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  • Banco Central y su Poder Coactivo – Por Jean Carlos Cabarca

    Banco Central y su Poder Coactivo – Por Jean Carlos Cabarca

    Podemos resumir que el banco central es el organismo que tiene a su cargo el control, supervisión y regulación de la cantidad de dinero que circula en la economía. Se encarga de diseñar y ejecutar la política monetaria, (claramente establecidas en la ley) con el propósito de incidir sobre el costo del dinero, y disponibilidad de crédito, tanto para el comercio como para la creación y distribución de bienes y servicios. Se vale de dos políticas: una de signo contractivo y otra de carácter expansivo.

    Para el logro de sus objetivos, un banco central consta de tres instrumentos: Operaciones de Mercado Abierto (OMA), el redescuento y el encaje legal. Entre sus funciones está, preservar el valor de la moneda, estabilizar el tipo de cambio, mantener la estabilidad de precios en el sistema financiero y contribuir al crecimiento económico.

    Increíblemente, muy pocos economistas y políticos se han cuestionado la creencia universal del esquema monopolístico de un banco central, (escuela keynesiana) como mejor opción en la emisión y circulación de medios de pago, y como mecanismo más idóneo para que los países gocen de soberanía monetaria. Aunque este concepto no queda muy claro, ya que, al parecer, implica hacerse del poder para coaccionar una sociedad por medio de un sistema monetario y la capacidad de generar altas tasas de inflación.

    Recordemos que el Estado inició el proceso de acuñación, por la necesidad de  garantizar la pureza y el peso de los metales nobles, por el alto nivel de complejidad que requería el proceso de aquilatamiento y certificación de su peso, lo cual se convertía en un costo de transacción y eventualmente, en una desventaja para facilitar los intercambios de bienes y servicios (principal función del dinero).

    Pero los gobiernos se dieron cuenta de lo altamente lucrativo que era poseer el poder monetario. De esta manera, aplicando estrategias jurídicas, se hizo de los medios para establecerse el privilegio exclusivo de la emisión e implementación del curso forzoso de su dinero, con el cual podría financiar el gasto público y, de esta manera, evitar aumentar la presión de los impuestos como principal vía de ingreso.

    De este modo, ya dejaría de existir la libertad de los individuos, en cuanto a alternativas del uso de moneda como forma voluntaria y el proceso competitivo de la acuñación privada.

    Históricamente, a medida que se fueron perfeccionando los procesos mercantiles, para disminuir los riesgos y los costos de transporte, los comerciantes crearon casas de depósito de monedas. En contraparte de dicho deposito, el depositario entregaba un recibo por el monto correspondiente. El comerciante se beneficiaba de las comisiones del referido servicio. Estas casas de depósitos de convirtieron en lo que hoy conocemos como banco y los recibos a su vez, en billetes bancarios.

    Debemos comprender que en el caso de los depósitos, el elemento primordial es la custodia del dinero,  no hacer uso de ese dinero y destinarlo al préstamo, por la sencilla razón de que el banco no es dueño de dicho depósito. En el instante en el cual el prestatario suministra el dinero recibido como depósito, a la vista, lo que estará  realizando es una doble disponibilidad de dinero,  de esta forma estará creando dinero de la nada, a lo que Keynes llamo el efecto multiplicador.

    Igualmente, en la medida que los bancos o el banco central expanden el crédito, bajando las tasas de interés por debajo del nivel natural de forma artificial, produce un desequilibrio, generando inversiones que bajo la tasa de mercado no se hubiesen producido, aumentando en gran medida un auge de inversiones, los cuales, al momento del ajuste de la tasa real del mercado, van a reflejar la mala asignación de los recursos productivos a nivel microeconómico, trayendo como consecuencia la fase de crisis y depresión, llamados ciclos económicos.

    Bajo un sistema de banco central con la reserva fraccionaria, los banqueros (gozando de sus privilegios) y teniendo al banco central como prestamista de última instancia para sacarlos de los apuros, (creando la liquidez necesaria para salvar a los bancos privados), van a tender a operar irresponsablemente sin sentido de riesgo, con una política de expansión de créditos mucho más inestable e insolvente, trayendo resultados desastrosos para la economía de un país.

    Como alternativa, está un sistema con coeficiente de caja 100 por ciento en relación a los depósitos a la vista, como el implementado por el Banco de Ámsterdam a mediados del año 1609, que le permitió sobrellevar varias crisis y gozar de una gran confianza y solidez por más de 150 años.

    Por otro lado, la banca libre (Free Banking), bajo la ausencia de regulación y control del Estado, sin la imposición del dinero de curso forzoso, donde exista plena libertad por parte de los bancos para operar bajo el coeficiente de reserva fraccionaria, que creyeran conveniente y sostenible, en donde los bancos no cuenten con un prestamista de última instanci, que saldría al rescate en caso de no poder atender la devolución de los depósitos.

