(Caracas.
27/05/2020) Contra la imagen que sus
enemigos quisieron forjar, el presidente Carlos Andrés Pérez solo tenía una
confesada ambición: la historia. Le obsesionaba la manera en que su papel
fundamental en toda la segunda mitad del siglo XX venezolano sería registrado. Tal
vez este haya sido su motor y su determinación más importante para atreverse a
intentar cambios de profundidad inimaginable en su segundo gobierno.
CAP no llegó a culminar su formación
académica, sin embargo, leía, reflexionaba y, sobre todo, tenía una inmensa
capacidad para absorber el conocimiento de sus contertulios. Una etapa crucial
de su formación intelectual, ya en su madurez, fue el período que media entre
sus dos presidencias. En ese tiempo viajó mucho por el mundo y se puso en
contacto con líderes mundiales; periplos en los cuales tuvo un importante papel
quien después sería su ministro de la Secretaría y Canciller, Reinaldo
Figueredo.
Cuando CAP se propone la segunda presidencia
entiende que Venezuela necesita cambios muy profundos. Comienza a hilvanar una
transformación inédita que le permitiera a Venezuela salir del rentismo
petrolero, para lo cual se requerían no solo adecuadas políticas económicas
sino transformaciones políticas e institucionales de inmensa magnitud. Era
consciente –alguna vez lo conversamos– de que su primer gobierno había
reforzado casi inevitablemente el rentismo debido a la abundancia de recursos
imprevistos que le correspondió administrar.
Las
reformas
La Comisión para la Reforma del Estado
(Copre) fue creada por el presidente Lusinchi, a la cual le dio un apoyo
consistente durante poco más de un año. Cuando se planteó la elección popular
de gobernadores y alcaldes, Lusinchi le retiró el apoyo a la Copre tanto del
gobierno como de Acción Democrática. Sin embargo, CAP en forma discreta, pero
no secreta, se interesó en el trabajo que se realizaba y compartió la idea de
que la reforma del Estado debía ser el gran objetivo de su gobierno. Logró ser
el candidato de AD de abajo hacia arriba y desde afuera hacia adentro en una campaña
que se convirtió en imparable, a pesar de la oposición de la dirección de su
partido y del gobierno encabezado por sus propios compañeros. Aquí se sembró la
distancia y el odio fratricida que después tanto aportarían al derrocamiento de
CAP.
El 23 de enero de 1988 a los 30 años de la
caída de la dictadura, ya convertido en candidato oficial de su partido, el
presidente Pérez pronunció un discurso en la sesión del Concejo Municipal de
Caracas en el que planteó sin ambages su compromiso con la reforma del Estado.
Tal compromiso conmovió a los miembros de la dirección de AD contrarios a las
reformas.
La campaña electoral de 1988 estuvo signada
fundamentalmente por las reformas que debían llevarse a cabo en el sistema
político. CAP y Eduardo Fernández, los dos principales candidatos, las tuvieron
como banderas; tanto que el 29 de agosto de 1988 –antes de las elecciones– los
dos aspirantes llevaron a sus partidos a aprobar la Ley de Elección y Remoción
de los Gobernadores de Estado. La dirección dominante de AD lo hizo a
regañadientes porque sus miembros sabían que perderían poder. Se venía de
aquella operación del gobierno de Lusinchi en la cual se designaron a los
secretarios generales regionales de AD como gobernadores de estado, para, con
la descentralización, tener que compartir el poder en los estados por obra de
la elección popular.
Igualmente, tuvo clara conciencia de la
necesidad de darle un vuelco a la economía. Tuve la fortuna de estar presente
en encuentros de CAP con Gerver Torres, Moisés Naím, Gustavo Roosen, y de saber
de su búsqueda de talentos entre gente joven y formada. Especial papel cumplió
la estrecha relación que estableció con Miguel Rodríguez, cuya inteligencia y
verbo con pedigrí lo impresionaron; sobre todo, la claridad en relación con el
programa que debía desarrollarse en el gobierno. También apeló a quienes
estando vinculados a su partido tenían posiciones propias y hasta
controversiales como Armando Durán y Simón Alberto Consalvi y a amigos
entrañables como Beatrice Rangel, Antonio Ledezma y Reinaldo Figueredo.
