Por Fabio Valentini

Volver a clases debería ser una buena noticia. En Venezuela se ha convertido en una emergencia familiar.

Preparar a un solo niño cuesta entre 150 y 200 dólares, incluso comprando los útiles y uniformes más económicos. Para una familia con dos hijos, la cuenta puede alcanzar los 400 dólares antes de pagar transporte, alimentación o cualquier gasto imprevisto.

No estamos hablando de lujos. Hablamos de cuadernos, lápices, zapatos, pantalones y una mochila ¡Les hablo del futuro!

El denominado ingreso mínimo integral ronda los 240 dólares mensuales. Pero esa cifra también engaña: 200 dólares corresponden al llamado bono de guerra y 40 al bono de alimentación. El salario mínimo legal permanece congelado en 130 bolívares, cerca de 27 centavos de dólar. Es sobre esa cantidad absurda que se calculan prestaciones, utilidades y otros derechos laborales.

La canasta alimentaria de julio, además, alcanzó los 727,89 dólares para una familia de cinco personas. El resultado es brutal: el ingreso integral no cubre ni la tercera parte de los alimentos, pero equipar a un hijo para estudiar puede consumir casi todo lo recibido durante un mes.

Por eso las familias reutilizan cuadernos, heredan uniformes, reparan zapatos y compran la lista escolar por partes. Primero dos cuadernos. Después los lápices. El bolso tendrá que esperar. Los zapatos quizá duren otro año.

No es austeridad. Es empobrecimiento. Desde el 1 de septiembre, el pasaje urbano mínimo cuesta 200 bolívares, equivalente a 0,25 dólares, y se ajustará mensualmente según el tipo de cambio oficial. La tarifa se protege frente a la devaluación; el salario del trabajador, no.

Un estudiante que necesite dos pasajes diarios requerirá alrededor de diez dólares al mes solo para trasladarse durante veinte días de clases. Si debe tomar varias unidades, el gasto aumenta. En una casa con dos o tres hijos, llegar a la escuela también se convierte en un problema.

Y cuando finalmente llegan, tampoco existe garantía de que encuentren condiciones normales.

Los apagones continúan afectando buena parte del país. En algunas localidades, los cortes superan las diez horas, que se traducen en escuelas sin ventilación, hogares sin agua, alimentos dañados y niños intentando estudiar a oscuras.

En medio de esta realidad, Jorge Rodríguez promete que Venezuela será la economía de mayor crecimiento del continente, anuncia la “recuperación del bienestar” y asegura que volverá la bonanza.

Pero la bonanza no puede existir únicamente en los discursos.

Una economía no se recupera porque aumenten los ingresos del Estado mientras las familias continúan perdiendo capacidad de compra. Tampoco hay bienestar cuando un trabajador depende de bonos que no cuentan como salario, un pensionado no puede alimentarse y una madre debe decidir entre comprar comida o completar la lista escolar.

Venezuela no está simplemente cara. Venezuela fue empobrecida, y fue por el chavismo, por el socialismo.

Nosotros somos testigos de cómo el régimen recibió durante décadas una riqueza extraordinaria, pero dejó industrias destruidas, servicios colapsados, salarios pulverizados e instituciones incapaces de proteger al ciudadano. Ahora pretende presentar como recuperación la administración de las ruinas que produjo.

El drama del regreso a clases resume el país entero: familias que todavía hacen todo lo posible para que sus hijos avancen, mientras el poder continúa pidiéndoles que crean en una prosperidad que no llega a sus hogares.

La recuperación comenzará sin ellos, sin quienes nos saquearon el país. Hasta entonces, no hay bonanza.

Solo hay padres remendando uniformes y contando monedas para que sus hijos no abandonen el aula.