Indudablemente, el ser humano es un individuo social. En particular, Aristóteles sentenció que aquel hombre que voluntariamente se rehúsa a formar parte de la sociedad solamente puede ser una bestia o un dios. Atendiendo a esa verdad fundamental establecida por el Estagirita, la filosofía política occidental discurrió durante centurias tratando de definir cuáles serían los mecanismos adecuados para la interacción entre los hombres. Eventualmente, Adam Smith y una serie de teóricos considerados liberales determinaron que el impulso motor del hombre es la autopreservación; en consecuencia esa necesidad de supervivencia lo volvería egoísta en tanto que no malvado.

Solemos asociar el interés y la preocupación personal con la malevolencia, como si es que acaso el altruismo no fuera una forma de disfrazar la vanidad. De esta manera, y quizás por esa razón las ideologías colectivistas de todo cuño y espectro se apropiaron del valor de la cooperación como si este les perteneciera exclusivamente. Entonces el ser humano pasa de individuo social a ser parte de una comunidad socialmente determinada en donde el todo debería sumar más que las partes.

Eso es un error. El liberalismo defiende que la competencia y la cooperación son consustanciales. La mejor forma de verlo es a través del fútbol. Un equipo de balompié está conformado por 11 jugadores. Cada uno de ellos tiene un propósito definido. El guardameta debe evitar los goles. El defensa evitar que lleguen al portero, los mediocampistas deben crear las jugadas ofensivas que permitan alcanzar el área del otro equipo y los delanteros tienen como objetivo anotar goles en la portería contraria. En suma, trabajan en equipo. Ahora bien, igualmente los delanteros de un mismo equipo compiten entre sí para decidir quién anota más goles al final de la temporada. Los mediocampos compiten para definir quién realiza más asistencias y así sucesivamente o ¿es que acaso no hay jugadores sentados en el banquillo? Sí, eso pensé, claro que los hay.

Cooperar no significa dejar de competir, significa actuar de manera concertada para alcanzar un fin común y eso es una dinámica social tan antigua como el hombre, mucho antes que las izquierdas y los corporativismos se adueñaran de ella. Por lo tanto, son perfectamente reconciliables en un sistema de libre mercado, de hecho, son indispensables. De manera que, la solidaridad y el trabajo en equipo no tienen posturas ideológicas, son decisiones individuales. Competir no te hará malvado, ni cooperar bueno. Hay cooperación en las atrocidades, la historia abunda en ellas.

Cooperar es competir, y viceversa. ¿El fin común de una sociedad libre? Estar mejor mañana de lo que estábamos hoy.