Igualmente, figuras de su partido entre las que descolló un hombre bondadoso
como Alejandro Izaguirre y algunas concesiones forzadas a Gonzalo Barrios y
otros dirigentes adecos. En enero de 1989, en presencia de Antonio Ledezma me
propuso la presidencia de la Copre.
La reforma económica y la reforma política
serían los buques insignia de su gobierno.
El
Caracazo
A los 25 días de gobierno estalla el
Caracazo. Esa rebelión no fue ni un plan de Fidel Castro ni una expresión pura
de desencanto popular por la crisis social de la década de los ochenta; fue un
estallido espontáneo que, a las horas, fue colonizado por grupos organizados de
la izquierda sumergida e insurreccional. Como las hipótesis de conflicto que
había estaban fundamentalmente hacia las zonas fronterizas, Caracas no poseía
importantes unidades militares para manejar estas crisis de orden público y la
policía estaba penetrada por el malandraje radical, al menos en un sector.
Entre la perplejidad, la comprensión tardía de lo que ocurría, la ausencia de
tropas en Caracas, y la velocidad en que los medios de comunicación desplegaron
los incidentes, se retardó la respuesta y la crisis se hizo mayor.
Una de las razones del retardo en sacar a las
fuerzas del orden público a la calle fue –y eso casi nadie lo comenta– porque
CAP quería suspender las garantías para hacerlo y no lo iba a hacer sin el
apoyo de todos los partidos políticos. Después del Consejo de Ministros del 28
de febrero en la mañana, el presidente convocó a los partidos. A AD y Copei al
mediodía y al resto de los partidos un tanto después, como a las 2:00 pm. AD y
Copei respaldaron al presidente inmediatamente; los demás partidos, MAS, La
Causa R, MEP y otros, se empataron en una discusión interminable, mientras CAP,
el ministro Izaguirre y los jefes militares encabezados por Ítalo del Valle
Alliegro, esperaban y esperaban para tomar medidas que no podían tomar si no se
suspendían las garantías y no se suspendían porque los partidos menores
discutían y discutían, y al final no respaldaron al presidente. Recuerdo cómo
el general Alliegro, gran militar y gran demócrata, comentó en mi presencia y
con extrema impaciencia: si no se suspenden las garantías no puedo sacar las
tropas a la calle. Así se respetaban las leyes en ese tiempo.
La demora política permitió que la rebelión
avanzara hasta niveles incontrolables y el uso del Ejército en terreno
desconocido ocasionó más víctimas que las que una acción temprana de contención
habría permitido. Fueron casi 300 ciudadanos los muertos en el Caracazo. Nada
de los miles que argumentaba Chávez y siguen argumentando algunos; pero, esa
cifra de 300 es lo suficientemente trágica como para no necesitar por
politiquería barata aumentarla más. La información la reportaba el ministro de
la Defensa cada cierto número de horas al Consejo de Ministros reunido de forma
permanente.
Ese evento fue un golpe noble al gobierno del
cual nunca se recuperó completamente. Se generó la narrativa según la cual el
“paquete neoliberal”, que ni era neoliberal ni se había aplicado, salvo los 25
céntimos de bolívar del aumento de la gasolina, había provocado el Caracazo.
Esa narrativa tal vez podría haberse contrarrestado pero AD se sumó a la lucha
contra el “neoliberalismo” gubernamental. Es la segunda ruptura de AD con
Carlos Andrés Pérez.
Dos días después, en un almuerzo en la cual
estábamos Armando Durán y yo, le pregunté al presidente su opinión sobre el
Gabinete que había nombrado un mes antes. Respondió que le parecía magnífico,
que era de primera. Allí Armando Durán le dijo: Presidente, eso podía haber
sido hasta el 27 de febrero, pero de entonces en adelante es otro Gabinete el
que se necesita.
