Desde hace algunos años, casi 10 para ser más exactos, en el medio en el que me desenvuelvo he escuchado en múltiples ocasiones invocar por igual las palabras «RUPTURA» y «UNIDAD».

Estas palabras son esgrimidas por propios y extraños para acercarse o bien para alejarse de personas o situaciones cuyo comportamiento aprueban o desaprueban, o al menos, para marcar distancia de estos o pretender su cercanía, y en el peor de los casos, para simular que así se hace.

A veces, incluso, con comportamientos y creencias similares a los que desaprobamos decimos que somos distintos, y con comportamientos y creencias totalmente distintos decimos que somos iguales. Esta es la paradoja de la vida, o quizá la paradoja de la ruptura y la unidad.

Entonces, ¿qué es lo que verdaderamente nos une y lo que realmente nos separa? En este año de pandemia he entendido lo que quizás a otros le tomó menos tiempo y entendieron hace mucho, y es que puede existir UNIDAD sin cercanía y RUPTURA sin distancia, por cuanto aquello que nos une o nos separa trasciende al espacio físico para instalarse en el espacio de los sueños compartidos y el propósito común de unir esfuerzos para alcanzarlos.

Cuando estando juntos NO compartimos los mismos sueños o propósitos, cuando no nos encontramos en los mismos ideales y nos asaltan las dudas, o reina la desconfianza sobre los propósitos de los otros, por más legítimo que sea, advertimos una posible lejanía aún pretendiendo estar en unidad.

Asimismo, cuando estando distantes nos siguen uniendo los mismos sueños, los mismos ideales y conservamos intacto el mismo propósito, y creemos en la voluntad del otro para alcanzarlo junto a nosotros, entonces presenciamos la unidad en la lejanía.

El mejor ejemplo lo encontramos en la familia venezolana hoy esparcida por fuerza y necesidad por todo el mundo. Nuestras familias se han fortalecido en la distancia, más allá de nuestros vínculos de sangre, hemos fortalecido los vínculos afectivos, de amistad, de sueños compartidos y de resiliencia que nos unen.

Particularmente, me costó entender que no podria ver ni abrazar a quienes estaban fuera del país, pero aún así lo entendí; confieso que la pandemia me golpeó fuertemente y retó aún más mis emociones al impedirme ver y abrazar a quienes estaban más cerca.

Este enero se cumple un año de no ver a mucha gente de mi familia, recuerdo que nos despedimos el fin de año pasado con la promesa de volver a vernos pronto, y como regalo nos dejamos una hermosa fotografía familiar. Ese año, procuramos estar todos los que pudiéramos, y lo logramos. Otros llevamos mucho más tiempo sin vernos, ellos se fueron también con la promesa de regresar.

Mi historia no es la mía, otras familias en el mundo, pero sobre todo en Venezuela, también la viven, cada cual con sus matices, pero ante la adversidad hemos crecido: nos comunicamos, nos preocupamos por el bienestar del otro, nos acompañamos en momentos importantes, celebramos nuestros éxitos, sufrimos y nos levantamos juntos de nuestros pesares. En fin, nos hemos unido en la lejanía, y quizá sea oportuno decir que al igual que las demás familias, tampoco somos perfectos, en esencia, ninguno de nosotros lo es.

Las familias venezolanas estamos unidas por nuestra historia, juntos y sin proponérnolos estos últimos años hemos construido un sueño común, el de la libertad.

En este hermoso espacio hoy somos más conscientes de que no somos iguales, y que nunca hemos pretendido serlo, pues las diferencias, además de legítimas, son necesarias, pero procuramos que ante ellas siempre reine el respeto por las ideas del otro, procuramos, además, cerrar toda conversación con un claro mensaje de que a pesar de las formas nos siguen uniendo los mismos propósitos: la unión, el bienestar y la felicidad de nuestra familia, y eso sabemos solo se logra en Libertad.