    De esta manera el sistema bancario se vería en la obligación de auto-regularse. Tendría que operar responsablemente para mantener la confianza, para asegurar mayor rentabilidad y una clientela sostenible. Posiblemente bajo este sistema habría fluctuaciones económicas y no ciclos económicos como son producidos bajo una banca central.

    Y con todos los avances disruptivos de la tecnología, aparecen las criptomonedas, dinero digital bajo un sistema criptográfico que trabaja con la tecnología Blockchain, operando en un entorno descentralizado que se ejecuta sin la necesidad de un banco central, con la imposibilidad de monopolizar.

    Se puede pensar, a futuro, en la consolidación de las criptomonedas como medio de cambio por excelencia, ya que la demanda de este dinero cada día se vuelve más general y constante, cumpliendo con las características de buen dinero, relativamente escaso (caso Bitcoin, Ethereum, etc.). Las criptomonedas son durables (depósitos de poder adquisitivo), fácilmente fraccionables, sencillas de transportar (a cualquier parte del mundo), simples de almacenar y poseen un alto nivel de dificultad para falsificar.

    Todas estas características hacen que cada día aumente el nivel de aceptación de las monedas electrónicas como medio de intercambio. Se puede decir que Bitcoin y otras criptomonedas, (dependiendo de su estructura) impiden la concesión de privilegios.

    Hay que entenderlo, se necesita disponer de dinero con la calidad necesaria para que la economía funcione correctamente, respetando lo esencial del ser humano, libertad de elección. Nos cuesta imaginar un sistema económico sin una moneda deflacionaria, donde ningún gobierno pueda llegar a controlarla para sobre-endeudarse. Dejemos atrás el mito negativo de la espiral deflacionaria, que no es más que el ajuste que repara los efectos de la mala inversión generalizada, inducida por años de inflación crediticia.

     

  • ¿Izquierda y derecha? Estatismo y libertad individual – Por Andrea Rondón García y Ricardo Manuel Rojas

    ¿Izquierda y derecha? Estatismo y libertad individual – Por Andrea Rondón García y Ricardo Manuel Rojas

    El proceso político vivido en Venezuela desde hace 18 años ha generado una profunda discusión sobre las raíces de la política, en la que no está ausente un marcado desconocimiento o distorsión de conceptos.

    Entre las propuestas que se escuchan en estos tiempos, como reacción a lo que se ha vivido los últimos años se propone la necesidad de volcar el país hacia una “derecha radical”. Frente a ello, otros  actores políticos, como María Corina Machado, sostienen que la discusión entre izquierda y derecha ha sido superada, y que más bien debería enfocarse entre las ideas que funcionan y las que no funcionan.

    En la discusión producida en el seno de partidos y movimientos políticos, quienes defienden la persistencia de esta diferenciación geográfica entienden que es una distinción de vieja data y ampliamente conocida, lo que permite explicar con claridad a la gente las posiciones de unos y otros. Consideran que sustituir las referencias a la izquierda y la derecha por “estatismo” y “libertad individual” confundiría al votante promedio.

    Otros, en cambio, piensan que los conceptos “izquierda” y “derecha” han sido vaciados de contenido, en especial por la propaganda de quienes se autodenominan de “izquierda”, de modo que sería sensato redefinir los términos.

    Esta discusión no es solo semántica. Saber de qué se está hablando es el primer paso para poder alcanzar un acuerdo, o al menos sostener una discusión racional. El propio proceso de definir los conceptos es el primer paso indispensable para que cada uno tenga en claro de qué está hablando. Por eso, no es ocioso recordar algunas cuestiones relativas a este asunto.

    En primer lugar, no hay que olvidar que los conceptos “izquierda” y “derecha” se refirieron, efectivamente, a una cuestión geográfica, vinculada con el lugar que ocupaba cada bancada en la Asamblea francesa. A la derecha se sentaban los representantes de los sectores vinculados con la monarquía y la nobleza, y a la izquierda los representantes de campesinos y gente común. Los primeros, en general, defendían la protección de la propiedad y de ciertos privilegios que emanaban de ella; los segundos, se centraban en la defensa de las libertades personales e invocaban también la reivindicación de otro tipo de privilegios.

    En ambos sectores pueden reconocerse ciertos principios que serían hoy en día defendidos por los liberales, y otros que no. Así, ciertas corrientes liberales hoy en día se reivindican como de izquierda, sosteniendo precisamente que era aquel grupo el que, en la Asamblea francesa, se oponía a los privilegios de la nobleza; otros, en cambio, entienden al liberalismo como representante de la derecha, por su defensa del derecho de propiedad y las libertades económicas en general.