La
ruptura con AD
Hay tres procesos que marcan la ruptura entre
AD y CAP. El primero es la designación del Gabinete. Los dirigentes con mayor
poder consideraban que el partido no estaba adecuadamente representado entre
los ministros. El segundo fue la descentralización política que dio como
resultado en la primera elección de gobernadores y alcaldes el siguiente
resultado: de los 20 gobernadores electos, 11 correspondieron a AD, 7 a Copei,
1 a La Causa R y 1 al MAS y de los 269 alcaldes electos, 149 correspondieron a
AD, 99 a Copei, 11 al MAS y 10 a otras fuerzas políticas. El partido pasó de
tener todo el poder regional a tener la mitad. El tercero fue el proceso de
reforma económica que significaba la apertura de la economía, la competencia
del sector privado con sus pares foráneos, la libertad de invertir, la
privatización de bienes en poder del Estado que habían permanecido como piezas
del clientelismo y no de la eficiencia productiva, la reforma comercial, la
libertad cambiaria y otras transformaciones que no desaparecían el rol del
Estado sino que lo innovaban. Reformas que, por cierto, eran apoyadas
retóricamente por el empresariado pero que a puertas cerradas muchos de sus
integrantes se les oponían por precipitadas e imprudentes, ya que los obligaban
a cambiar su molicie de tanto estar recostados al Estado.
Las relaciones fueron de estira-y-encoge
permanente entre partido y gobierno. Recuerdo una reunión en La Casona entre el
gobierno y el partido. Miguel Rodríguez hizo una convincente intervención ante
un grupo de dirigentes adecos que le estaban buscando la caída; también habló
Pedro Tinoco, presidente del BCV. Alfaro Ucero se quejó del gobierno y de
“algunos ministros” –refiriéndose a mí; lo haría después igual en un CDN- que
escriben en los periódicos “en contra del partido”; la verdad es que no
escribía “en contra” sino que planteaba críticas a la conducta de AD. En esa
reunión el único dirigente que habló con intención constructiva y analítica fue
Luis Piñerúa Ordaz, hombre de gran honradez intelectual y política, adversario
de Pérez en los momentos de gloria del presidente y solidario compañero y amigo
en las horas amargas de la adversidad; hizo preguntas, indagó y criticó. Al
salir de esa reunión, Octavio Lepage me comentó sobre la intervención de Miguel
Rodríguez y como para excusar la falta de participación de los demás dirigentes
en el debate, “es que Miguelito es un encantador de serpientes”, refiriéndose a
su talento y elocuencia.
La única otra oportunidad en la que Alfaro
Ucero y el CEN que controlaba apoyaron a CAP fue con ocasión del 4 de febrero
de 1992, a un costo alto para el presidente. Un mes después del golpe habría
cambio de Gabinete y salimos de nuestras responsabilidades Miguel Rodríguez,
Gerver Torres, Imelda Cisneros, Virgilio Ávila Vivas, Armando Durán, y yo,
entre otros, con el propósito de darle más participación a la gente del
partido, con excepción de Cordiplan, en el cual el sustituto de Miguel fue
Ricardo Hausmann. CAP pensaba, equivocadamente, que así obtendría respaldo del
partido. No lo obtuvo y las reformas no pudieron avanzar mucho más. Miguel pasó
unos días como presidente del BCV del cual fue eyectado por la inquina de AD en
su contra.
Pedro Tinoco es otro capítulo aparte. Fue
gran amigo personal del presidente. Hombre de pocas palabras y certero en su
razonar. Respetaba y creía mucho en Miguel Rodríguez; fue impulsor, también él,
del Gran Viraje. Sin embargo, fue un desacierto su nombramiento como presidente
del BCV y en una conversación entre el presidente, su hija Sonia, Armando Durán
y yo, después de un almuerzo, cuando los otros ministros se habían retirado, le
planteamos al presidente la inconveniencia de Tinoco en el BCV no por las
razones que esgrimían sus enemigos contra el Gran Viraje sino porque no se
podía venir de la presidencia del Banco Latino y de la Asociación Bancaria a
ser presidente del BCV. Lo podía haber nombrado ministro de Hacienda; sin
embargo, AD se tiró en el piso por ese cargo.
No todo el partido estaba en contra del
presidente. Hubo dirigentes importantes pero sin poder interno que apoyaron y
en algunos casos lideraron las reformas: Arnoldo José Gabaldón, Pedro París
Montesinos, Héctor Alonso López, Antonio Ledezma, Carlos Canache Mata, Marco
Tulio Bruni Celli, Aura Celina Casanova, entre algunos más.