Así como en la familia; los amigos, las organizaciones e incluso aquellos que aún no conocemos podemos compartir sueños y propósitos comunes, y aún en la distancia manternerlos intactos. Nuestros sueños y convicciones serán en definitiva los que nos mantendrán unidos o distantes y es la lucha por alcanzarlos o el abandono o cambio de los mismos lo que marcará la diferencia y definirá cuan cerca o cuan lejos estamos los unos de los otros.

La lejanía o ruptura, y la unidad o cercanía no son buenos o malos per se, solo son. Incluso, en ocasiones deberá optarse por ellos, no obstante lo recomendable es que cuando suceda, se haga en su justa dimensión, es decir valorando si existe realmente algo que se pueda unir o algo que se pueda romper, pues de no ser así, el uso de estos términos en este contexto no trascenderá de la retórica.

En el espacio político lo que une o separa son los objetivos, los propósitos y por supuesto, las acciones que en consecuencia se emprendan para alcanzarlos, y a esto se le suma la voluntad de querer hacerlo juntos, existe pues un elemento adicional: interés real y voluntad politica. A veces, aquellos que apelan a la unidad no son capaces de contestar una sola pregunta: ¿para qué? Es decir, cuál es su propósito, pues su concepto de la misma no es el de construir juntos, sino el que se les aplauda juntos. Asimismo, quienes aluden a la ruptura tampoco pueden contestar qué es lo que realmente ata que sea necesario y posible romper.

En este sentido, es justo señalar que la unidad y la ruptura NO son decretos, son contrarias a ello, son construcciones, pues usted no puede romper o separar aquello que nunca ha estado vinculado a sus propósitos, y no se puede unir o ligar a aquello que no comparte. En el primer caso, solo podrá diferenciar y en el segundo, deberá alcanzar algunos mínimos de entendimiento para poder acordar.

Después de ello, su legítima diferencia le permitirá escoger en su libertad con quién sí y con quién no transitar el camino que le permita alcanzar sus propósitos, pues como bien dijimos, puede haber perfecta unidad en la distancia siempre que los propósitos sean los mismos. En este caso, el político, el tema no es de una fotografía.

De allí que la verdadera ruptura que debemos hacer sea con las prácticas que atentan, detienen u obstaculizan el logro de los propósitos comunes. Si estos ya no existen o jamás existieron, entonces tampoco existe o existió unidad, en todo caso lo único posible cuando no hay vinculación será asumir una posición férrea para no transitar ese camino que otros en sus prácticas han escogido.

Creo que en la vida, sin perder la perspectiva, todos, al asumir un proyecto, debemos aprender a vivirlo como una familia, de allí la importancia de reconocer en esta el primer referente ético de libertad y ciudadanía.

En las familias nos formamos para la vida y lo que le entregamos a la vida nos es proporcionado por la familia, en ellas cada uno de nosotros tiene un espacio y una responsabilidad individual de contribuir a hacer de este un espacio funcional.

Al final del día, la UNIDAD a la que me quiero referir, la unidad que deseo prevalezca, permanezca y se consolide en los años por venir es la unidad de la familia venezolana, a partir de ella todo es posible, porque la familia es también el reflejo de la sociedad y por ende, del país.

Esa familia que sueño es la familia responsable, que participa de las decisiones de su entorno y que se compromete con el desarrollo de sus miembros y de su comunidad, a ella la llamó la familia ciudadana, de ella germinarán hombres y mujeres, como en efecto ya los hay, comprometidos en hacer se su país una Tierra de Gracia.

Para ello, es necesario devolverle el país a la familia venezolana, esa sigue siendo una tarea pendiente, a ella nos unimos y con ella nos comprometemos, porque sin familia tampoco habrá República.

Que este 2021sea el año que consolide la ardua tarea de la libertad, y que
Dios bendiga a la familia venezolana.

Dignora Hernández.
Secretaria Política Nacional de Vente Venezuela
Miembro de la comisión de Familia de la Asamblea Nacional.