    La confusión sobre los conceptos se intensifica cuando, por ejemplo, se identifica como representantes de la “ultraderecha” a personajes de la historia como Hitler, Mussolini, Franco o Pinochet, y como representantes de izquierda a otros dictadores como Stalin, Castro, Mao Tse-tungo, Kim Jong-un. La diferencia entre varios de estos dictadores ha sido solo el folclore alrededor del cual justificaron sus regímenes totalitarios, pero ninguna otra característica filosófica parece distinguirlos.

    En definitiva, puede decirse que las categorías históricas de izquierda y derecha remiten a una discusión en el seno del estatismo: dónde pondrá el  gobierno el acento de su intervención, y dónde será un poco más benevolente. Pero fuera de estas discusiones de grado o estilo, parece que a esta altura de la historia estas categorías han quedado desactualizadas y deberíamos hablar en otros términos. Continuar hablando de izquierda y derecha confunde más de lo que aclara.

    En segundo lugar, algo que suele verse es que quienes se ubican a sí mismos en alguna de estas dos categorías, consideran que todo lo bueno coincide con su sector, mientras que lo malo se vincula con el opuesto. Es decir, algo es de derecha porque funciona bien, o es de izquierda porque funciona mal. El vacío de contenido de los conceptos lleva a este tipo de generalizaciones que terminan quitando todo sentido a las discusiones políticas. Decir que algo es de derecha porque es bueno y de izquierda porque es malo, en el fondo es lo mismo que no decir nada.

    Por el contrario, actualizada la discusión política al siglo XXI, vemos que las dos posiciones antagónicas que se pueden encontrar son: por un lado, la que supone conferir el grueso del poder al Estado, para que este decida a través de sus instituciones cómo resolver los problemas. En este esquema, la persona tiene derecho de participar en las elecciones, y la obligación de respetar las decisiones del Estado. Por otro lado, la que se centra en el reconocimiento, respeto y supremacía de los derechos individuales frente al grupo, que cada persona tenga la libertad de actuar y decidir sobre su propia vida y relacionarse con los demás a través de acuerdos voluntarios. Entre los dos extremos, hay innumerables variantes intermedias.

    Eso es lo que vive el ciudadano día a día: una lucha entre los intentos por rescatar su libertad personal para actuar, producir y disponer de lo suyo, y los avances del Estado por regular su vida y obligarlo a contribuir en el mantenimiento del aparato burocrático creado para hacerlo.

    Dividida la discusión política en estos términos, es mucho más fácil para un potencial votante entender qué es lo que se está discutiendo. Ya no son los conceptos vacíos y rellenados al antojo del disertante sobre lo que es la izquierda y la derecha, que condena al votante a escoger entre gente que, invariablemente, lo terminará defraudando. Se trata en cambio de escoger entre algo mucho más claro y sencillo: si uno quiere vivir su propia vida, tomar sus propias decisiones y forjar su propio futuro; o si está dispuesto a poner su vida en manos de funcionarios del Estado.

    Estatismo y libertad individual, son las opciones.

    Se dice que en Venezuela lo que se vive actualmente es un socialismo carnívoro y lo que existió antes de estos 18 años fue un socialismo vegetariano, empleando los términos de Plinio Apuleyo, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa. Esta definición parece acertada, si uno identifica el socialismo con el estatismo. Hace dos décadas Venezuela padeció de un estatismo más moderado; o padece de un estatismo reconcentrado y sofocante.

    Si esto se entiende así, se alcanzará a comprender sin mucho esfuerzo que el camino para la reconstrucción de Venezuela deberá pasar por abandonar el estatismo, por reconstruir la sociedad a partir del reconocimiento de los acuerdos individuales y los lazos personales que se vayan construyendo en libertad.

    El país no está en condiciones de darse el lujo de seguir jugando con las palabras. Los discursos demagógicos de los políticos de “izquierda” y de “derecha” resultan mortales en las actuales condiciones. Es necesario entender de qué se está discutiendo, para saber hacia dónde hay que ir.

    * Doctor en Historia Económica (ESEADE, Argentina).Juez de Cámara en lo Criminal de Buenos Aires. Profesor de asignaturas vinculadas con el análisis económico, la Filosofía del derecho y el derecho constitucional en varias universidades argentinas y profesor visitante y conferencista en varios países como Chile, Uruguay, Bolivia, Paraguay, Brasil, Perú, Ecuador, Venezuela, El Salvador, Guatemala, Italia, España, Turquía y Estados Unidos.

    ** Doctora en Derecho de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Directora del Comité de Derechos de Propiedad del Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad (Cedice Libertad). Profesora de la Escuela de Derecho y de la Maestría de Filosofía de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB).

    @arondon75