Nuestros
errores
He sostenido que los miembros independientes
del gobierno cometimos, en mayor o menor grado, errores importantes. También el
presidente. Esos errores fueron básicamente, en primer lugar, los de la
arrogancia política e intelectual. En un doble sentido: algunos estimaron que
las políticas a aplicar serían tan eficaces que sus propios resultados
inmediatos exonerarían de los tragos amargos que en lo inmediato provocarían.
Tinoco lo expresó una vez con una frase original que quedaría para nuestra historia:
“La mejor política social es una buena política económica”. En otro sentido, la
arrogancia se manifestó en la idea de que los jefes adecos eran unos ignorantes
incapaces de discutir los temas que la ilustración del Gabinete desarrollaba y,
por tanto, podíamos desentendernos de sus dudas y sus silencios; en clara
impericia de este lado ya que podían no saber pero tenían inmenso poder. No
supimos neutralizar su oposición y menos ganarnos su respaldo. Tal vez no era
posible pero el intento no fue entusiasta, salvo por quienes dentro del
gobierno equivocadamente les hacían concesiones a sus caprichos clientelares.
El otro error le corresponde al presidente.
Quien esto escribe estaba totalmente de acuerdo con el Gran Viraje, sin embargo
estaba convencido que sin apoyo político no sería viable. La descentralización
había conseguido un gran respaldo en la opinión pública, no así la reforma
económica; a pesar de que el Gran Viraje llevó a la economía a crecer a tasas
altísimas, en 1990 fue de 7% y en 1991 de 10%, con una reducción sustancial del
desempleo a un nivel de 6%. Tengo como imborrable la vez en la que le presenté
mis dudas sobre el curso que llevábamos sin el suficiente apoyo político, tesis
que compartíamos Durán, Ledezma, Izaguirre, Pastor Heydra, entre otros, y la
respuesta que me dio el presidente fue tajante: “Ministro, hagan ustedes su
trabajo que yo me ocupo de darles el apoyo que necesitan”. Al final, su capital
político no dio para tanto.
En una oportunidad muy temprana y ante la
seguridad de que AD no lo apoyaría, le propusimos que se fuera a la calle a
recabar y organizar el apoyo popular que tenía y que podía incrementar. Ledezma
organizó una primera gira a Cumaná que fue apoteósica y le planteamos seguir en
ese camino. No lo hizo y quedó amortiguado solo por su capital político que
perdió fuelle a velocidad asombrosa. AD desdeñaba a Pérez, pero este no podía
darse el lujo de desdeñar a AD y no trabajó lo suficiente para convencer a
varios de sus dirigentes. Hay quien dice que ese trabajo solo habría
significado cuotas de poder –como
ocurrió después del golpe del 4-F–, mientras otros consideran que podría
haberse obtenido apoyo con más interacción personal. Era un problema de
economía política que nunca sabremos si podría haber tenido otro resultado.
La Convención de AD en 1991 la podía haber
ganado un hombre solidario con CAP, Héctor Alonso López. La verdad es que el
presidente no puso su peso político (¡y mucho menos recursos!) para que López
ganara: perdió por 78 votos la Secretaría General, mientras la estructura
cuaternaria del partido anuló delegaciones y con algunos fraudes se impuso.
La
venganza del gomecismo
El gomecismo, en su evolución hacia el
“lopecismo” y el “medinismo”, representados por los generales López Contreras y
Medina Angarita, nunca perdonó a los adecos el golpe de 1945. Ese gomecismo se
desparramó y licuó en la historia, pero quedó vivo en manos de una élite
política representada por Arturo Uslar Pietri.
Uslar y el grupo de notables que se aglutinó
a su alrededor también se uncieron al tropel de las reformas. En la Copre
fueron invitados permanentes y en varios aspectos ayudaron a ampliar su
significación en la opinión pública. Algunos pensamos que este esfuerzo
conjunto iba a permitir superar las resistencias que en el mundo partidista se
producían hacia el gobierno que las impulsaba. No fue así. Cuando CAP perdió el
apoyo de su partido, Uslar y los notables arremetieron desde otro frente:
primero dijeron que los cambios no eran suficientes y luego que CAP no podía
desarrollarlos porque la corrupción que representaba –según su criterio- era
abominable. Varias veces conversé con el escritor sobre el tema y se mostraba
proclive a apoyar los cambios y en el curso de ese proceso en realidad lo que
se proponía era quitarle todo pilar de sustentación al gobierno. De allí a
pasar a exigir la renuncia del presidente no hubo sino un pequeño trecho.
