Son más de 304 millones de personas viviendo fuera del país donde nacieron. 304 millones de historias, despedidas, comienzos y hogares reconstruidos.

A pesar de esta cifra, que fue actualizada en el año 2024 por las Naciones Unidas, es imposible medir todo aquello que cada uno tuvo que dejar atrás para seguir adelante.

Para el año 1990 se hablaba de 154 millones de migrantes en el mundo. 34 años después, esa cifra se elevó un 97 %, casi el doble, y las razones siguen siendo las mismas: crisis humanitaria, conflictos, persecución, reunificación familiar, trabajo y estudios.

Hoy se evidencia que 1 de cada 27 personas en el mundo es migrante y enfrenta:

La partida, que no solo implica empacar en una o varias maletas la vida y, aun así, no llevar consigo lo más importante.

La despedida, aprender a hacerlo sin saber con exactitud y plena conciencia de todo lo que conlleva y se deja.

El duelo migratorio, de dejar atrás personas, rutinas, lugares, recuerdos, afectos y una versión importante de uno mismo.

La identidad, el acento, la jerga, las costumbres, la cultura y los recuerdos que, en todo momento, te recuerdan de dónde vienes.

La culpa y la nostalgia por lo que fue, de irse mientras otros se quedaron y descubrir que se extraña lo que antes no se valoraba.

La resiliencia, la adaptación y la nueva definición de hogar, porque sí, toca aprender nuevas calles, relacionarse, conocer nuevas costumbres y entender que migrar es una forma de reinventarse; que hogar no solo es un lugar, sino también personas, recuerdos y la motivación de que se está construyendo.

Aunque migrar es dejar piezas de ti atrás, también es construir nuevas versiones de ti, agradecer oportunidades sin negar la herida.

Los migrantes, más allá de las necesidades materiales, esperan algo más profundo del país que los acoge: esa posibilidad de volver a sentirse persona, ciudadano, parte de una comunidad, donde su dignidad y seguridad no sean vulneradas; donde pueda contar con oportunidades, reconocimiento a sus capacidades, acceso a derechos y servicios básicos; donde pueda integrarse sin anular su identidad y sus raíces; donde realmente se le permita aportar y ser visto como alguien que está construyendo y no solo huyendo.

Un migrante no espera que un país le regale una vida. Un migrante merece que se le permita construir una vida digna.