Venezuela es el país con mayores reservas de petróleo en el mundo, lo cual contrasta con sus niveles de pobreza hoy en día: riqueza en el subsuelo, pero miseria sobre él.
Los últimos años han demostrado que una nación sin democracia (y todo lo que esto implica) está destinada a seguir el camino de la debacle continua. Las expropiaciones masivas, un sistema de justicia prácticamente inexistente, el saqueo de PDVSA y de todas sus empresas relacionadas, así como el desmontaje y corrompimiento de cualquier ente que tuviera que ver en lo más mínimo con el Estado, son la muestra de que, sin un gobierno legítimo, no somos nada.
Pero, ¿por qué la democracia por sí misma conlleva al crecimiento económico de un país, y por qué no, por ejemplo, hay crecimiento económico durante una dictadura? ¿No existe la posibilidad acaso de ser una nación próspera y con crecimiento en el largo plazo? La respuesta corta y fácil es: no.
La democracia y el crecimiento van de la mano debido a una serie de factores que al final convergen sobre el eje de la institucionalidad, la cual es un derivado de un sistema democrático. Una vez establecidos, se retroalimentan y se debe velar por su fortalecimiento constante; un aspecto en el que se falló antes de la llegada del chavismo y por el cual se ha pagado un alto precio.
Pasando al terreno académico, Acemoglu y Robinson (2012), galardonados con el Premio Nobel de Economía en 2024, distinguen en Por qué fracasan los países dos tipos de instituciones: las extractivas y las inclusivas. Las primeras, como las de la antigua Unión Soviética o las de la China actual, son impuestas por una élite política para concentrar recursos y apropiarse de la riqueza del resto de la sociedad. Es cierto que pueden generar cierto crecimiento, pero este tiende a agotarse: la URSS ya lo demostró y el gigante asiático empieza a mostrar señales similares. Se trata, en definitiva, de un crecimiento con fecha de caducidad que, más temprano que tarde, revelará sus consecuencias.
En cambio, las instituciones inclusivas, diseñadas para la generación de riqueza para la sociedad, mantienen el predominio de la ley, el Estado de derecho, la seguridad jurídica y el respeto a la propiedad privada. Estos elementos favorecen la actividad empresarial, la inversión, la innovación (patentes) y el emprendimiento, ya que, como resulta obvio, nadie quiere ver su inversión y sacrificio en riesgo; y menos porque el político de turno (o chavista, en nuestro caso) quiera acabar con la prosperidad de alguien simplemente porque así quiere que sea.
Por ello es que María Corina defiende este sistema, con apertura del sector petrolero (con legitimidad), independencia judicial y reglas claras del juego, donde todos los que quieran participar en esta nueva etapa sientan la garantía de que su esfuerzo será recompensado, ya que no nos podemos conformar con un sistema con un crecimiento económico frágil y limitado.
Lo que se busca es llevar a Venezuela a la senda del crecimiento sostenido, fuerte, que garantice la prosperidad de sus habitantes en el largo plazo; cosa más que posible debido a la inmensidad de recursos que tenemos, nuestra geografía, clima y capacidad. Factores que nos abren la puerta y nos recuerdan no repetir los errores del pasado, para que el país diversifique su economía y no dependa solamente de cuántos barriles se extraen al día.
Pero su más grande potencial son y serán los venezolanos, lo que más allá de poder parecer una frase cliché o política, es una realidad tangible.
Luego de haber conocido gente de todos los rincones del mundo, ver sus culturas y características propias, no me queda ningún tipo de duda de que nosotros, los venezolanos, somos una especie única: hechos para pelear por lo nuestro, pero sobre todo, hechos para triunfar.