En el fondo, la posterior victoria de Chávez
y la tragedia conocida, fue la venganza del gomecismo representado por sus más
ilustres herederos: Arturo Uslar Pietri, José Vicente Rangel y los Notables.
El
papel de Rafael Caldera
Un aliado inesperado de los Notables desde
una perspectiva histórica fue Rafael Caldera. Durante el gobierno de CAP
consideraciones especiales fueron dadas a Caldera. Fue Presidente de la
Comisión Bicameral de Reforma Constitucional desde 1989 y la Copre le dio todo
su apoyo para que el ex presidente cumpliera su misión. CAP estimuló este
apoyo, especialmente cuando se programaron las Jornadas Constitucionales Jóvito
Villalba presididas por Caldera, para discutir las reformas de la Carta
Fundamental. Sin embargo, por diversas razones psicológicas, políticas e
históricas, Caldera tenía aborrecimiento hacia Carlos Andrés Pérez que este no
tenía hacia él y a pesar de la distancia condescendiente con la que se
trataban, cuando Caldera lo percibió débil le saltó a la yugular. Su vuelta a
un segundo período no tenía el carácter de una nueva propuesta sino de una
revancha.
A partir del golpe de Chávez el descontento
adquirió el rostro de un oficial del Ejército, pero quien podía recoger la
efervescencia y la inquina social fue Caldera quien la empleó a fondo en su
marcha desde “la reserva” hasta el estrellato. Después del 4-F el presidente
estaba muy débil y muchas iniciativas se disolvieron en la crisis gravísima
derivada de un gobierno arrinconado.
En una oportunidad, antes del segundo golpe
del 27 de noviembre de 1992, fuimos a visitar a Caldera Joaquín Marta Sosa,
Andrés Stambouli y yo. Tuvimos una conversación larga y allí le planteamos que
se reuniera con CAP para que entre los dos líderes abortaran la crisis talla
mamut que se avecinaba. Caldera en su sillón enlazó sus manos a la altura de
las rodillas, bajó la cabeza en actitud reflexiva y al cabo de unos segundos
preguntó: ¿el presidente Pérez sabe de esta reunión?, le dijimos que no. Luego
nos respondió: no puedo… moralmente no puedo. Así se abortó una iniciativa que
la pensamos como instrumento para domesticar el conflicto.
Los jinetes del apocalipsis ya andaban
juntos: Uslar Pietri, José Vicente Rangel, Ramón Escovar Salom y Rafael
Caldera, mientras en la sala de máquinas Alfaro Ucero, secretario general de AD
y sus sargentos preparaban el derrocamiento del presidente.
Los
militares
Las Fuerzas Armadas fueron factor esencial
para la recuperación y luego la estabilidad democráticas. Nunca dejó de haber
en su seno murmuraciones, trapisondas y conspiraciones, tal vez menores en las
presidencias de Raúl Leoni, Caldera I y CAP I. Cuando Carlos Andrés Pérez llega
a su segunda presidencia ya se sabe que Chávez y su gente andaban conspirando
desde hacía rato y también había un bochinche de generales: pugnaban entre sí
altos oficiales con formación intelectual y, si no aspiraciones, al menos
posiciones políticas militantes. La competencia entre varios de ellos limitaba
la colaboración entre organismos y convertía la inteligencia recabada en
disputas interminables.
CAP subestimó las informaciones sobre la
conspiración de Chávez. Lo hizo por dos razones: no se concebía en ese entonces
y él menos que nadie, que pudiera haber intentos de golpe contra la democracia
ya considerada estable; y consciente como estaba de la pugna entre generales,
atribuía en alguna medida el manejo de informaciones y rumores a esa causa.
Aunque la verdad es que todo el mundo hablaba de golpe y Uslar Pietri lo
anunciaba; en los trabajos de la Copre, ya a finales de los años ochenta se
planteaba que de no adoptarse las reformas hasta el golpe de estado podría
estar planteado.
Al producirse el 4-F, CAP se colocó al mando
con los eventos conocidos. Sin embargo, no tenía en sus manos el control
militar completo y ese golpe descompuso la situación institucional aún más.
