desplazamiento total del sistema socialista e instaurar un sistema de libre desarrollo, que mejore las condiciones de vidas para los niños, quienes no son culpables de nada y merecen ser felices. Este es el reto y el deber de mi generación, no condenar a las próximas generaciones a vivir sin libertad. Hay que conquistar la libertad.

  • Nuestra generación – Por Miguel Velarde

    Nuestra generación – Por Miguel Velarde

    Lo que vivimos hoy no llegó por sorpresa. Fueron muchas las voces que desde muy temprano en el proceso chavista empezaron a advertir sobre el rumbo que éste iba a tomar.

    Muchos no creyeron y otros se negaron a creer. Los primeros, porque estaban casi hipnotizados por un caudillo como lo fue Hugo Chávez, al que hay que reconocerle su habilidad para convertir la mentira en sueño y esperanza para los más necesitados. Los otros, los intelectuales e incluso una clase media que en teoría debería haberse percatado de lo que ocurría antes, prefirieron negarse a ver la realidad porque, quizás, era muy dura como para enfrentarla. “No vale, yo no creo”.

    Pero el problema con las desdichas es que aunque uno no quiera verlas, tarde o temprano tocan a nuestra puerta. Y eso fue lo que ocurrió en Venezuela. Incluso para los mayores fanáticos de la “revolución” o para los escépticos de la tiranía, hoy es imposible desconocer que la desgracia que se vive en el país es real y que pudo haberse evitado.

    No nos alcanzarían las palabra para describir el desastre en el que este modelo y un gobierno que no gobierna han convertido al país. La vida de las personas se mide en su nivel de miseria. Mientras la cara de Venezuela en el mundo es la crisis, la violencia, la corrupción y la mentira.

    Del lado opositor, los tres partidos que han secuestrado a la MUD también han hecho evidente que, por incapacidad o inmoralidad, no merecen la confianza de la gente. Desde las elecciones parlamentarias del año pasado, en menos de un año, han logrado lo que parecía imposible: desperdiciar un capital político y un apoyo popular sin precedente.

    Esos dos grupos son los que hoy están sentados en una mesa de diálogo con el futuro de Venezuela en sus manos. Ellos, que ya no representan a la gran mayoría de los ciudadanos, pasan sus días contándonos lo bien que vamos mientras nosotros sabemos que peor no podemos estar. O quizá sí, mientras nuestro destino siga en sus manos.

    En todo caso, llegamos a donde llegamos por culpa de otros y complicidad nuestra. Porque como ciudadanos preferimos mirar a otro lado antes que enfrentar la cruda realidad; porque muchas veces es más fácil ignorarla verdad que tener que decirla.

    Sin embargo, a pesar del miedo y los riesgos, cada venezolano debe comprender que si no se involucra en el rescate de su país, lo perderá por mucho tiempo. Ya no se trata de un proceso o un periodo de gobierno, estamos hablando de que el tiempo de Venezuela se mide hoy en una generación perdida.

    Nuestra generación.

    @MiguelVelarde