En diversas oportunidades, me sorprende sobremanera, más ahora ante la toma de nuestras vidas por una precariedad impuesta, apreciar el cobijo que se le brinda a la discursividad oficial, tapadora de sinvergüenzuras de todo calibre, como, por ejemplo, al referirse a los presos políticos lo trocaron en políticos presos (esta especie felizmente no tuvo arraigo comunicacional). No ocurre ausencia de gasolina o alimentos, sino que compran en demasía. De ese modo, el régimen criminal busca manera, a veces efectiva, para echarle tierrita con el discurso a la realidad chocante.

En ese sentido, ha abundado notablemente por estos días de aumento de sueldo (que no es tal porque cobramos menos que en enero si convertimos a dólar y mucho menos cuando finalmente se haga efectivo el desajuste), a propósito del primero de mayo, el infundio según el cual el salario mínimo pasó a ser «aumentado» a ochocientos mil bolívares, y así progresivamente las cadenas de sueldo respectivas y «superiores» de la administración pública en Venezuela. Esa situación no ocurre así exactamente.

El sueldo, el salario devengado, es la real especificidad del cobro. Esa que contribuye también con los otros aspectos socio-familiares de la relación laboral establecida. El sueldo, el salario que llaman base, es en definitiva el verdadero sueldo, el único, el verdadero salario, que complementa o, más bien, debería servir para complementar la protección social del trabajador: cajas de ahorro (prácticamente infuncionales: ya usted no puede, como antes, acceder a un préstamo hipotecario o de vehículo, porque sencillamente su sueldo no alcanza para cubrirlo ni haciendo magia, como antes), la protección gremial-sindical en evidente decadencia económica (el pasado mes cada profesor aportó  a la Asociación de Profesores de la USB, de su sueldo, sin bonos, lo correspondiente legalmente, la bicoca de Bs. 8.486,11; con el «aumento», aportará desde mayo Bs.13. 577,77 mensuales) , y la protección en salud familiar, en otros aspectos socio-económicos: seguros de vida, de atención médica (ahora nula al incorporársela hace años, centralizada, el régimen tiránico, al menos en lo tocante a las universidades), de vivienda, de gastos fúnebres y de la inexistente recreación. Es, además, ésa la cifra que sirve para «nutrir» las desnutridas e inexistentes prestaciones sociales. Toda esa cantidad de aspectos corren con incidencia a partir del sueldo, no de otra fundamentación, de ninguna manera de cuanto bono pudieran otorgar.

Así que el «ajuste» anunciado, aún no percibido por trabajador alguno, resulta más miserable todavía de lo que recoge la visión ocultadora en la mención «salario integral» y de lo que podamos desde afuera apreciar. Los bonos no son sueldos. Los bonos no son salario. Son lo que son: pagos mensuales extra sueldo, extra salario, intentos ocultadores de la ignominia salarial. Que, como vemos, perjudican tanto al trabajador como a la relación laboral. No nos movamos ni nos dejemos mover hacia la confusión. No es siquiera un kilo de queso el valor del trabajo mínimo en Venezuela, es mucho menos.

Se da el caso aberrante, desde el punto de vista laboral, como el de los universitarios; supogo el de todo aquel que esté no muy por encima del mínimo, cuya bonificación recibida es mucho mayor que el sueldo base: así tenemos bono de alimentación, bono de antigüedad, bono familiar y bonificación por estudios de postgrado y más. Un desequilibrio enorme con respecto al pago fundamental. Se transforma en lo que llamamos la bonificación de sueldos y salarios que nada de bueno tiene, como vimos. Ya es un vulgar, enorme, desequilibrio que el salario mínimo sea igual al bono, a la ñapa, dizque para comer. ¿Quién come qué con Bs. 400 mil al mes? Es una estafa frontal, descarada, al trabajador. La esclavitud moderna.

El decreto de la miserable tiranía madurista no fue el de un ajuste o aumento del sueldo o salario en Venezuela. Fue, sí, el de la prolongación y la profundización del hambre y la necesidad del venezolano precarizado, esclavizado, en sus labores. Parten, seguramente, de una atrasada, «clásica», perspectiva económica, según la cual, en el entender de Claudio Napoleoni, para esa clásica postura: «es necesaria la reducción de los salarios al nivel de subsistencia, es decir, al nivel que permite a la clase obrera reconstituir la fuerza-trabajo consumida en el proceso productivo».  Ni siquiera eso. Otra de las razones por la que, debido a sus imposiciones, deben cuanto antes dejar el poder.