Muchos dentro del gobierno, del partido y en sectores políticos pensaban que el
general Ochoa Antich, ministro de la Defensa, era parte del golpe. CAP nunca lo
creyó; decía que “los Ochoa son locos, pero no traidores” (exceptuaba al padre,
a quien quería mucho, de tal crítica). Lo cierto es que la desconfianza en
Ochoa se basó en que desobedeció las órdenes del comandante en jefe en dos
oportunidades; una, de la cual fui testigo presencial y alguna vez discutí hace
pocos años con Ochoa. Este hablaba con el comandante de la Aviación y el presidente
le ordenó que bombardeara La Planicie. El ministro desobedeció transmitiéndole
un parecer diferente en voz baja al jefe de la Aviación Militar. De seguidas,
CAP, en Consejo de Ministros, nos dijo: van a pasar nuestros aviones de combate
para bombardear; no se preocupen. Pasaron y no dispararon ni un tirito… El otro
episodio fue la presentación de Chávez “en vivo”, lo que el presidente había
prohibido expresamente. Ambos hechos los ha discutido Ochoa en diversas
oportunidades; sin embargo, dejaron un ambiente de sospecha sobre muchos mandos
militares, lo que se corroboró con el nuevo alzamiento del 27 de noviembre de
ese mismo año.
La
caída
Al final la tremenda popularidad inicial de
CAP se había diluido. La alianza liderada por la revancha gomecista, encabezada
por Arturo Uslar Pietri y José Vicente Rangel, logró sumar a personalidades
relevantes del país. Allí concurrieron los Notables, Rafael Caldera, Copei, el
MAS, las insurrecciones militares, varios medios de comunicación importantes,
empresarios que fueron sus amigos, y, desde luego, el golpe de gracia con la
traición de Acción Democrática. Al término del breve gobierno de Ramón J.
Velásquez llegó Caldera y después de dos años de cumplir al pie de la letra su
Carta de Intención con el Pueblo Venezolano, que significó una crisis
financiera y económica brutal, firmó su Carta de Intención con el denostado FMI
para adoptar con Teodoro Petkoff el programa “neoliberal” contra el cual había
basado su largo camino de nuevo al poder. Entonces el líder social cristiano
contó con el auxilio de Acción Democrática, auxilio que este partido le había
negado a su compañero Presidente y que ahora prodigaba en abundancia para
desarrollar con Caldera las mismas políticas que con CAP condenaba.
En esa soledad que precede a la caída, CAP
vio desfilar a sus enemigos alborozados y a muchos de sus antiguos compañeros y
amigos. La asquerosa trama judicial desarrollada desde la Fiscalía por Escovar
Salom y desde la Corte Suprema por magistrados cuyo ascenso Pérez había apoyado,
conformaron la hoja de parra con la que se cubrió lo que de otra manera no
podría sino ser calificado como derrocamiento.
Carlos Andrés Pérez soportó con estoicismo la
destitución; las infamias de sus enemigos, ahora con carne de cárcel para
morder; la prisión en El Junquito; la prisión domiciliaria; el exilio; la
soledad; y, al final, una senda injusta y tortuosa hacia la muerte. Sus
enemigos yacen en la cuneta del olvido o en el desprecio de los ciudadanos que
hoy padecen las consecuencias del irreversible disparate de entonces. Varios
dolores le conocí y dos me impresionaron para siempre: la muerte de Jóvito
Villalba que tuvo para Pérez un significado muy hondo, del cual no tenía
noticia; y la traición de AD, de sus compañeros, de su partido, de una parte
casi completa de su vida.
Otra
vez: la historia
Poco a poco Carlos Andrés Pérez retorna a la
senda de la gloria a la cual aspiró y con la misma cadencia, con paso firme y
sonrisa franca, logra el objetivo que tuteló su vida: llegar a la historia como
un gran hombre que, como todos, tenía muchos defectos y excelentes virtudes.
Fue condenado y derrocado no por los errores
que cometió sino por los aciertos que tuvo. Fue condenado y derrocado no por el
pueblo sino por las élites. Algún día será reivindicado plenamente y los que
trabajamos con él estaremos allí, orgullosos del intento más completo de
transformación emprendido en el último medio siglo.
Carlos
Blanco
Vía:
El Nacional