(Caracas. 06/05/2019) No soy historiador, pero de haberlo sido, mi mayor miedo sería que la humanidad no aprendiese las lecciones que ésta nos brinda. Son muchos los episodios, y ahora los recursos disponibles, para poder regresar en el tiempo y visualizar los errores y virtudes de otros; no para copiarlos, sino para reconocerlos, generar nuestras propias virtudes y evitar potenciales errores.
En esta Venezuela puede que sea necesario volver a 1963, cuando Hannah Arendt viajaba a Jerusalén a cubrir uno de los tantos casos de criminales de guerra nazis posteriores a los juicios de Núremberg y escribía una de sus obras más enigmáticas: Eichmann en Jerusalén. En este escrito, la autora destaca los argumentos de defensa usados por este militar nazi en pro de justificar o banalizar el mal, desde la óptica de la “autoridad”, el “miedo” y las “amenazas”.
En esta Venezuela del pragmatismo político como doctrina dominante, la banalidad del mal detallada por Arendt se hace presente bajo la óptica del “los perdonamos con tal de salir de Maduro”, “tendremos que aceptar a los corruptos para generar una transición” y la más repetida “son culpables, pero ahora los necesitamos de este lado”.
Proponernos, como sociedad, diseñar un país que permita que las terribles consecuencias y hechos de estos 20 años sean triviales o no relevantes, no es más que construir sobre ruinas que tarde o temprano volverán a ceder (un nuevo chavismo). La construcción –más que la reconstrucción– de Venezuela necesitará ante todo asentar uno cimientos éticos y morales inquebrantables e incorruptibles en dónde la justicia exista, se aplique y escale los niveles que deba escalar.
Es imposible hablar de una sociedad libre si se perdona a un criminal de guerra o a un ladrón, sin importar cuánto hayan robado o a cuántos haya asesinado. Es imposible construir una nueva Venezuela si existe una brecha entre la pena y el castigo. Más imposible es, incluso, alcanzar ese país si se diseña un marco normativo que permita un Estado de Derecho, pero en el que, aún, siga existiendo una desigualdad de base en la que a unos si se les aplica todo el peso de la ley y a otros no.
No, no es posible visualizar una Venezuela libre y democrática con personajes como Raúl Gorrín o Luisa Ortega Díaz, sólo por citar dos de los cientos de nombres. No es posible visualizarla en la medida en que estos personajes se hayan sometido previamente a un proceso de justicia imparcial, transparente y con condiciones.
La cuestión no está en no dialogar o no perdonar. La cuestión está en no ser impunes. En que tanto el que robó, asesinó, colaboró o fue cómplice rinda cuentas ante un esquema legal que nos permitirá no sólo haber superado esta pesadilla, sino garantizar efectivamente que Venezuela será libre para siempre y no unos pocos meses o años.
Perdonar sin justicia es fraguar la transición para dar paso a la transacción de poder, los vicios y las malas prácticas. En las sociedades libres los individuos solo nacemos con una igualdad, aquella ante la ley. En estas sociedades los criminales sólo tienen cabida en la cárcel hasta que cumplan su pena y puedan incorporarse en este ecosistema de libertad, propiedad y prosperidad.
Luego de tanta destrucción, miseria y pobreza no podemos banalizar tanto odio, tanto crimen y tanta maldad por el mero hecho de “perdonar sutil o disimuladamente” o porque fueron “amenazados y obligados a robarse cientos de millones de dólares”. No alcanzaremos una sociedad libre si nos dejamos llevar por la coyuntura del momento, el pragmatismo y el propio conformismo. Conquistar esta sociedad libre sólo será viable en la medida en que estemos dispuestos a no tolerar ningún acto de corrupción, crimen o violación a los Derechos Humanos; es decir, en la medida en que actuemos con base nuestros principios y no le debamos a nuestra conciencia.
@FabioLValentini
